Vidas Ejemplares

El otro monstruo de Dusseldorf

La ciudad Dusseldorf es uno de los centros económicos más consolidados de Alemania. Después de las guerras napoleónicas experimentó una bonanza que se derrumbó con las dos guerras mundiales, para después resurgir de sus cenizas y alcanzar nuevamente su brillo del pasado.

Pero Dusseldorf también albergó uno de los peores asesinos en serie germanos, el señor Peter Kürten, un sádico, amante de las vísceras humanas, que del 26 de mayo de 1913 a noviembre de 1929 acabó con la vida de nueve personas, entre ellas niños y adultos, además de que tuvo siete intentos fallidos de homicidio.

Desde su adolescencia, Kürten mostró una personalidad violenta que disfrutaba al causar dolor. De su gusto de masturbarse mientras sacrificaba animales y la práctica de la zoofilia, amén de arrojar a un compañero de escuela a las aguas del río Rin, ya de adulto asesinó para disfrutar del espectáculo de las entrañas y del consumo de sangre humana.

Al ser detenido, después de que su mujer fue a la policía a delatar “mi esposo es el Vampiro de Dusseldorf”, Kürten murió el 2 de julio de 1931 en la guillotina.

Casi 20 años después, Dusseldorf albergó a otro homicida serial que se había asentado en la ciudad y que provenía de Alemania Oriental.

Werner Boost comenzó a delinquir desde los seis años. A los 30 ya contaba con varios arrestos, entre ellos por robar en diversos cementerios piezas metálicas de las tumbas, que vendía para ganar un poco de dinero.

Tras salir de la prisión, Boost conoció a Franz Lohrbach, con quien trabó amistad. Los amigos decidieron que podían hacer muchas cosas en sociedad, entre ellas robar a parejas de enamorados, a las que sorprendían en parajes solitarios. Después de drogar y despojar de sus pertenencias a las víctimas, las mujeres eran violadas por los criminales.

Solo que Boost tenía un motivo adicional en sus delitos: consideraba “depravados” a los enamorados, por lo que debía hacer algo al respecto.

En enero de 1953, un abogado llamado Bernd Serve conversaba con un joven dentro de un auto. Sorpresivamente, los hombres fueron rodeados por dos enmascarados. Con la cacha de la pistola, Lohrbach dejó al joven sin sentido. En esa ocasión, Boost no se molestó en robar las carteras y prendas de las víctimas. Simplemente disparó a la cabeza de Serve, al creer que se trataba de un homosexual que intentaba seducir a su acompañante.

En noviembre de 1955, un panadero y su novia fueron asesinados en el interior de su auto. Los cuerpos fueron recuperados cuatro semanas después en un lugar solitario.

Otro doble homicidio ocurrió en febrero de 1956. Una secretaria de 26 años y su novio fueron reportados desaparecidos. Dos días después los cuerpos fueron recuperados, aunque con evidencias de que habían intentado quemarlos. Ambos fueron ejecutados con disparos en la cabeza.

En mayo siguiente, una pareja de enamorados fue asaltada por dos hombres enmascarados. Los gritos alertaron a varias personas. En su huida, un policía logró derribar a uno de los sospechosos. Se trataba de Werner Boost.

El arma que Boost utilizó para asesinar sirvió para que las autoridades informaran que habían aprehendido al individuo de los dobles homicidios. Boost negó su participación en los asesinatos, pero fue condenado a prisión de por vida.

Lohrbach declaró que participó contra su voluntad en los asaltos, después de ser hipnotizado por Boost con las mismas drogas que este último utilizaba para dormir a sus víctimas.

El cómplice recibió seis años de encierro, pero no porque su teoría de la hipnosis hubiera convencido de su inocencia al jurado, sino porque él no cometió algún homicidio.

 

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