Los inmortales del momento

Nosotros y el final de la guerra

Se avecinaba el final de la guerra mundial, y los refugachos sentíamos renacer la esperanza de que lo de allá, lo de España, iba a cambiar, se iba a “dar vuelta la tortilla” en cuanto, vencido el Eje (Alemania, Italia, Japón), los Aliados entrasen allí para echar al mar y al basurero de la Historia al generalísimo gallego que había cobijado en aguas territoriales españolas a los submarinos nazis, enviado al frente ruso la División Azul, estrechado las manos de Hitler y Mussolini.

En esos días las discusiones españolas en los cafés del centro de la Ciudad de México alcanzaron el más alto nivel de las espesas cés y silbantes eses que irritaban a los parroquianos mexicanos: y mientras algunos de los exiliados se veían ya en la dichosa inminencia de retornar a España para reiniciar el combate en el punto dejado atrás hacía algo más de un lustro, otros acaso se contemplaban en lo alto de una tribuna de las Cortes diciendo “Decíamos ayer”, en versiones laicas de Fray Luis de León, o bien ya nombrados ministros con cartera o sin cartera pero con mucho empaque, y otros nada más pensaban en que con la familia de aquí más la de allá ahora iban a tomar allá las uvas sacramentales de año nuevo.

Fueron días febriles, de leer exhaustivamente los periódicos buscando noticias de o acerca de España, de revisar los pasaportes y toda la famosa documentación, y sobre todo de hablar y hablar en casa, en el café, en las calles, hasta altas horas de la noche, y repetir mil y una conjeturas:

Se dice que,

se sabe de buena tinta que,

según la BBC de Londres,

según la radio de aquí,

según Fulano en el café....

Y luego la guerra había acabado, las naciones se reunían para deliberar sobre una Europa destrozada, aún humeante, a la que se había ido liberando territorio por territorio, y mi padre y los de otros chicos inclinaban el oído hacia los aparatos de radio, leían las extensas reseñas periodísticas acerca de quienes, habiendo vencido a la bestia fascista, estaban decidiendo la futura realidad del viejo continente. Por un instante la esperanza se alzó en vuelo, aleteó en alto planeando con sus últimas fuerzas, con la última credulidad:

“Este año sí, este año comeremos las uvas de año nuevo en España”.

Luego credulidad y esperanza vacilaron y se vinieron abajo, casi sin ruido, como si tras desplomarse verticalmente las hubieran tragado las inmensas indiferentes aguas que se cerraban tranquilamente sobre ellas, mientras la voz de nadie decía: Aquí no ha pasado nada. Hubo una decisión internacional de excluir a Franco de las Naciones Unidas, pero fuera de aquello, que era más bien una sanción moral, no hubo casi nada más. No había pasado nada, salvo que el sueño, la fiebre, el heroísmo y la esperanza habían sido vencidos y una vez más la traición de ayer se perpetuaba en la traición de hoy, y la situación allá continuaría como hasta entonces.

Recuerdo a mi padre, aquella mañana de domingo en el café, cuando ya era evidente de que los periódicos no traerían, ni la radio anunciaría, ni los rumores prometerían ninguna decisión de las Naciones Unidas recién fundadas acerca de la situación de España, y cuando alguien dijo, refiriéndose a los Aliados: “No hacerse ilusiones, no entrarán en España, no van a tirar a Franco, es otra vez la No Intervención”. Y recuerdo a mi padre diciendo: Sí, otra vez, otra vez nos joden estos y aquellos hijos de puta, fascistas y demócratas; nos ignoran a quienes fuimos los primeros en dar la pelea contra el fascismo y ahora nos consideran indignos de la libertad.

Ya no quedaba más que el hueco fantasma del ensueño, la monótona e increíblemente resistente permanencia de un soñar amargo y desesperanzado, a través de días y años, mientras seguíamos echando raíces en el país amparador, mientras nosotros, los chicos, empezábamos a perder la ce y silbábamos menos las eses y olvidábamos las pocas imágenes del suelo natal. Ahora, como intuyó la sabiduría femenina española, casera y práctica, habría que comprar los muebles de quedarse para siempre. Ahora éramos del exilio como se es de un país, pero algunos empezábamos a mexicanizarnos.