Vidas Ejemplares

El infierno de Happy Land

En 1980, miles de cubanos tomaron la embajada de Perú en La Habana, solicitando asilo diplomático. El propósito de esa acción era presionar al gobierno local para abandonar la isla.

El gobierno de Fidel Castro finalmente aceptó la petición, pero con una condición: que lo hicieran si algún familiar los recogía en Puerto de Mariel, al noroeste de Cuba. Se calcula que fueron más de 120 mil “marielitos” (como la prensa bautizó a los inconformes) los que salieron de la isla caribeña, con destino mayoritario a Florida, Estados Unidos.

Las facilidades dadas por el gobierno de Cuba en realidad eran sustentadas por un plan con maña: deshacerse de una enorme cantidad de ciudadanos “indeseables”, entre los que había ex convictos, traficantes y desertores de la milicia.

Julio González, un ex convicto y desertor, estuvo en uno de los grupos que arribó a Florida, alcanzando así el sueño de llegar a suelo estadunidense, donde, paradójicamente, también aquellos disidentes fueron etiquetados como “indeseables y un peligro para la sociedad”.

Poco tiempo después de que fue liberado del campo de refugiados en el que estuvo mientras le daban los documentos que avalaban su estadía en Estados Unidos, González eligió Nueva York como lugar de residencia.

Esa década, el hombre la sobrevivió con empleos temporales, metiéndose continuamente en problemas de faldas y a causa de su excesivo gusto por las bebidas alcohólicas.

La noche del 25 de marzo de 1990, González estuvo bebiendo en un club llamado Happy Land, que estaba ubicado en la esquina noroeste de Southern Boulevard y la avenida East Tremont, en el Bronx. El individuo tenía poco tiempo de haber perdido su empleo en una empacadora de lámparas en Queens.

Para González, la pérdida de su empleo era motivo suficiente para beber. Aunque en realidad había acudido al Happy Land porque ahí trabajaba Lydia Feliciano, su amante en turno, con quien había discutido la noche anterior, y que cumplía su turno en el guardarropa del club.

González traía en mente reconciliarse con Feliciano, aunque, de no lograrlo, pondría en marcha su plan B. De hecho, cuando la joven le dijo “mañana nos vemos por la noche”, el individuo amenazó: “Ya veremos. Mañana en la noche ya no trabajarás ahí. Te lo juro”.

La reconciliación entre los amantes no llegó. En vez de eso, González fue echado del club por escandalizar.

El club nocturno Happy Land había sido clausurado tiempo atrás por no contar con los requerimientos de seguridad que exigía la normatividad, entre ellos, extintores y salidas de emergencia suficientes en caso de que ocurriera un siniestro en el interior. Es decir, la noche del 25 de marzo de 1990, el local daba servicio de forma ilegal a una fiesta de hondureños.

González caminó algunas cuadras y compró por un dólar un recipiente de plástico, al que llenó de gasolina. Regresó al Happy Land, entró de forma furtiva, vació la gasolina en la escalera y arrojó un cerillo.

El inmueble se convirtió en un infierno. La única puerta de emergencia estaba cerrada como siempre lo estuvo, para que evitar que la gente se fuera sin pagar.

Fueron 87 personas las que murieron en el club nocturno. Irónicamente, Lydia Feliciano fue la primera en salir del sitio —y una de los pocas sobrevivientes— cuando vio que el fuego ganaba rápidamente terreno.

González no se quedó a averiguar de qué tamaño era la tragedia que había provocado. Se retiró rápidamente y se fue a dormir a su departamento, donde fue capturado al día siguiente. Recibió una sentencia de cuatro mil 350 años de prisión.

Sin embargo, la ley estadunidense le autoriza solicitar su libertad bajo palabra, petición que Julio González planea hacer en 2015.

 

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