Vidas Ejemplares

Un monstruo detrás de la sonrisa

En los años 90, algunos de los perfiladores de la conducta criminal se referían a los homicidas seriales como los hombres lobo del siglo XX. De día eran ciudadanos afables, tranquilos, queridos y respetados por sus vecinos, pero de noche algo sucedía y salían a cazar a sus víctimas.

En los años 20 del siglo pasado, Vasili Komaroff, un campesino que además comerciaba con caballos, no se molestó en preguntar la hora al momento de asesinar a sus víctimas masculinas. Aunque, lo cierto es que él prefería matar de día.

A partir de 1921, la zona rural de Moscú experimentó un miedo hasta entonces desconocido por una serie de hallazgos de hombres maniatados y doblados dentro de costales que eran abandonados y ocultados con ramas y hojarasca.

Eran los tiempos duros de Stalin, cuando Rusia aún vivía los estragos de una revolución y la purga aplicada por la policía secreta para borrar del mapa a los enemigos ideológicos del Estado.

En ese contexto atacó Komaroff y las autoridades tardaron dos años para establecer una conexión entre los días que ocurrían los homicidios (martes y sábado) y los días de mercado en el vecindario Shabolovki, que era donde ocurrían las desapariciones de hombres.

De 1921 a 1923, la policía registraba la ejecución brutal mediante puñaladas o hachazos de 21 víctimas masculinas, las cuales aparecieron dobladas en costales que fueron tirados en distintos basureros de la ciudad.

Finalmente un agente investigó la posible relación de los días de las desapariciones y el lugar en que aquéllas ocurrían. Se percató que martes y sábados se instalaba en el vecindario un mercado de caballos. Ahondando en sus pesquisas, el agente fue informado de que algunos hombres que se habían acercado al camarada Vasili Komaroff no regresaban del paseo que éste les ofrecía para
que constataran la calidad de sus bestias.

Para no atrapar al individuo equivocado, el agente indagó entre la gente que conocía a Komaroff. La mayoría señaló que el sospechoso era un hombre de familia, amistoso, de sonrisa fácil, que comerciaba con caballos y que tenía un establo en su hogar de Shabolovki.

Pero también existían versiones divergentes, que retrataban a Komaroff como un tipo extremadamente violento, “un monstruo detrás de su sonrisa”, que había intentado colgar incluso a su propio hijo de ocho años.

El agente se hizo amigo de Komaroff, a quien un día visitó cuando trabajaba en el establo. El investigador dijo que buscaría una botella de licor, adentrándose un poco más en el lugar. Después de remover algunos muebles y bolsas, el oficial encontró el cadáver maniatado de un hombre.

Vasili Komaroff fue arrestado. En su confesión dijo que el móvil de los homicidios era el robo, aunque al hacer cuentas las autoridades lograron sumar lo que en ese entonces equivalía a 26.40 dólares repartidos entre 21 víctimas, es decir, a casi un dólar por persona.

Pero las cosas empeoraban: el infractor señaló que de ninguna manera eran 21 hombres los que él había asesinado. Dio santo y seña de 10 individuos más, que fueron tirados en ríos, bosques, en el campo, y de los cuales solo se rescataron algunos cuerpos.

Komaroff tenía 52 años al momento de ser detenido. Cuando un periodista le inquirió acerca de su trayectoria de homicida, respondió: “Fue sorprendentemente fácil. Pero estoy cansado y no quiero vivir más años”.

Komaroff de alguna manera logró incriminar a su esposa en los homicidios que solo él había cometido. Al conocer que el juez los había condenado a morir de un disparo en la cabeza antes de que se cumplieran tres días después del veredicto, el asesino dijo con sorna: “Bueno, es hora que a mí me pongan en un costal”.

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