Vidas Ejemplares

Monstruo de zona roja

Steven Brian Pennell era un joven atractivo y atlético. Aunque no terminó su carrera universitaria de criminología, en general estaba bien preparado, era un buen electricista, casado, con hijos y un ciudadano aparentemente tranquilo de la ciudad New Castle, en el estado norteamericano de Delaware.

Había crecido en un entorno familiar de clase media, libre de violencia. Intentó en varias ocasiones ingresar al departamento de la policía estatal, aunque falló pese a sus conocimientos criminológicos. El oficio de electricista fue su opción, pero nunca estuvo a gusto con lo que hacía, por lo que, de acuerdo con su esposa, lo había vuelto un hombre amargado y controlador.

La noche del 29 de noviembre de 1988, una prostituta (que en realidad era la policía encubierta Renee C. Lano) que trabajaba en la Ruta 40 se acercó a Pennell. La mujer mostró interés por la camioneta del conductor y éste no tuvo inconveniente en encender la luz del interior.

La agente apenas pudo ocultar su nerviosismo al ver que la unidad tenía una alfombra azul, un color similar a las fibras encontradas en los cadáveres de Shirley Ellis, de 23 años; Catherine DiMauro, de 31, y Michelle Gordon, de 22. Los cuerpos de las mujeres habían estado desaparecidos por unos días, y al ser recuperados mostraban mutilaciones y huellas de tortura.

A partir de esos hallazgos, la policía estatal comenzó a investigar más de cerca a los visitantes asiduos de los distritos rojos de Delaware, siguiendo las instrucciones del FBI, instancia a la que las autoridades locales acudieron al reconocer que carecían de la experiencia y el equipo humano y técnico para enfrentar una saga de asesinato serial.

La espiral homicida de Pennell comenzó en noviembre de 1987 y durante 11 meses convirtió en su coto de caza la intersección de las carreteras interestatales 40 y 13.

Una vez que atraía la atención de la prostituta en turno, la invitaba a subir a su camioneta. Conducía hasta un lugar solitario, donde maniataba a la víctima para después torturarla, mutilarla y finalmente matarla.

Pernnell cargaba en el auto su kit de violador, que consistía, entre otras cosas, de látigo (para azotar las nalgas de las mujeres), esposas, agujas, martillo, cuchillo y pinzas, estas últimas para arrancar pezones o
senos completos. Para acabar con la vida de sus presas, éstas eran estranguladas o sus cráneos eran machacados con algún objeto contundente.

Nunca violó a alguna de las mujeres y arrojaba los cadáveres en las zonas boscosas cercanas al área de las arterias interestatales donde atacaba.

En 1990, Pernnell fue condenado a prisión de por vida por los asesinatos de Shirley Ellis y Catherine DiMauro.

A unos meses de comenzar su condena, el criminal fue indiciado por dos asesinatos más ocurridos previo a su captura. Pernell no negó su participación en ambos homicidios, pero inició un proceso legal para que lo ejecutaran.

El 14 de marzo de 1992, Steven Brian Pennell fue ejecutado mediante inyección letal en las instalaciones del Centro Correccional de Delaware. Tenía 34 años. Su esposa hizo hasta lo imposible por evitar que se aplicara la pena capital, pues, de acuerdo con ella, su cónyuge estaba mal de sus facultades mentales.

Por su parte, el condenado señaló que había solicitado que el Estado lo ejecutara para evitarle “angustias” a su familia.

Pennell nunca confesó los asesinatos, declinó emitir sus “últimas palabras”, pese a que, de haberlo hecho, quizá habrían sido resueltos otros dos homicidios que se le adjudicaban, así como el hallazgo del cuerpo de la prostituta Kathleen Anne Meyer, cuyo paradero se desconoce hasta la fecha.

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