Vidas Ejemplares

Las chicas malas del grupo

Katherine Ramsland es una autora estadunidense con casi 50 libros escritos, ha publicado más de mil artículos y es profesora asociada de psicología forense. En su artículo “Female Mass Murderers: Major Cases and Motives”, que puede leerse en la página web Crime Library, la investigadora señala que los asesinos masivos generalmente son hombres blancos, de mediana edad, que han perdido su empleo, que reaccionan con violencia frente a episodios de su vida cotidiana o que expresan fantasías de venganza.

Para Ramsland, un asesino masivo es una persona que mata a cuatro o más individuos en un solo episodio, ya sea en una única locación o en diferentes lugares, pero que parten de un epicentro.

Los homicidios masivos, la investigadora los agrupa en categorías, por ejemplo, los que suceden al interior de la familia, los que ocurren en lugares de trabajo, los relacionados con enfermedades mentales y los que actúan impulsados por misiones o visiones.

Particularmente interesante resulta la diferenciación que Ramsland hace del asesino masivo del serial, al indicar que el homicida reiterativo rara vez actúa impulsado por alucinaciones. Por supuesto, entre esas raras veces hay que incluir a Richard Trenton Chase, el vampiro que asesinaba y bebía la sangre de sus víctimas ante la creencia de que en algún hospital le habían robado su arteria pulmonar, y que por lo mismo, moriría si no recuperaba la sangre que perdía diariamente.

En un caso más, Herbert Mullin acabó con la vida de 13 personas en el oeste de Estados Unidos. Sus homicidios, de acuerdo con su declaración, tenían el propósito de evitar que un gran terremoto destruyera California.

Sobran los ejemplos de asesinos seriales con alucinaciones, aunque como expresa la especialista Ramsland, no constituyen una mayoría. ¿Pero qué hay de las mujeres que encuentran en el asesinato masivo la solución a las tribulaciones que las aquejan?

En el siglo XVII inglés, una “epidemia” de homicidios cometidos por mujeres sacudieron a la sociedad, que en su mayoría consideraba que ese tipo de crimen era exclusivo de los varones. La taza de té envenenada para matar al incómodo marido y los sacrificios de infantes en manos de madres o nodrizas cambiaron de forma intempestiva la opinión pública de la época, aunque la sorpresa general fue tan poderosa que la mujer asesina fue condenada por los pasquines como “bruja” o “medusa”.

Tres siglos después, la mujer está plenamente enraizada en el homicidio masivo, aunque un dejo de sorpresa se mantiene intacto.

Hoy no resulta extraño que una mujer, como fue el caso de Jennifer San Marco, en enero de 2006, entre a toda velocidad a bordo de su vehículo a una oficina postal, asesine a cinco personas a balazos y después se suicide. ¿El motivo? San Marco nunca dejó una nota que explicara su conducta, aunque todo indica que la violencia la detonó su despido, después de trabajar seis años en el lugar que atacó.

O que en junio de 2001, Andrea Yates se levantara temprano como diariamente lo hacía en su hogar de Houston, Texas, sirviera el desayuno a su esposo antes de que éste se fuera a trabajar, para después llenar de agua la tina del baño y ahogar uno por uno a sus cinco hijos, cuyas edades iban de seis meses a siete años.

Yates dijo que era una mala madre y no quería que sus hijos crecieran de forma inadecuada. En el juicio, la defensa adujo que la mujer sufría el síndrome post parto. Lo cierto es que Andrea Yates tomaba antidepresivos por prescripción médica, los cuales al parecer no sirvieron de mucho para impedir la tragedia que en cuestión de horas dio la vuelta al mundo.

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