Vidas Ejemplares

¿Asesinato masivo o terrorismo?

Los ingenieros de la torre de control de la ciudad alemana de Düsseldorf no se explicaban el silencio. El avión de la empresa Germanwings, con 150 personas a bordo, llevaba varios minutos en caída libre y piloto y copiloto no respondían al llamado.

Hoy, el siniestro ocurrido en los Alpes franceses parece que está muy lejano de ser obra de un atentado terrorista o de una falla mecánica, parece, eso sí, ser el plan de un asesino masivo.

Haciendo a un lado el contexto político, es decir actos de terrorismo, un asesino masivo —o asesino de masas— es aquel que mata de cuatro a más víctimas en una locación y en una misma jornada, de acuerdo con el Bureau of Justice Statistics de Estados Unidos.

La mayoría de los asesinos masivos “copia” el modelo original: Charles Whitman, el homicida masivo por antonomasia, que el 1 de agosto de 1966, con su rifle de francotirador y centenas de balas, se parapetó en el mirador de la torre de la Universidad de Texas en Austin, desde donde acabó con la vida de 15 personas e hirió a 32. Whitman no se suicidó, como lo hace gran parte de los asesinos masivos, murió en combate, por decirlo de alguna manera.

En años recientes, los asesinos masivos han demostrado nuevas formas de ingenio para cometer sus crímenes. Las categorías aniquiladores de familias, individuos con trastornos mentales y trabajadores disgustados han quedado rebasadas antes los jóvenes que perpetran sus carnicerías en las high school de Estados Unidos, o de monstruos europeos como el australiano Martin Bryant, que disparó y mató a 35 personas en Port Arthur, Tasmania, o el noruego Anders Behring Breivik, quien en un campamento juvenil en la isla de Utoeya ultimó a 69 personas.

James Eagan Holmes destaca por su inventiva, pues portaba una máscara cuando asesinó a 12 personas e hirió a otras 50 en el interior de un cine de Denver durante el estreno de la saga de Batman, The Dark Knight Rises. El joven, de entonces 24 años, declaró posteriormente que él era El Guasón.

En estos días nos enteramos de que los homicidas masivos actualizan su repertorio letal.

De acuerdo con Brice Robin, el fiscal de Marsella que investiga el caso del avión que se estrelló en los Alpes franceses y en el que murieron 150 personas, entre ellas dos mexicanas, el copiloto alemán Andreas Lubitz, de 28 años, accionó de manera deliberada el descenso del vuelo de la línea Germanwings.

A partir de las grabaciones a las que ha tenido acceso Robin se deduce —señaló el investigador— que el copiloto “tenía la voluntad de destruir el avión”, que aprovechó el momento en que el piloto Patrick S. dejó la cabina de la nave para ir al baño.

La hipótesis de Robin indica que Lubitz atrancó la puerta, bloqueó el sistema para abrir el espacio de comando desde fuera e inició el descenso de la nave, que durante ocho minutos cayó libremente hasta estrellarse.

Los registros indican que Lubitz nunca atendió las llamadas de los comandantes de vuelo ni la voz desesperada del piloto, tampoco lo hicieron dudar los gritos de los pasajeros.

El fiscal Robin ha señalado que en el caso del airbús siniestrado no hay “indicios de trasfondo terrorista”, descartando así las posibilidades de un atentado.

¿Era Andreas Lubitz un trabajador a disgusto con su empresa? ¿Tenía problemas familiares o padecía algún trastorno mental?

La caja negra posiblemente no responda estas preguntas, pero lo que es cierto es que, si tiró el avión de forma deliberada, con la idea de matar a pasajeros, tripulación e incluso él mismo, todo en una sola jornada, quizá con Lubitz estamos frente uno de los asesinos masivos más prolíficos en la historia mundial.

 

operamundi@gmail.com

www.twitter.com/compalobo