Vidas Ejemplares

¿Y si en lugar de 10 fueran 180 mujeres asesinadas?

Después de seis años en custodia, la tercera semana de febrero pasado comenzó el juicio contra Lonnie Franklin Jr., acusado de matar a nueve mujeres, una adolescente de 15 años y un hombre. Él niega ser el autor de los homicidios, pero el sistema penal de la ciudad de Los Ángeles cree lo contrario, por lo que solicitará la pena de muerte.

Entre 1985 y 2007, Franklin recorrió las calles del sur de Los Ángeles, rebosantes de bares y hoyos de mala muerte, en los que campeaba el consumo y venta de crack. El afroamericano conocía el mundo en el que se movía, conocía la adicción de sus víctimas, conocía la gratificación sexual que obtendría, sabía que si las prostitutas desaparecían nadie las echaría de menos.

La autopsia mostró que, con excepción de una mujer, el resto tenía cocaína en su sistema al momento en que fueron asesinadas. La adicción las había empujado a la prostitución.

El 11 de septiembre de 1988, el cuerpo desnudo de Alicia Alexander, de 18 años, fue encontrado debajo de un colchón en un basurero del sur de Los Ángeles. La mujer había muerto a causa de un balazo en una de sus mejillas.

El episodio tomó relevancia a causa del padre de la joven, que presionó a las autoridades para que arrancaran una investigación. El llamado del señor Porter Alexander fue atendido, sobre todo porque acudió al Departamento de Policía de Los Ángeles acompañado por los familiares de siete mujeres que habían muerto en circunstancias similares a las de su hija.

Las acusaciones de racismo contra las autoridades fueron un factor determinante para que se destinara a casi 30 agentes a investigar la ola de homicidios. De las llamadas anónimas que fueron atendidas, en dos ocasiones los uniformados estuvieron, literalmente, cerca de detener al sospechoso.

En una de ellas, en 1988, de acuerdo con la declaración hecha tiempo después por Franklin, él estaba a tres puertas del domicilio auscultado, sin perder detalle de la actuación policiaca. Fue en ese momento cuando decidió hacer una pausa en su trabajo, que se prolongó por 14 años.

El 19 de marzo de 2002, el cuerpo desnudo de Princess Berthomieux, de 15 años, fue encontrado por la policía. Murió estrangulada. Su asesino la violó y golpeó brutalmente. El homicidio marcó el regreso de Franklin a un escenario que le era afín.

El letargo de 14 años de Franklin le valió el apodo de Horrendo Durmiente, jugando con el cuento de hadas de Bella Durmiente, que cuando se rompe el encanto despierta de un pesado sueño de varios años.

En varias líneas de investigación que se prolongaron por ocho años, la policía tenía diversas descripciones del posible asesino, pero, sobre todo, contaba con el ADN del criminal, del cual, sin embargo, las autoridades no hallaban correspondientes.

El Departamento de Policía de Los Ángeles puso en práctica por vez primera en la historia una técnica de reconocimiento genético llamado "ADN familiar", que condujo hasta un hombre joven que estaba en prisión por posesión ilegal de arma.

Christopher Franklin era el hijo de Lonnie Franklin. El joven dijo a los agentes dónde podían encontrar a su padre. Aun así, faltaba que la policía cotejara las huellas de ADN con el presunto asesino. Una noche, después de cenar en un restaurante, los uniformados colectaron vaso, plato, cubierto y un pedazo de pizza de la mesa.

El 7 de julio de 2010, Lonnie Franklin fue detenido. La auscultación de su departamento arrojó más de mil fotos de mujeres, algunas estranguladas, otras baleadas, además de cientos de videos grabados por el propio asesino.

De ahí la duda de las autoridades, quienes especulan que la cifra de 11 asesinatos está muy por debajo de las 180 mujeres que, señalan, Franklin asesinó.

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