Vidas Ejemplares

El silencio de la muerte

George Pierre Hennard, de 35 años, era un hombre de hábitos. Todas las mañanas paraba en la tienda de conveniencia de Leon Heights Drive-In en Belton, Texas, compraba algo de comida chatarra para desayunar y se marchaba en cuanto pagaba los productos adquiridos.

Siempre parecía tener prisa, explicó en su momento la cajera del lugar, Mary Mead. “Daba la apariencia de tener muchos problemas. Para ser honestos, me daba miedo”, señaló la trabajadora.

Pero aquel miércoles, “por alguna razón, se percibía tranquilo, casi amigable, por vez primera”, indicó la cajera. Hennard compró un jugo de naranja, un sándwich, donas y el periódico. Después salió de la tienda.

¿Aquel miércoles? Sí, el 16 de octubre de 1991, que la historia registra como una de las peores masacres en Estados Unidos.

George Hennard nació el 15 de octubre de 1956 en Sayre, Pensilvania. Su padre era ortopedista. Viajaba mucho, hasta que finalmente se instaló con su familia en la ciudad texana de Belton. En sus años escolares era un joven apuesto, apreciado por sus amigos.

Sin embargo, un día cambió todo después de una riña con su padre. Sus compañeros recuerdan que George se volvió introvertido, solitario y silencioso. No se volvió a acercar a las mujeres, más bien comenzó a odiarlas. Y después de graduarse en 1974 se enroló en la marina mercante de Estados Unidos, de la cual fue separado en 1981 al ser arrestado por posesión de mariguana.

A partir de entonces fue de empleo tras empleo. Vivía con su madre en un departamento, insultaba a sus vecinos, sobre todo si éstos pertenecían a alguna minoría —afroamericanos, gays o latinos—, pero particularmente aborrecía a las mujeres.

En febrero de 1991, Hennard adquirió de forma legal dos pistolas —una Ruger P89 y una Glock 17— en Henderson, Nevada. Con la meticulosidad que lo caracterizaba, todos los días lavaba su auto, el patio de la casa que habitaba y limpiaba sus armas, a sabiendas de que algún día las utilizaría.

La fecha llegó el miércoles 16 de octubre de 1991, un día antes de que Hennard cumpliera 35 años. Siete horas después de comprar su desayuno en su tienda favorita, el hombre estrelló su camioneta contra el cristal de la Cafetería Luby, en Killeen, a aproximadamente nueve kilómetros de Belton.

Entre cristales rotos, los parroquianos se pusieron de pie, aún sin explicarse qué sucedía. Hubo personas que incluso se acercaron a la camioneta para ayudar al conductor, pensando que se trataba de un accidente. Hennard apareció sin un solo rasguño, con sus dos pistolas, una en cada mano.

Las primeras víctimas de Hennard fueron un hombre y una mujer ancianos. Mientras recorría en círculo el interior de la cafetería, el asesino gritaba: “¡Todas las mujeres de Killeen y Belton son unas víboras. Miren lo que han hecho conmigo y mi familia. ¿Me lo merezco? Díganme, ¿me lo merezco?!”

De las 23 víctimas mortales que Hennard cobró aquella tarde, 14 fueron mujeres. Los sobrevivientes recuerdan la tranquilidad con la que el agresor caminaba buscando sus presas. Veía debajo de las mesas y elegía a quién disparar. Al ver a una madre abrazando a su hijo, gritó: “¡Ustedes dos, fuera de aquí!”

Fueron 10 minutos de terror. No hubo gritos, nadie quería llamar la atención del homicida. Un sobreviviente se refirió a ese lapso como “El silencio de la muerte”.

Cuando la policía rodeó la cafetería, Hennard reservó la última bala para él. Antes de ser aprehendido, colocó la ojiva en su cabeza.

¿Qué daño le hicieron las mujeres a George Hennard y a su familia? Es uno de los misterios que rodean la furia desplegada por el criminal.

 

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