Vidas Ejemplares

Los dibujos del asesino

Después de tres días de búsqueda, el 20 de septiembre de 1983, la policía de Bellevue, en Nebraska, encontró el cuerpo de Danny Joe Eberle, de 13 años, quien contribuía al gasto familiar repartiendo periódicos. La bicicleta del adolescente fue hallada a la mitad de la ruta entre su tercera y cuarta entrega.

El agente especial John Evans, de la Unidad de Ciencias de la Conducta del FBI, que en ese entonces dirigía Robert Ressler, quedó al frente del caso. Evans señaló que, de acuerdo con las contracciones anales, el rictus del joven, la profundidad de las heridas (nueve), el lapso entre una y otra hendiduras y la coagulación de la sangre, el asesinato de Eberle fue un proceso de varios minutos.

Evans tomó declaración, asimismo, a un testigo que dijo haber visto un auto dorado que seguía de cerca al adolescente. No había huellas de lucha entre víctima y criminal, por lo que era casi un hecho que los dos individuos se conocían; incluso, era posible que ambos fueran de una edad similar.

Tampoco había rastros de flujos, pese a que el cuerpo de Eberle fue encontrado semidesnudo. Evans especuló que el asesino obtuvo mayor gratificación torturando, poniendo en práctica sus fantasías sexuales, que violando a su víctima. El agente concluyó que existía una homosexualidad latente en el homicida.

El 5 de diciembre del mismo año, la policía nuevamente acudió a rescatar un cadáver semidesnudo en una zona boscosa. Se trataba de Christopher Walden, de 12 años, quien desapareció mientras se dirigía a la escuela. Fue asesinado a puñaladas, mostraba, al igual que Eberle, una profunda hendidura a la altura del hombro, acción que después fue aclarada: el homicida la provocaba para ocultar las huellas de sus mordiscos.

Nuevamente, un testigo habló de un auto dorado. Mediante hipnosis, el hombre señaló que se trataba de un Citation. Incluso describió que al volante iba un joven delgado, muy parecido a la víctima.

Fue el director de una escuela el que condujo a la detención del predador. Al ver que un auto dorado rondaba la escuela, apuntó el número de placas. John Joubert, de 20 años, fue responsable de los dos homicidios. Había sido boy scout, y ya en prisión se comprobó un asesinato más en su corta carrera. Fue ejecutado el 17 de julio de 1996.

El pasado 20 de junio, el diario Lincoln Journal Star publicó que un ex conductor de televisión de Omaha, Nebraska, ha solicitado, desde hace dos años, que la Corte local autorice que sean liberados al público los dibujos que John Joubert hizo mientras estuvo de inquilino en una de las celdas del corredor de la muerte a cargo del Departamento de Servicios Correccionales de Nebraska.

De acuerdo con Mark Petit, el solicitante, los dibujos, que muestran las fantasías de Joubert de asesinar más niños, tienen el potencial de ayudar a los investigadores a prevenir homicidios en serie, pues, de algún modo, reflejan la mente del criminal.

Petit señala, quizá con razón, que “John Joubert dejó una hoja de ruta, y tenemos derecho por lo menos a verla. Creo que tenemos una buena causa y el derecho público a saber más”.

En 2013, Petit presentó su libro A Need to Kill (Una necesidad de matar), el cual ahora parece obrar más en su contra que a favor, pues las autoridades de correccionales han indicado que el “valor social (de dar a conocer públicamente los dibujos) es nebuloso, solo es un sustituto de la curiosidad morbosa. Lo que el señor Petit quiere es vender más copias de su libro”.

En este estira y afloja de mecanismos jurídicos, lo único que se mantiene en claro es que la actividad de los homicidas en serie continúa incluso muchos años después de que ellos han muerto.

 

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