Vidas Ejemplares

¿A qué juegan los niños asesinos?

En el matrimonio maldito entre la prensa de espectáculos y el asesinato serial, los homicidas reiterativos son las estrellas irrefutables. Hay un público que conoce nombre y apellido de este tipo de criminal. Se tutea con ellos, habla de los grandes predadores con admiración, como si los conociera.

Existe, sin embargo, otro elenco de protagonistas que no aparece en los documentales o en las películas. Son las víctimas sobrevivientes y los familiares de la gente asesinada; aunque también el asesino común es proscrito del recuerdo masivo, pocas veces merece la mirada de ese espectador extraño y oscuro que busca en la historia del caso el párrafo que le ayude a comprender los motivos que impulsan a un hombre o a una mujer a matar en capítulos.

Sin embargo, en franca competencia con el homicida pluralista aparece de vez en cuando un criminal letal de voz meliflua, del que nadie cree que posea una capacidad de destrucción capaz de acabar con la vida ajena. Son los niños asesinos.

Para el escritor estadunidense Tom Robbins, “el horror y crueldad de un asesinato a sangre fría nunca pierde su factor de impacto, aunque este acto parece más aterrorizante cuando es cometido por un niño”.

Dorothy Lewis, profesora de psiquiatría en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York, explica que la agresividad patológica de esos niños está arraigada en el abuso y el dolor. “El generador más poderoso de la agresión en los seres vivos es el dolor... Los animales que han sido torturados y los niños que han sido severa y repetidamente abusados a menudo se vuelven extremadamente agresivos, desarrollando patrones de conducta agresivos”, señala. (Why Files. “What Drives a Kid to Kill”).

Un artículo publicado por USA Today, “8 of the World’s Youngest Murderers”, indica que los “niños asesinos son más comunes de lo que pudiéramos pensar, aunque dichos casos son regularmente tratados de forma delicada en las cortes. (…) Los medios y el público en general no se ponen de acuerdo en cómo estos menores deben ser tratados”.

En 1968, Mary Bell, de 11 años, asesinó a dos niños en la ciudad de Scotswood, en el noreste de Inglaterra. Al primero de los menores, Martin Brown, de cuatro años, Bell lo estranguló, para después esconder el cuerpo en una casa abandonada. Meses después, Bell y su amiga Norma Joyce estrangularon a Brian Howe.

En esa ocasión, Mary y Norma mutilaron el cadáver del niño. Bell pasó 12 años encerrada. Su liberación causó una gran polémica. Parte de la ciudadanía británica opinaba que la asesina nunca debió quedar libre. Bell cambió de identidad y se fue de su país.

En 1993, Jon Venables y Robert Thompson tenían 10 años cuando hicieron sus juguetes a un lado y decidieron convertirse en los niños asesinos más prominentes de Gran Bretaña. Secuestraron a James Bulger, de tres años, aprovechando un descuido de la madre del menor.

Bulger sufrió abusos físicos y sexuales antes de ser asesinado y abandonado en unas vías de tren, cubierto por piedras. El tren destrozó el cuerpo del niño. Los restos fueron recobrados dos días después por la policía.

Varias cámaras de vigilancia y decenas de testigos inculparon a los menores, quienes fueron detenidos y juzgados en una corte como adultos. En 2001, Venables y Thompson, de 18 años, lograron su libertad bajo palabra, pues para el Ministerio del Interior los muchachos estaban totalmente rehabilitados.

Posiblemente, la rehabilitación no fue total: en marzo de 2010, Jon Venables regresó a prisión, acusado de posesión y distribución de pornografía infantil. Fue condenado a dos años de cárcel por descargar y distribuir imágenes indecentes de niños vía internet.

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