Vidas Ejemplares

Homicidas seriales misioneros

Entre julio de 1974 y enero de 1975, Joseph Kallinger irrumpió en varias casas de Nueva Jersey. Tenía como misión torturar familias, abusar sexualmente de menores y en ocasiones incendiar los inmuebles invadidos. En ese proceso asesinó a tres personas. En una entrevista que concedió ya en prisión señaló que sus acciones habían obedecido a un mandato de Dios.

Indicó que cuando tenía unos 15 años, Dios se le acercó y “personalmente” le ordenó que realizara experimentos ortopédicos para curarse a sí mismo y de paso salvar la humanidad,

¿Curarse de qué? De los movimientos extraños que hacía con la cabeza, indicó. Por esa época, de acuerdo con su testimonio, Kallinger se sentía “desamparado” porque sus padres colocaron una cerradura extra en la recámara matrimonial y un bate de beisbol al lado de la cama… por si el muchacho lograba entrar a la habitación.

Herbert Mullin nació un 18 de abril (1947), día del aniversario del terremoto de San Francisco de 1906. Para este hombre, la coincidencia de fechas no era casual. Era un mensaje. Entre el 13 de octubre de 1972 y el 13 de febrero de 1973, acabó con la vida de 13 personas.

Para Mullin, su visión no tenía nada que ver con su alto consumo de mariguana, LSD y anfetaminas, sino con las voces celestiales que a diario le recordaban que un terremoto en California era inminente y solo él, a través del homicidio, era capaz de detener el siniestro.

En el caso del inmigrante mexicano Juan Chávez, los motivos que tuvo para matar fueron para contener una epidemia de sida. Al menos eso es lo que declaró al ser detenido. “Ustedes no entienden —dijo a los investigadores que lo interrogaban—, fui por esos hombres antes de que ellos fueran por mí. Están esparciendo el sida”.

¿Cuántas fueron las víctimas mortales de Juan Chávez? Quizá fueron más de las cinco por las que fue enviado a la prisión. De hecho, el inculpado en una ocasión comentó a un compañero de celda que había matado a muchos más hombres de los que se le pudieron comprobar.

Y es posible que Chávez tenga razón, dada la distancia en tiempo que existe entre el homicidio de Alfred Rowswell (julio de 1986) y los de Ruben Panis, Ronald Kleeman, Leo Hildebrand y Michael Cates, quienes murieron entre septiembre y noviembre de 1989.

De acuerdo con los testimonios aportados por Chávez —casado y con dos hijos—, conoció a las víctimas mientras buscaba comprar drogas en la avenida Vermont, cerca de Echo Park, en la ciudad de Los Ángeles, California.

Los hombres maduros, homosexuales, le pagaban por adelantado para tener sexo. Al aceptar, la pareja se iba al departamento del contratante. Cuando estaban en el interior, Chávez decía que iba al baño. En realidad en ese momento sacaba una navaja, con la que sometía al dueño del inmueble.

Tras maniatar a la víctima, comenzaba a estrangularla con el fin de que le proporcionara los dígitos de su tarjeta de crédito. Una vez que obtenía los números, Chávez apretaba el improvisado garrote vil hasta matar a su acompañante.

Con la víctima muerta, Chávez revisaba los domicilios a detalle, eligiendo qué objetos sustraer. En ocasiones, metía las cosas robadas a las cajuelas de los autos de los dueños, las llevaba a su domicilio y después se deshacía de la unidad.

De hecho, una huella dactilar dejada en el auto de su primera víctima, Alfred Rowswell, resolvió el acertijo del asesino de homosexuales. La huella fue cotejada con miles de personas, sin ningún resultado. Fue hasta que la impronta se comparó con los archivos de prisión que el nombre y rostro de Chávez salieron a la luz. Para entonces, habían pasado siete años. El criminal purgaba condena por un delito menor.

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