Los inmortales del momento

La señal de una mirada en el Metro

En el cuento “Año Nuevo”, de Inés Arredondo, no hay más acción ni más humana relación que ese silencioso solidario diálogo entre los ojos de dos personajes mutuamente desconocidos, uno de los cuales asumirá la función narrativa.

A Inés Amelia Camelo Arredondo (Culiacán, Sinaloa, 1928–Ciudad de México, 1989), que decidió adoptar el nom de plume Inés Arredondo para ser escritora, le interesaba escribir historias vividas o imaginadas que sucediesen no en el mero texto, sino entre el texto y el lector, y en las que hubiera una señal implícita que expresara, ella decía, el misterio y lo sagrado de las comunes o difíciles relaciones entre los seres humanos. Y esta virtud la ejemplariza “Año Nuevo”, este minirrelato que no ofrece más historia que la de un fugaz y a la vez intenso intercambio de miradas:

AÑO NUEVO

Estaba sola. Al pasar, en una estación del Metro de París vi que daban las doce de la noche. Era muy desgraciada; por otras cosas. Las lágrimas comenzaron a correr, silenciosas.

Me miraba. Era un negro. Íbamos los dos colgados, frente a frente. Me miraba con ternura, queriéndome consolar. Extraños, sin palabras. La mirada es lo más profundo que hay. Sostuvo sus ojos fijos en los míos hasta que las lágrimas se secaron. En la siguiente estación, bajó.

 

Que yo sepa, hubo por lo menos dos modos del relato, cuya señal vibra, implícita, bajo la verbal línea de flotación de lo narrado, e invita, ¿o desafía?, a que la interprete el lector.

El primer modo de “Año Nuevo” fue un espontáneo relato oral de Inés en una tarde sabatina de los años sesenta en que Inés, Tomás Segovia, Juan García Ponce, Huberto Batis, Juan Vicente Melo, Gabriel Zaid, Isabel Fraire y yo nos reuníamos en una salita recóndita de la Casa del Lago de Chapultepec a idear otro número de la Revista Mexicana de Literatura, fundada por Fuentes y Carballo, continuada por Alatorre y Segovia, y en su tercera etapa por nosotros bajo la dirección de García Ponce y la administración de Zaid (que por entonces pertenecía a la poesía secreta: no publicaba).

Apenas había acabado Inés de contarnos la anécdota vivida en el Metro de París, Melo se medio irguió del sillón en el que acostumbraba mantener la horizontalidad aun durante las más animadas de nuestras reuniones, y exclamó:

—¡Es un cuento genial/sensual, mamacita, y tienes que escribirlo! (Para Juan Vicente todo aquello que lo emocionase era “genial/sensual”).

Cuando nos unimos a la exaltación de Melo, Inés susurró como en una actitud a la defensiva:

—Pero si no sucede nada, sólo es un momento, y no se me ocurre cómo desarrollarla literariamente.

Y Juan García Ponce sentenció:

—Inés, así como lo has contado ya es un cuento bue-ní-si-mo. Escríbelo así y no lo eches a perder con “literatura”.

El segundo modo del breve relato (no un minicuento, que es cosa de otras leyes genéricas, tal como y estaría en boga décadas después) fue publicado en alguna revista o algún suplemento de un periódico y luego en el segundo de los tres libros de cuentos de Inés: Río subterráneo, de 1979. La autora había transcrito el suceso casi tal como nos lo había narrado oralmente, añadiendo la frase de comentario interno (“La mirada es lo más profundo que hay”), la dedicatoria en italiano (“A la Vita”) y el título, “Año Nuevo”, que ya es el comienzo del relato, pues lo sitúa en una no precisada fecha ritual y en un ambiente. Y puede decirse que todo el breve texto, en cuya aparente llaneza hay una vibración emotiva que se prolonga más allá de lo sucintamente narrado, es una señal que el lector debe interpretar. (Señal es palabra dilecta de Inés. Su primer libro de cuentos se tituló La señal).

En “Año Nuevo” no hay más acción ni más humana relación que ese silencioso solidario diálogo entre los ojos de dos personajes mutuamente desconocidos, uno de los cuales asumirá en primera persona la función narrativa. Y en realidad las dos miradas vienen a ser una sola: la compartida mirada de íntima solidaridad que se habría extinguido en lo no-narrado si Inés, buscadora de señales interrogativas más que significantes, no la hubiera transcrito en un sereno pero a la vez intenso relato que es como un no declarado poema en prosa.