Vidas Ejemplares

Buscaba la belleza a través de la sangre

De acuerdo con cifras proporcionadas por el periodista James Marrison en su artículo “The Vampire of Rio” (Monstrous.com), entre diciembre de 1987 y noviembre de 2001, la guerra de las drogas en la ciudad brasileña Río de Janeiro había arrojado un total de 3 mil 937 niños asesinados en las favelas.

La situación empeoró en los años 90, cuando los escuadrones de la muerte trabajaron horas extras en el exterminio de menores delincuentes que a ojos de empresarios y comerciantes resultaron una plaga que afectaba sus intereses económicos.

Fue en ese contexto en el que actuó Marcelo Costa de Andrade, de 23 años, quien había vivido una infancia similar a los niños que en ese momento eran asesinados desde varios flancos. Arrojado a la calle a los 10 años, prostituto desde los 16, Costa de Andrade se presentó ante los menores como un adulto en el que se podía confiar.

Con un discurso religioso aprendido en la Iglesia Universal del Reino de Dios, facciones y modales amables y que además ofrecía comida a los niños, éstos no tenían motivos para rechazar la ayuda del mentor.

Solo que, como señaló Ilana Casoy, experta en asesinos seriales brasileños: “Conocer en persona a alguien como Marcelo Costa de Andrade es muy duro para cualquier ser humano”. La especialista abundó en que el individuo era “como un lobo vestido con piel de oveja”.

En un lapso de nueve meses, entre 1991 y 1992, Costa de Andrade asesinó a 14 infantes varones. Nunca varió su modo de operar: creaba confianza en sus víctimas, una vez que había dado ese primer paso, pedía a su presa que lo acompañara a un lugar solitario. Ahí violaba por vez primera. Después la estrangulaba con alguna prenda de vestir.

Posteriormente practicaba la necrofilia por varias horas. Decapitaba a la víctima y extraía sangre que bebía en el sitio y en ocasiones llenaba algún recipiente para seguir consumiendo el líquido durante el día. Abandonaba el cuerpo y regresaba en los días siguientes a cerciorarse de que el cadáver siguiera en su lugar.

De acuerdo con Ilana Casoy, que entrevistó en varias sesiones a Costa de Andrade, éste tenía la mentalidad de un adolescente de 12 años. El asesino decía que algún día no muy lejano dejaría las instalaciones del Henrique Roxo (donde purga una condena de por vida), un hospital para enfermos mentales, y viajaría a Disneylandia, además de que deseaba seguir ayudando a los niños.

La “ayuda” que Costa de Andrade proporcionó a sus víctimas fue asesinarlos antes de que cumplieran 13 años, ya que en los sermones aprendidos en la Iglesia Universal del Reino de Dios, los menores que mueren antes de la edad referida van directamente al paraíso.

En diciembre de 1991, el joven se enamoró de Altair de Abreu, de 10 años. Convenció al niño de que lo acompañara al campo, solo que Altair acudió a la cita acompañado de su hermano Iván, de seis años. Costa de Andrade violó y asesinó a Iván frente al hermano mayor. Pese a que Altair estaba aterrorizado pasó la noche con el delincuente. Al día siguiente escapó y pudo llegar hasta su hogar. La policía no tardó mucho en detener al criminal.

Costa de Andrade dijo que solo había asesinado a Iván, pero la madre del infractor se presentó ante las autoridades cargando una bolsa en la que llevaba un machete que el individuo había utilizado en varios desmembramientos. Fue el detonante para que el joven confesara sus 14 homicidios.

Cuando le preguntaron por qué mataba, Costa de Andrade habló de la tesis del paraíso, aunque finalmente aceptó que también lo hacía para, mediante la succión de la sangre, obtener la belleza de sus víctimas, a las que siempre elegía por sus facciones delicadas y piernas largas.

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