Vidas Ejemplares

Un secreto de 34 años

En 1977, Lou Ellen Burleigh, de 21 años, salió temprano de su casa en Walnut Creek, California, para ir a una entrevista de trabajo. Nunca regresó. Su auto fue encontrado días después en un lugar llamado Pleasant Hill, adyacente a la arteria interestatal I-5.

Conforme transcurrieron las semanas, el caso se archivó en el compartimento de los asuntos fríos. Ahí permaneció por muchos años, sin despertar el interés de los investigadores.

Al sheriff Michael Bartlett, la incertidumbre que rodeó aquella desaparición siempre lo obsesionó. Todo mundo ya sabía que Burleigh había sido asesinada por un hombre llamado Roger Kibbe, acusado del homicidio de seis mujeres en total. Todos sabían eso, pero el cuerpo no aparecía.

En 2007, Bartlett decidió investigar por su cuenta y en uno de sus primeros avances contactó al fiscal del distrito del Condado Napa, Mike Frey, quien había participado en el caso. Con Frey, el sheriff intercambió puntos de vista y comentarios sobre apuntes, mapas y reportes, todo ese material extraído de los documentos archivados del enigma Burleigh.

Utilizando los mapas, archivos y fotos viejas, Bartlett comenzó a hurgar en la zona en la que, de acuerdo con Kibbe, había sido arrojado el cadáver de la mujer. Después de cuatro años de recorrer tramos de bosque y río, algo captó la mirada del oficial.

Era una pieza de hueso, pequeña, blanqueada por el agua. Bartlett la colocó en una bolsa de plástico y al día siguiente la envió a un antropólogo de la Universidad Estatal de California, quien más adelante confirmó que se trataba del hueso pélvico de una mujer.

El análisis de ADN corroboró que la pieza era de Lou Ellen Burleigh. No se halló nada más del cuerpo, pero como señaló Bartlett en 2011, finalmente se dio paz a la familia de la joven, asesinada 34 años antes por un hombre que de vendedor de muebles dio un salto mortal al sacrificio en serie.

En mayo de 1991, cuando purgaba una condena en la prisión estatal de Pleasant Valley por el homicidio de Darcie Frackenpohl, Kibbe recibió la notificación de que su estancia en el inmueble judicial se extendería de por vida a causa de seis sentencias adicionales por los asesinatos de Lou Ellen Burleigh, Lora Heedick, Barbara Ann Scott, Stephanie Brown, Charmaine Sabrah y Katherine Kelly Quinones.

Como muchos asesinos pluralistas de Estados Unidos, Roger Kibbe amaba las autopistas y caminos adyacentes, en este caso los de Sacramento, California. Subía a su auto y conducía por horas, sobre todo por la Interestatal 5, esperando encontrar a mujeres en apuros.

Cuando veía a alguna víctima potencial en problemas, por ejemplo, con el cofre abierto de su unidad, Kibbe se aproximaba a brindar ayuda. Una vez que la mujer subía al auto del buen samaritano, comenzaba la cuenta regresiva de su vida.

Kibbe conducía hasta parajes solitarios, que conocía a la perfección, eran su coto de sacrificio. Ataba a las víctimas, tapaba su boca con cinta adhesiva, les cortaba la ropa con unas tijeras que habían pertenecido a su madre, para finalmente violarlas antes de estrangularlas hasta la muerte.

Posteriormente, Kibbe buscaba un lugar para deshacerse del cadáver. Cuando lo encontraba, con las tijeras cortaba un mechón de la cabellera de la víctima, tiraba el cuerpo al que había extraído hasta la última gota de placer y se marchaba.

Antes de que el sheriff Bartlett encontrara parte de la osamenta de Burleigh, Kibbe había guiado a la policía al lugar donde presuntamente reposaban los restos de la víctima. Quizá el criminal deseaba respirar por unas horas el aire de la libertad, porque, aparte de eso, no estuvo siquiera cerca de donde fue recobrada parte de la pelvis de Burleigh.

 

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