Vidas Ejemplares

Un anciano peligroso para la sociedad

Entre julio de 1963 y octubre de 1966, Ian Brady y Myra Hindley se despacharon con la cuchara grande, asesinando (oficialmente) a cinco menores cuyas edades oscilaban de 10 y 17 años.

Era una época en la que no había cámaras digitales o teléfonos celulares, pero eso no evitó que los amantes tomaran fotos y grabaran en cassette las imágenes y gritos de sus víctimas, las cuales, en su mayoría, fueron abusadas sexualmente antes de morir.

El registro de los lamentos, con el fondo musical del “Niño del tambor”, presentado como evidencia, causó horror entre el público reunido en la corte. Esa misma sociedad se encargaría de mantener fresco a través de los años el recuerdo de la pareja “más cruel” en la historia del crimen en Reino Unido.

Los menores fueron enterrados en los páramos de Saddleworth. Cuatro de los cuerpos fueron recuperados por las autoridades. Uno más, el de Keith Bennett, jamás fue encontrado. Literalmente se lo tragó la tierra.

Desde que fueron detenidos en octubre de 1965, Ian y Myra fueron encerrados con la promesa de las autoridades de que no recobrarían su libertad, sin importar el tiempo transcurrido. Y la cumplieron. Myra Hindley murió en prisión de una neumonía bronquial el 15 de noviembre de 2002. Ian Brady, de repente da de qué hablar con los desplantes que le caracterizan desde joven.

En 2014, Brady, de 76 años, pidió una audiencia para solicitar su libertad. Después de ser encerrado en al menos nueve prisiones y finalmente en el Hospital Ashworth de Alta Seguridad, el hombre presentó, a través de un abogado, un legajo de 116 cuartillas explicando por qué podía ser candidato a recuperar su libertad.

Fue la enésima vez que Brady buscó ese recurso para regresar a las calles. Solo que su voluminosa petición se fue al archivo. La corte sustentó su negativa apoyándose precisamente en la conducta que Brady ha mostrado tras las rejas.

De acuerdo con los reportes del Hospital Ashworth, el paciente sufre de alucinaciones, continuamente habla a solas, duerme de día y permanece despierto por las noches, y lo más importante, pese a su edad, es sumamente violento con sus compañeros y con el equipo de seguridad del inmueble.

Con esos antecedentes y después de leer el documento presentado por el abogado de Brady, el juez Robert Atherton no tuvo empacho en concluir que el hombre no está en posibilidades de quedar libre, aunque el magistrado tamizó su decisión, explicando: “Es por el propio bien y seguridad del paciente”.

Sin embargo, para el psicólogo Peter Kinderman, que trató a Brady, el asesino de niños “no deja de ser una amenaza pese a sus 76 años. Él puede hacer cosas extremadamente peligrosas”.

El argumento anterior es apoyado por la doctora Lindsay Neustatter, especialista en medicina psicológica, quien describe a Brady como “un individuo despiadado, frío y sin emociones, sin conciencia y remordimiento”.

En 1965, durante su declaración después de ser detenido, Brady señaló que sus crímenes en realidad habían sido “homicidios recreativos”, parte de una “experiencia existencial”. Al parecer el punto de vista del individuo no ha variado. Jamás ha mostrado remordimiento por asesinar menores, se siente un hombre superior a los demás y su admiración por otros asesinos como Ted Bundy y Richard Ramírez se mantiene intacta.

A los 76 años, demacrado por sus constantes huelgas de hambre, Brady sigue mostrando los dientes a los pacientes del hospital y escupiendo a los guardias de la clínica.

De ahí las palabras del juez Atherton: “Él permanecerá el resto de su vida en un hospital o en una prisión. No hay posibilidad de que este hombre sea devuelto a la comunidad”.

 

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