Los inmortales del momento

La susurrante suripanta del Palacio

Apenas siendo adolescente, solía yo visitar a aquella puta vulgar y pierniabierta; a veces coincidía con José Luis Cuevas, con quien después nos confesaríamos que cada uno la secuestraba mentalmente para, en las noches deseosas, ejercer el placer solitario.


Sí, aquí me ven ustedes. Me llamo Guadalupe o Rosa o Mercedes o Refugio o Eduviges o quién sabe. ¿Qué es un nombre?, no es parte alguna de una persona, y sépase que allá en el prostíbulo de más caché de esta Ciudad de México, la seño Anatolia, nuestra culta madrota, nos rebautizó con nombres como quien dice más finos, y a mí me puso Semiramís, que fue una reina de la antigüedá, y me gustó el raro nombrecito, tenía como quien dice su resplandorcito de leyenda, solo que nadie se lo aprendía, ni mis compañeras ni los clientes, y todos me decían la Chata por mi corta nariz, ni modo, una qué culpa tiene de que así la hayan nacido, ¡a una ni le preguntan cómo quiere que la nazcan!

Se preguntarán ustedes por qué estoy retratada aquí y en la forma tan descarada y hasta como quien dice oxcena en que me están viendo. Pues fue que una noche llegó al prostíbulo (que doña Anatolia elegantiosamente llamaba casa de citas o mansión de placer) el hoy afamado artista pintor don José Clemente Orozco, que era manco, por culpa, dicen, de un cuetón que le reventó en la mano cuando era chamaco, pero que con la otra mano era un pintorazo. Llegó exigiendo como otras veces a “la Chata, que me sirvan a la Chata!”, y yo ya estaba puestísima, porque el señor Orozco, aunque era artista con su mucha sensibilidá, ejercía muy bien sus funciones de macho, lo que sea de cada quien. Y después de que hicimos lo que ustedes se figuran, me dijo: “Eres divina, Chata, lo haces como reina y, nomás por el gusto que me das y porque te carcajeas cada vez que lo hacemos, te voy a inmortalizar”, y que le digo “pues gracias pero ni que fuese usted Diosito, cómo le va a hacer”, y me dice “te voy a poner así como orita te veo, en una pintura mural y en el mero marmório Palacio de las Bellas Artes que van a inaugurar”.

Y me inmortalizó, pues. Por eso aquí estoy en mis pocos y flojos aunque sabrosos cueros, nomás con las alhajas que me dio mi difunto esposo el señor mi general Diógenes Cendreros, distinguido revolucionario, que las obtuvo por sus hazañas. Y tan como vine al mundo estoy que por eso pasó lo que pasó, y fue que en la ceremonia de inauguración del Palacio y delante del señor Presidente y la crema y nata de la cúspide política y cultural de entonces, mi señor general Diógenes me vio por primera vez en la gran pintura y me reconoció y se puso a gritar que el mural era inmoral, que era oxceno, y que dónde estaba el cabrón pintorcete para darle consejos con su mera pistola para que aprendiera a no agredir a la moralidad de la gente honorable y culta... En fin, un escándalo que paqué les cuento, y aunque después de la rabieta Diógenes se calmó (por no dar más qué decir a las lenguas sediciosas), al llegar a la casa me puso una catorriza, me gritó “pinche piruja” y me arrojó
a la calle con todo y tiliches... Y esa es la causa por la cual tuve que volver al burdel o palacio de lenocinio, donde envejecí en el cumplimiento de mi oficio y desde donde un día me llevaron al camposanto pese a haber sido nonsancta, como la tal Santa piruja del señor Gamboa... Pero aunque mis huesos ya los tragó la tierra, aquí estoy, a todo dar ¿a poco no?, y como quien dice ofrecida a la lujuria y la posteridá. Yo mera, la Chata, la Semiramís, la suripanta inmortal del señor pintorazo Orozco, sí.

[En el final de los años cuarenta y apenas siendo adolescente, solía yo visitar en el Palacio de las Bellas Artes a aquella puta vulgar y pierniabierta, presumiblemente ebria y gozosa en un solitario orgasmo al pie de una catástrofe o revuelta social del mural Katharsis, obra del gran José Clemente Orozco. A veces coincidía allí con otro muchacho, el ya gran artista José Luis Cuevas, con quien inicié una amistad para siempre. Años después nos confesaríamos que durante esos momentos cada uno secuestraba mentalmente a Guadalupe o a Rosa o a Mercedes o a Refugio o a Eduviges o a quién sabe, para, en las noches deseosas, ejercer el placer solitario.]