Los inmortales del momento

Salvador Novo y sus “páginas secretas”

Hacia 1955 vivía yo en la calle de Hamburgo, en un cuarto rentado en la casa de la viuda de Rousset (una dama muy pequeña, arrugada y blanca que no recordaba precisamente su fecha natal pero que se decía nacida en tiempos de la Olímpica Ilusión, ¿los del vals así titulado o, por extensión, los del Porfiriato?, y unos años “antes de los tiempos del Espanto”, ¿los de la Revolución que iba a hacerse Gobierno?).

Entonces conocí al hijo de la viuda Rousset: Guillermo Rousset Banda, un erudito, un noctámbulo y mujeriego, un sutil ladrón de librerías y bibliotecas de amigos, un poeta casi ágrafo del que mi memoria solo conserva la primera cuarteta de un quevediano y nihilista soneto con difíciles rimas en ampo, publicado en una exquisita y hoy inhallable plaquette de solo cuatro páginas y diez ejemplares:

Pasar canijo, sotapuñetero,

que solo más espinas en el campo

Menudas chingaderas hoy me zampo

por fosca contraparte. ¡Vivir huero!

Con Rousset colaboré en la corrección tipográfica de los Poemas secretos de Salvador Novo, publicados entonces en 15 ejemplares y luego incorporados al libro Sátira (editado en 1970 por Alberto Dallal). Y en aquellos días de 1955 conocí, leídas de viva voz por Novo, páginas de las “novomemorias” que se publicarían décadas después, ya muerto el autor, con el título de La estatua de sal.

Era en el invierno de 1955. En su casa de la calle de Coyoacán que hoy lleva su nombre, Novo ofreció una cena a Rousset, a Antonio Castro Leal Jr., a Armando Cámara, y a otros que fuimos los editores de aquellos “poemas clandestinos” (aunque yo solo participé como corrector a cambio de un juego de pruebas corregidas de mano del poeta). Para evitar la mala suerte de los trece a la mesa, se invitó además a un desastrado bohemio, un joven exiliado español y aspirante a poeta maldito llamado, de veras, Inocencio Burgos.

Tras la cena con una minuta consistente, según decía una cartulina, en “old fashions, ensalada de mariscos, consomé, jamón holandés con fina guarnición, douceurs, café, coñac”, hubo una muy reída y sonreída sobremesa que el anfitrión narraría una semana después en una de sus “Cartas de ayer y hoy”, de la revista Mañana. Novo, que nos deslumbraba con su persona decorada de anillos, de peluquín y de gestos de dandi ceremonioso, le dedicaba fogosas miradas a Inocencio Burgos, quien le parecía “el vivo facsímil” de su fugaz novio hallado en Buenos Aires y en los años treinta: Federico García Lorca… E Inocencio, el inocente dizque poeta autodefinido como “un Rimbaud de los pobres”, molesto, dijo, con tal asedio de “miradas mariconas”.

A la hora del coñac, Novo, tras avisarnos que nos leería “unas páginas secretas”, comenzó a apantallarnos emitiendo con su excelente voz sacerdotal la lectura “confidencial” de fragmentos de sus Memorias, que, comenzadas a escribir en los años cuarenta, es decir en su mejor momento de notable prosista, serían las luego tituladas La estatua de sal que, ansiada pero temida por los editores de entonces, vendría a ser publicadas mucho después de su muerte. Así que, asombrados, sentados casi al borde de las sillas, pero encantados, atendimos a la lectura parcial de esa “obra clandestina” del maestro.

Releída, La estatua de sal se me confirma como la sabrosa autocrónica de un hombre que fue príncipe de la anécdota y del epigrama, un publicista muy solicitado y exitoso, un cronista gozosamente venal y banal… y, sobre todo, un extraordinario poeta que se jactaba de tener más vida que biografía y menos obra pública que vida viciosa. El escandaloso libro de entonces, que sigue hoy vivo aunque ya sereno, fue quizá la primera no culposa confesión de homosexualidad en las letras mexicanas. Es una obra valiente para su tiempo y su circunstancia, una obra que pudo quedarse inédita, no por un hipotético respeto del autor a la decencia y al medio tono mexicanos, virtudes que Novo superficialmente acataba, sino, en ese entonces, a causa de las postergaciones y los contratiempos de los editores capitaneados por Guillermo Rousset.

Monsiváis, en el documentado y bien afilado librito Lo marginal en el centro (Ediciones Era), narró muy bien “el caso Novo”. Ante una sociedad hipócrita y de una larga tradición en el escarnio, en la represión moral y social de la sexualidad disidente, el poeta de las arrogantes poses dandísticas, el de la sinuosa y guiñadora prosa, el apodado (con gran regocijo suyo) “don Nalgador Sobo”, se arriesgaba a manifestar lo que la clase alta y dizque culta conocía pero hipócritamente pasaba por alto a cambio de disponer de su cronista de lujo. Porque escribir un libro “de confesiones de un degenerado” (como dijo cierto rabioso chismógrafo del periodismo infamador) y proponerse publicarlo, como lo intentó Novo en el México de los años sesenta (años en los cuales, cuenta Monsiváis, aún podía hacer temblar, por el tema, a un posible editor que no era pacato: Jiménez Siles), era una osadía rara en el medio. Ni Pellicer ni Villaurrutia, otros grandes poetas también homosexuales y amigos de Novo, dejaron libros en que atestiguaran su asumida preferencia sexual. Novo, en apariencia el más frívolo de los Contemporáneos, se atrevió a hacerlo, y con gran talento, en esas páginas que son su busca del tiempo pasado, y de su negativa a vivir en el clóset.