Los inmortales del momento

Shirley Temple, "oh, my goodness!"

Los pasados días dedicados a los niños, así como a tres astros de la mitología cristiana, me llevaron a recordar a Shirley Temple (Santa California, EU, 1928-California, EU, 2014), quien a los seis añitos iba para ser una gran estrella de Hollywood y que mereció que la pintase Salvador Dalí como devoradora de hombres. A partir de la película Stand Up and Cheer (Levántense y aclamen), en la cual deslumbró con su talento de prematura diva, con su ánimo cándidamente travieso y sus ricitos rubios, fue ascendiendo al máximo piso astral del cine hollywoodense. A lo largo de su filmografía de unos cuarenta títulos, la niña cada vez más mítica sería ofrecida al ingente rebaño de sus fans como hija ejemplar o frecuente huérfana sublime o niña abandonada y adoptable por solteros octogenarios, o vedetita salvadora de compañías faranduleras en crisis económica, o soldadita mascota de un rudo regimiento escocés en África o, ya adolescente, como la noviecita del legendario Séptimo de Caballería aburrido de tanto, uf, cabalgar matando indios de piel rojiza.

Ese cine kitsch o camp o cursi —en el que muchas veces la familia natural solía ser tanto más ensalzada por cuanto era más ausente, pero en el que finalmente la niña huérfana obtenía padres y hermanos no por postizos menos entrañables— hizo la fortuna de la familia Temple, de la compañía fílmica 20th Century Fox (una de las cuatro grandes de Hollywood) y de innumerables industrias productoras de muñequitas Shirley, vestiditos Shirley, sombreritos Shirley, braguitas Shirley, cómics Shirley, bombones Shirley y chucherías de marca Shirley. Según Norman J. Ziwrold (The Child Stars, Londres, 1965), los ingresos de la familia Temple “ocupaban el séptimo lugar en Estados Unidos, pues el Departamento del Tesoro informaba que la niña había ganado en 1938 la suma de 307 mil 14 dólares, que en el mundo del cine solo era algo menor a los ingresos del patrón de la Metro Goldwyn Mayer y algo superior a los de William S. Knudsen, presidente de la General Motors”.

Coronada por una popularidad mundial por encima de las de monstruos sagrados como Greta Garbo, Marlene Dietrich, Gary Cooper, Clark Gable, Ginger Rogers, Fred Astaire y el disneiano ratoncito Mickey, la chiquilla de rizos rubísimos frecuentó casi todos los géneros: hizo melodramas (Pobre niñita rica), comedias con llanto (Ricitos de oro), comedias musicales (Pequeña Miss Marker), filmes de hadas (El pájaro azul), de aventuras (La mascota del regimiento), etcétera. Dotada de indudable gracia entre traviesa y merengosa, casi aceptable cantante y bailarina (que en La coronelita hasta llegó a bailar junto al gran señor Bill Bojangles Robinson), representó el convencional aunque vivaz mito en personita de la niñez tradicionalmente pura e inocente, cuyos padres no habrían leído al morboso doctor Freud. Y cuando el gran escritor Thomas Mann, exilado de la Alemania hitleriana y aspirante a la ciudadanía estadunidense, la visitó en el set de Little Miss Broadway, no parpadeó al proclamarla genial artista y símbolo de la niñez universal.

En 1939, cuando sus mohínes, sus ricitos, sus risitas, sus pucheritos, sus audaces falditas cortas más arriba de los muslos y su habitual frase de alegre sorpresa: “Oh, my goodness!”, aún engordaban las taquillas, la 20th Century Fox se negó a alquilársela a la Metro Goldwyn Mayer para que fuese la Dorothy de El mago de Oz. Tal magnífica fantasía musical en colores habría sido su apoteosis, pero fue la de la adolescente Judy Garland. Y quizá por entonces comenzó la decadencia de la rubirrizada Shirley… ¡a sus once años!

En la segunda mitad de los años cuarenta, cuando el cine estadunidense, marcado por la posguerra, aspiraba a cierta adultez de los temas, Shirley intentó papeles de damita joven cortejable por galanes adultos. Los resultados fueron desilusionantes, y lo mismo hay que decir de su personaje lateral y casi gratuito en un western militar del gran John Ford: Fort Apache, de 1948, o sea de poco antes del retiro de Shirley de la pantalla grande después de despachar tres filmes merecedores del caritativo olvido.

Luego se dedicó a la vida casera, a sus dos sucesivos esposos, a sus hijos, a una serie de televisión (The ShirleyTemple’s Home Show), a un ornamental cargo de embajadora de la ONU. Y el 10 de febrero de 2014, murió… tal vez susurrando su línea emblemática: “Oh, my goodness!”.