Vidas Ejemplares

El asesino que limpiaba las calles

A principios de los años 90, vecinos de la localidad de Novokuznetsk, Siberia, reportaron a la policía el fuerte aroma a descomposición que emanaba de un apartamento. Las autoridades hicieron caso omiso por varios meses más, hasta que, finalmente, en 1991 decidieron actuar.

El olor a putrefacción correspondía al cadáver de una adolescente, que a la postre resultó ser de la novia de un joven llamado Alexander Nikolayevich Spesivtsev, alias Sasha, quien fue enviado a un hospital para enfermos mentales, del que salió muy poco tiempo después.

El sistema judicial ruso decidió no dar seguimiento a las actividades de Sasha, pese a que el individuo había sido detenido por homicidio; sin embargo, no transcurriría mucho tiempo para que Spesivtsev diera señales de estar vivo y en forma.

En 1996, los rumores de la actividad febril de un homicida serial corrían libremente en la comunidad de Novokuznetsk. La policía, como sucedió en el caso del caníbal Andrei Chikatilo, se mantuvo al margen de cualquier investigación debido a que los restos recobrados del río Aba correspondían a menores sin hogar.

Al incrementarse la presión social, las autoridades investigaron que las víctimas habían sido contactadas por el asesino directamente en las calles o en estaciones de trenes (como también lo hacía Chikatilo).

El trabajo de agentes encubiertos condujo las pesquisas hasta un inmueble, en el que Spesivtsev vivía en compañía de su madre, Lyudmila. Al ingresar, los policías hallaron a una adolescente de 15 años, Olga Galtseva, que agonizaba recostada en un sofá a causa de varias puñaladas en el estómago. La menor fue llevada con urgencia a un hospital.

Pero en el departamento había más sorpresas, entre ellas un costillar humano y un cuerpo femenino sin cabeza recargado en una de las paredes del baño.

Antes de morir, Olga narró que, junto con otras dos amigas de 13 años, ayudaron a una mujer que cargaba varias bolsas; la acompañaron hasta el interior de su domicilio; sin embargo, una vez adentro, fueron acorraladas por un joven y un feroz perro dóberman. Los secuestradores eran Sasha y su madre, Lyudmila.

Los agentes especularon que el cuerpo en el baño era de una de las chicas, ¿pero dónde estaba la tercera adolescente?

Sasha y Lyudmila fueron detenidos. La policía comprobó que el hombre era culpable de al menos 19 asesinatos. La madre solo había ayudado a atrapar a las víctimas… y a cocinar a algunas de las adolescentes para deleitar el paladar de su hijo.

Solo que los obreros seguían rescatando restos corporales del río Aba. De acuerdo con la contabilidad de las piezas halladas, se calculaba que correspondían a casi un centenar de personas.

Spesivtsev, de 26 años, nunca mostró remordimiento por sus crímenes. Él se consideraba un intelectual. Había escrito varios libros (no publicados) acerca de las crueldades de la democracia en la Rusia moderna. Su misión, señaló, era encabezar una labor de limpieza social.

Entre las cosas recabadas por la policía en el domicilio de Sasha y su madre había un diario escrito por el joven filósofo. A través de ese documento, los agentes se enteraron que el detenido no atacaba sexualmente a sus víctimas. Solo las odiaba por pobres. Por eso las mataba y a algunas de ellas las devoró.

Lyudmila fue sentenciada a 13 años de prisión, mientras que Sasha fue enviado a una prisión psiquiátrica por tiempo indefinido. En el encierro, el hombre escribe poemas y diatribas contra la permisividad del gobierno de su país.

En una ocasión, Spesivtsev indicó que al morir deseaba vender su cabeza a algún instituto para que estudiaran su cerebro. Como “adelanto”, añadió, no estaría mal que le enviaran algunas cajetillas de cigarros.

 

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