Los inmortales del momento

Adán y Eva en el mito tarzánico del cine

De los muchos intérpretes de Tarzán que han pasado por las pantallas de tela o de cristal y por gran parte del siglo XX, y hasta el XXI, el que es hoy recordado como el  mejor portador del personaje del hombre-mono engendrado en la novela de aventuras de Edgar Rice Burroughs, en la historieta dibujada y en la pantalla de cine, es el poderoso nadador y débil actor Johnny Weismuller, que lo “interpretó” en doce películas, de las cuales las primeras seis llevaron la marca de Metro-Goldwyn-Mayer, cuyo emblema era un león rugiente.

Las seis películas MGM proponían a un Tarzán torpemente angloparlante pero virtuoso del larguísimo grito ondulante. La primera de la serie, Tarzán, el hombre mono (Tarzan of the appes, 1932, dirigida por W. S. Van Dyke II), omitía el origen del protagonista: Lord Greystoke, quien, caído como bebé en la selvática África, con el paso de los años ascendía a espontáneo policía de la jungla y dotado de una compañera: la bella Jane (Maureen O’Sullivan), de una gratuita sirvienta con vis cómica: Cheetah, y luego de un hijo adoptivo: el little boy inimaginativamente nombrado Boy.

En la serie weissmulleriana de Tarzán imperaba un artificial pero sensual medio ambiente: la selva fabricada en los back-lots de la MGM y diseñada por el “director artístico” Cedric Gibbons como un paraíso terrenal ajeno a la historia, a la civilización tecnológica y a la noción de pecado, y allí Tarzán y Jane, facsímiles de Adán y Eva previos a la pervertidora manzana, se amaban en inocencia juguetona, consumían los frutos ofrecidos por la exuberancia vegetal, se trasladaban por los aires de liana en liana y por tierra a lomos de elefantes en servicio gratuito de taxis. Y como era necesario que hubiese el trío fundacional de padre, mujer e hijo, pero no se podía dar visibles implicaciones de vida sexual en el cine pudibundo de un Hollywood en principio sumiso a las convenciones de pudor del Middle West, cayó por ahí un adaptable chiquillo… Una profana aunque santa familia, pues, y correcta.

Sin embargo, en las dos primeras películas del mito adánico reconsiderado por la MGM se abolirían ciertos tabús de la compañía productora y, por extensión, de la californiana “fábrica de ilusiones”. La semidesnuda figura atlética de Tarzán con exiguo taparrabo, la semidesnuda y delicada belleza de Jane con taparrabo y tapapecho, no podían menos que hacer eróticamente muy visibles sus cuerpos, que en las escenas de nado adquirían la plusvalía sensual del agua ceñida a la piel, y eran muy visualmente “tangibles” pese a la fantasmalidad de la mera imagen. Así ocurría en la hermosa secuencia del nado subacuático de Tarzán y su compañera, en la que, en un refrescante silencio matizado por leves sonidos de burbujas emergentes, la bella, la delicada Jane, acompañada de su amado Buen Salvaje, nadaba, o más bien horizontalmente danzaba, en una casi cabal desnudez: solo con taparrabo (o tapacoño, a escoger)... Y de este modo Jane/Maureen estremeció la niñez y la adolescencia de los hambrientos muchachos cinéfilos del medio siglo XX, includingme. El muy buen éxito taquillero de los dos primeros filmes de la serie de Tarzán al modo MGM debía mucho a ese fabricado espacio edénico y adánico, a ese mundo sensual y difuso y profuso, captado en cariciosa fotografía suave lograda con gasas y filtros ante el lente filmador. En esa selva construida, Adán/Tarzán y Eva/Jane resplandecían como obras maestras de la piel humana.

Las cuatro restantes secuelas de la serie fueron aboliendo esa sensualidad, esa fotogénica apología de la epidermis que proponían las dos primeras películas. En acatamiento al censor “código Hays”, que había empezado a regir el cine de Hollywood, se impuso una moralina ridícula pero férrea, según la cual debía calcularse en segundos la duración de los besos, medir en milímetros el tamaño de los escotes de las damas y poner aun a los matrimonios más consolidados a dormir por separado en camas gemelas. A partir de entonces ya no fueron tan visualmente eróticas las escenas de nado subacuático de la pareja edénica: a Tarzán le ensancharon el taparrabo, a Jane la “adecentaron” como honesta ama de casa poniéndole una especie de primitivo traje de baño de dos piezas de “piel de fiera”, y hasta a la traviesa chimpancé Cheetah le cubrieron el desnudo culo con una prolongación artificial del pelaje. Así los protagonistas fueron cabalmente desexualizados durante décadas, y el mito tarzánico del hombre-mono, blanco aunque selvático, libre aunque heroico, en el “africano” edén húmedo de sensualidad, amenizado de peligros y amenazado de bípedos invasores (blancos codiciosos de marfil), se degradaría hasta caer en los dulzones dibujos animados de la marca Walt Disney y sucesores.

Pero quedaría en el recuerdo una secuencia de Tarzán y su compañera que hechizó al cinéfilo adolescente: esa intensa visión creada al ritmo de 24 fotogramas por segundo: Maureen/Jane desnuda, bellísima, ágil, lenta, inmarcesible, graciosamente nadando desde la pantalla hacia los ensueños de millones de chavos, including me.