Vidas Ejemplares

Un hombre con complejo de culpa

Mack Ray Edwards rondaba los 50 años, estaba casado y tenía dos hijos cuando el 5 de marzo de 1970 se presentó en uno de los cuarteles del Departamento de Policía de Los Ángeles a confesar que, pese a su edad, tenía como amigo a un adolescente con el que había cometido un delito.

Explicó que un día antes él y su amigo habían secuestrado en el suburbio Sylmar a tres menores de entre 12 y 14 años. Dos de ellas habían escapado y una más permanecía en un lugar boscoso a las afueras de la ciudad.

La cara de los uniformados que tomaban nota era de escepticismo, por lo que el individuo mostró un revólver cargado, que entregó a los agentes. Uno de los policías preguntó por qué primero había secuestrado a las chicas para después tomar la decisión de entregarse a las autoridades.

La respuesta de Mack Ray Edwards fue sincera: “Tengo un complejo de culpa”.

El hombre condujo a los oficiales hasta una casa del bosque, donde la menor fue rescatada sin un rasguño.

Todo parecía indicar que una fianza arreglaría cualquier molestia a Edwards. Solo que éste prefirió purgar sus culpas y dijo a uno de los policías: “Tengo otros asuntos que discutir” con ustedes.

Edwards señaló que había nacido en Arkansas y que en 1941 llegó al condado Los Ángeles a trabajar en la construcción y mantenimiento de autopistas. En junio de 1953, una gran urgencia por tener sexo lo llevó a secuestrar a Stella Nolan, de ocho años, quien fue violada y asesinada.

El hombre enterró el cuerpo al lado de una autopista, utilizando maquinaria de construcción que manejaba para ocultar el cadáver. Los restos de la niña serían recuperados hasta 1970, después de que Edwards completó su confesión.

Cuando Edwards comenzó a declarar que su segundo homicidio lo había cometido en 1956, uno de los agentes preguntó de cuántos asesinatos estaban hablando. El individuo añadió que eran aproximadamente 20, todas menores de edad.

Posteriormente, Edwards se retractó y explicó que en realidad eran seis homicidios los que había cometido, solo que los agentes ya estaban haciendo su trabajo. El primer homicidio cometido por el sospechoso fue en 1953 y el segundo en 1956.

Después hubo una etapa de silencio de 12 años antes de que ocurriera el tercer evento homicida (1968). En ese lapso se conformó una larga lista de menores desaparecidos, que efectivamente superaban la cifra de 20.

Edwards guió a la policía a la zona de bosque en la que había enterrado cinco cadáveres. Después de una búsqueda minuciosa, los trabajadores no hallaron nada. Días después, el hombre “recordó” el sitio y la policía desenterró solo la osamenta de dos personas.

Los cuerpos de tres menores desaparecidas, y presuntamente víctimas de Edwards, nunca se recobraron.

Las sospechas de los agentes acerca de que la cantidad de víctimas mortales de Edwards podía ser mayor tenían sustento, ya que después de disponer de la vida de la menor Stella Nolan, en 1956, el criminal mató a dos menores en un solo día. Para los investigadores, un asesino que mata con tal frecuencia es difícil que suspenda por tanto tiempo sus actividades.

Mack Ray Edwards fue condenado a muerte. El veredicto satisfizo a medias al individuo. Quería morir, pero no deseaba esperar tanto tiempo para su ejecución. Explicó: “Quiero la silla (eléctrica), es lo que siempre he querido. Mi abogado me dijo que hay más de 100 personas esperando ejecución, yo le solicito a la justicia que me coloque en el primer lugar de la lista. Véanme: no estoy sudando, estoy listo para ser ejecutado”.

Edwards demostró que su impaciencia por morir era real: la noche del 30 de octubre de 1971 se colgó con un cable de televisión en su celda de la prisión de San Quintín.

 

operamundi@gmail.com

www.twitter.com/compalobo