Vidas Ejemplares

Primero mataba y después violaba

El caso del ecuatoriano Gilberto Chamba confirma que un asesino serial no puede despojarse de su naturaleza como si fuera una falsa piel. Mata y seguirá matando hasta que lo detengan. Una vez libre… repetirá la historia.

Chamba mató a ocho mujeres entre 1988 y 1993 en Machala, Ecuador. Las víctimas tenían edades que iban de los 14 a los 22 años. Su oficio de taxista le permitía recorrer las calles, buscar clientas con un cierto patrón: jóvenes estudiantes.

Antes de asesinarlas, Chamba se divertía con sus presas. Era un sádico sexual. Las humillaba con su bastón. Cuando el hombre se cansaba del juego pasaba a la fase que más le gustaba: las estrangulaba y hubo ocasiones en que hundió profundamente el báculo en la vagina de las jóvenes. Una vez muertas, tenía sexo con los cuerpos.

Chamba comenzó su saga homicida en 1988, poco después de dejar el ejército. Su primera víctima fue una joven de 22 años, a quien asesinó en una casa abandonada. Con ella puso en práctica su modo de operar, que nunca varió: violó el cadáver. El criminal tuvo el cinismo de acudir al velorio de la mujer.

El 8 de diciembre de 2004, Chamba fue detenido por la policía. Considerado un asesino camaleónico por su capacidad de pasar desapercibido en la sociedad, al ser arrestado los agentes dudaban que el sujeto fuera al homicida al que seguían los pasos desde varios meses atrás.

Sin embargo, Chamba despejó cualquier duda al cooperar con las autoridades, guiándolas a los lugares en que ocurrieron los homicidios.

Chamba fue condenado a 16 años de prisión, aunque por buena conducta su condena se redujo a siete años, y gracias al jubileo del año 2000, su pena disminuyó un año más.

El 9 de noviembre del año referido, y acosado por los medios y la gente, que lo llamaban El Monstruo de Machala, Chamba, con su esposa e hijas, abordó un avión hacia Madrid, y de ahí fue a Leira, donde vivían dos de sus hermanas.

En Leira, Chamba ejerció varios oficios antes de ser contratado como vigilante en un complejo de entretenimiento que contaba con algunos cines.

En el estacionamiento del inmueble, María Bascuñana, una estudiante de derecho, acostumbraba dejar su auto. Oscurecía, cuando la joven llamó a su casa para avisar que pasaría por algo de comer antes de llegar a reunirse con sus padres, con quienes vivía.

El 23 de noviembre de 2004, el cadáver de la estudiante fue hallado en la cajuela de su auto, abandonado a unas cuantas cuadras del complejo de entretenimiento. Fue estrangulada con un pañuelo y violada después de muerta.

Su cuerpo era un mapa del horror que había sufrido antes de ser sacrificada y estaba cubierto con bolsas, similares a las que se utilizan en los cines para la recolección de basura.

Días antes, Bascuñana había comentado con sus compañeras de universidad que el vigilante del estacionamiento la acosaba. Las jóvenes compartieron la información con la policía. La investigación se estrechó en torno a Chamba.

Finalmente el ADN analizado en el semen recabado del cuerpo de María correspondió con el del sospechoso.

Para entonces, los agentes ya habían hecho su trabajo y sabían que el individuo era un asesino serial especializado en mujeres jóvenes y que gustaba violar a las víctimas después de muertas.

Unas palabras de Chamba, recogidas de un diario en Ecuador, sintetizan el placer del homicida: “Yo las violaba después de muertas, esa era mi satisfacción personal. Soy culpable y en esto he andado solo”.

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