Vidas Ejemplares

Detrás de las paredes

El 19 de agosto de 1843, el periódico estadunidense Saturday Evening Post, de Filadelfia, publicó un cuento titulado “The Black Cat” (El gato negro), del escritor Edgar Allan Poe, quien, con la fecha referida, regaló al mundo el que quizá sea el cuento más espeluznante en el universo del horror de Occidente.

Por supuesto, no compartiré aquí el final. Aunque les adelanto que tiene que ver con el maullido de un gato detrás de una pared. Lo que sí puedo decirles es que una vez que lean “The Black Cat” sus temores tendrán nuevas dimensiones.

El enmuramiento es un castigo impuesto desde hace varios siglos contra la libertad de tránsito, de movimiento, del individuo penado. Se ha utilizado como forma de prisión y como vehículo de ejecución cuando se abandona a su suerte al sujeto castigado, quien solo, sin comida ni agua, morirá en una lentísima agonía.

De acuerdo con wikipedia, las vírgenes vestales romanas enfrentaban el enmuramiento cuando rompían sus votos de castidad. Asimismo, ya bien entrado el siglo XX, los ladrones en Persia eran tapiados como forma de castigo.

La historia de Occidente rebosa de casos en los que el enmuramiento está presente. Por ejemplo, Flavio Basilisco, emperador del Imperio Romano de Oriente por poco más de un año (475-476 d.C.), fue primero depuesto, después apresado y finalmente desterrado a Capadocia, junto con su familia, donde los Basilisco fueron confinados a una cisterna seca, en la que murieron de frío y hambre.

Por supuesto, en el folclor que ha nacido a partir de un castigo que quizá solo se compara en crueldad con la decapitación en la guillotina, el enmuramiento ha sido el puerto final de innumerables infelices, lo mismo aquellos cuyos cuerpos sirvieron para apuntalar edificaciones, que para deshacerse de monjas traviesas y sus “frutos del pecado”, los cuales eran sembrados en las paredes para borrar cualquier evidencia que deshonrara los recintos de Dios.

Pero si la práctica de confinar a personas detrás de las paredes daba la apariencia de haberse desvanecido en una época de indiscretas redes sociales, hace unos días, a finales de noviembre, la policía rescató a un adolescente de 13 años, quien había “desaparecido” hace cuatro años, pero que en realidad vivía detrás de una pared falsa.

De acuerdo con los reportes de la policía de Atlanta, Georgia, una mujer recibió una llamada a su celular por parte de su hijo, a quien no veía desde hace cuatro años. El ahora adolescente —cuyo nombre no se ha revelado— explicó brevemente a su progenitora que estaba prisionero en casa de su padre, Gregory Jean, de 37 años, y la esposa de éste, Samantha Davis, de 42.

Inicialmente, las autoridades acudieron al domicilio del señor Jean para preguntar si tenía noticias del joven. El hombre, ahora también padre de tres niños, dijo que hacía tiempo que no tenía noticias de su hijo mayor.

Sin embargo, al día siguiente los uniformados llegaron nuevamente, esta vez con toda la intención de rescatar al adolescente, quien, de acuerdo con los reportes, estaba “muerto” de miedo, lo que no fue impedimento para que se fundiera en un prolongado abrazo con su madre, quien acompañó en todo momento las actividades de los agentes.

En 2010, el niño de entonces nueve años visitó a su padre, pero éste le impidió regresar con su madre, reteniéndolo en una habitación que daba a un patio, de la cual era imposible escapar.

¿Por qué la madre no reportó la desaparición? Sus razones ha de tener para no haberlo hecho. Ella dice que sí lo hizo, pero el reporte no fue redactado en los escritorios de la policía, sino en la mesa de las autoridades del bienestar para menores.

 

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