Vidas Ejemplares

Los muertos y muertas de Ted Bundy

A las 7:10 horas del 24 de enero de 1989, la gente del condado Bradford, en el estado de Florida, EU, apagó la luz de sus domicilios. Lámparas de baño, recámaras, cocina, jardín, sala, estacionamiento, todo lo que consumiera energía eléctrica fue apagado.

En los días previos a la fecha referida, la gente de esa comunidad logró un consenso en torno a cómo podían contribuir a que la ejecución de Ted Bundy en la silla eléctrica de la Prisión Estatal de Florida —programada a las 7:15 horas— resultara un éxito. Nada impidió que la energía llegara directamente a la cabeza del condenado.

Los 30 homicidios que se le imputaban a Bundy, de 42 años, y sobre todo la brutalidad con que aquellos se cometieron, resultaron excesivos incluso para los incansables activistas pro derechos humanos de Estados Unidos, quienes estuvieron presentes —pero en completo silencio— a las afueras de la prisión.

Sin embargo, pese a la crueldad de la que hacía gala Bundy, conforme se acercaba la fecha de su ejecución, el hombre era un manojo de nervios, abatido (para utilizar la palabra de moda), deprimido, que intentó ganar tiempo mediante la confesión de diversos homicidios que había cometido.

Y aunque el tiempo asignado para su última cena Bundy lo invirtió en una entrevista con el periodista Hugh Aynesworth, en la que el condenado a muerte culpó a la pornografía de su violenta conducta, en varias sesiones previas el homicida había conversado sobre los crímenes que cometió con su abogado, John Henry Browne, a quien incluso autorizó por escrito que publicara la información que el profesional considerara pertinente una vez que el reo fuera ejecutado.

Browne optó por mantener a buen resguardo la grabación de las conversaciones —“no quería visitar aquellos lugares oscuros nuevamente”—, hasta que en 2011 un frasco de sangre de Bundy fue encontrado por casualidad en la oficina de un empleado forense, lo que abrió los casos y las posibilidades de resolver mediante la prueba de ADN homicidios hasta ahora irresolutos.

Ted Bundy se sentó en la silla eléctrica admitiendo que había matado a 30 mujeres. Solo que la información que el abogado ha liberado señala que los dígitos oficiales representan menos de una tercera parte del total, es decir, la cifra real está por arriba de los 100 homicidios.

En la información dada a conocer en mayo de 2012, el abogado explica que, pese a que el violador, secuestrador y asesino atacó principalmente a mujeres, la primera víctima de Bundy fue un hombre. De hecho, de acuerdo con Browne, entre los más de 100 asesinatos que el predador cometió, hubo varios varones.

Bundy cruzó la Unión Americana del Pacífico al Atlántico. Atacó en seis entidades de EU. Comenzó su saga homicida en el estado de Washington, y caminó por los estados de Utah, Colorado, Oregon, Idaho y California, para culminar en Florida, donde finalmente fue detenido.

El asesino había sido aprehendido en varias ocasiones, pero había logrado escapar incluso brincando por la ventana de un segundo piso.

Ted Bundy fue un asesino serial organizado. Al principio de su carrera cuidaba hasta el último detalle. Es cierto, después de rebasar los 20 homicidios —alguna vez lo declaró—, “no sabía dónde había dejado un tobillo”. Su organización la perdió conforme los asesinatos se acumularon. En la cresta más alta de un frenesí que comenzó en 1974 y culminó en 1978, el promedio de sus ataques fue uno por mes.

Treinta homicidios es la cifra oficial; de forma póstuma, el criminal reconoció que fueron más de 100 sus víctimas; aun así, solo la huella de una mordida en la nalga de una de las colegialas condujo a Bundy a la silla eléctrica.

 

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