Los inmortales del momento

Un superhombre de cómic y de guaracha

Con sus vuelos, Supermán se erigió en campeón de la justicia, en policía universal autoempleado para combatir a gánsteres, a sabios malvados, a hormigas gigantescas, a invasores intergalácticos, a nazis, comunistas y crápulas del siglo XX.

En la Ciudad de México de los años cuarenta, desde victrolas o sinfonolas, desde radios, ferias de barriada y fiestas de vecindario, sonaba una o guaracha o rumba que, mediante la somera magia del acento agudo en el nombre o el sobrenombre, volvía latino al que sería un personaje mítico del siglo: “Si me pongo trusa/ parezco caimán./ ¡Pintame de colores/ pa’que parezca Supermán,/ pa’que parezca Supermán!”.

No se trataba del Superhombre de Nietzsche sino de Supermán (así, con acento agudo), héroe propuesto por el cómic y el cinito de episodios. Supermán nació de nobles padres kriptonianos (del planeta Krypton, pues), quienes para salvarlo de un estallido planetario lo expidieron a la Tierra en una nave espacial. Aquí, el niño, hallado y adoptado por humildes y generosos granjeros, resultó un ser prodigioso que, gracias a hallarse en un planeta de atmósfera menos densa que la del suyo natal, vence la ley de gravedad moviendo bultos gigantescos y, volando por doquier, supera las modestas levitaciones de Giuseppe de Copertino (el santo propuesto como patrono del gremio de los pilotos aviadores, aunque él sólo ejercía sus proezas dentro de los límites de su pueblito).

Con sus amplios y altos vuelos de diferentes velocidades y alturas y rizos, Supermán, ya muchacho, y luego ya hombre —y merecedor del pregón que lo anunciaba en los cortos de dibujos animados: It´s a bird?, It´s a plane?... It´s Superman! (“¿Es un pájaro? ¿Es un avión?... ¡Es Supermán!”), se erigió y eligió en campeón de la justicia, en policía universal autoempleado para combatir a gánsteres, a sabios malvados, a hormigas gigantescas, a invasores intergalácticos, a agentes nazis y, luego, a comunistas y crápulas del siglo XX y aun de todos los siglos (pues además el héroe suele intervenir en el Pasado y en el Futuro).

Supermán sigue vigente en el cómic, en el cine y la televisión, y continúa ejerciendo una doble identidad: la verdadera del kriptonense exiliado, y la del dizque tímido y anteojudo reportero Clark Kent, eterno objeto huidizo del deseo de la reportera Louise Lane. La muchacha siempre estaría a punto de descubrirlo, pero él se le escabulle, y cada vez que comienza una amenaza a la ciudad y por extensión al mundo, busca una cabina telefónica (siempre halla una, el suertudo) que esté desocupada, se quita allí el traje común y súbitamente florece en un musculoso y aerodinámico gay’s look profiriendo el lema o eslogan: “¡Esta es una labor para Supermán!”. Y la habitual aventura supermana sigue su rutina y recomienza.

El Superhombre de historieta y de pantallas de cine y de tele no nació de Nietzsche sino del escritor Jerry Siegel y el dibujante Joe Shuster, quienes en 1938 lo engendraron para la revista de historietas Action Comics como vecino de otros héroes superpoderosos. Pronto la publicación se convirtió en el Superman´s Magazine, desde la cual el central protagonista sobrevoló fronteras geográficas y de idioma y, volviéndose tan emblemático del American Dream como la Coca-Cola y la hamburguesa MacDonalds, tan deslumbrante como el dólar, conquistó el mundo hablando todos los idiomas (menos, durante la Segunda Guerra Mundial, el alemán, el italiano y el japonés).

En los años cuarenta Supermán aniquilaba divisiones de infantería, aviones bombarderos, tanques y carros de asalto, etcétera, desviaba bombas teledirigidas y atrapaba a Hitler, a Mussolini e Hirohito, los ataba como rábanos en ramillete y los desterraba al espacio interplanetario. Y así el superhéroe, tras de ejercer en la radio (según certifica sabrosamente el film Radio Days, de Woody Allen), trasbordó al cine, donde hazañeó en series de cortos episodios y luego en grandes superproducciones de all star casting con fastuosos villanos más interesantes y aun más cautivadores que él.

Confesaré que en mi niñez Supermán no ganó mi simpatía, la cual iba más al mago Mandrake, al Príncipe Valiente, a Flash Gordon, al Reyecito, a los Supersabios y, sobre todo, al Spirit, la obra maestra del género creada por Will Eisner en 1941. Ocurría que yo no encontraba muy interesante a un tipo que, gracias a heredados superpoderes más que a sus leves esfuerzos, podía siempre hazañear y posar de héroe pero no causarme sorpresa ni simpatía. De modo que yo no gastaba en su revista los cinco centavos que sí me compraban el Spirit.