Los inmortales del momento

El reportero de Jesús, el Cristo

Marcos es tan profesional que cuida de dar a su crónica referentes de tiempo, de lugar, y dramatiza la acción en una astuta progresión narrativa.

Cuando Jesucristo fue arrestado en el huerto de Getsemaní, un soldado echó mano por el hombro a uno de los discípulos del predicador nazareno, pero el joven dejó caer la túnica y, enteramente en cueros, o dizque “tal como vino al mundo”, logró escapar a la detención deslizándose en la noche cómplice de los perseguidos.

Acaso el ocasional nudista, ¿el más justificado de los strippers de la Historia?, habría de ser el  autor del reportaje conocido como el Segundo Evangelio, en el que cuenta ese detalle circunstancial. Se llamaba Juan (en hebreo Yohanan), y luego Jesús lo llamaría Marcos, nombre que según algunos deriva de marcus, martillo y que según otros quizá más atinados, proviene de Marte, ¡el dios romano y pagano de la guerra!

Luego de perder la sábana y quizá ganar un resfriado, el posible Marcos —nacido de una rica familia de Jerusalén y de de una de las señoras ya cristianas— dejó su buena posición y acompañó a Pablo en las viajeras prédicas. Cuando otro de los apóstoles, San Pedro, encabezó la naciente Iglesia, llamó a Marcos a Roma para que lo auxiliara en la difusión de la doctrina. Y finalmente sería Marcos elevado a la sede episcopal de Alejandría, o quizá de Roma misma, y en ésta habría fallecido.

Debió ser hacia el año 70 d. C. cuando el apóstol escribió su magnífico reportaje de la empresa del Cristo (el Ungido) y sus seguidores (o secuaces, según se vea). Es de notar que, aunque ese evangelio quizá sea el más antiguo de todos, suele aparecer como el segundo en las ediciones clásicas del Nuevo Testamento, y detrás del de San Mateo, cronista menos talentoso.

El Evangelio de San Marcos, que comienza in media res hablando de Juan  Bautista, el cristificador (ungidor) de Jesús, está escrito en un estilo directo y veloz que  descarta los detalles de la infancia y la mocedad del rabí nazareno, para biografiarlo desde el comienzo de su carrera pública de Mesías, y después de narrar la Pasión, la Crucifixión, la Resurrección y la última prédica a los discípulos instalarlo en el cielo del Padre mediante una tajante elipsis narrativa:

“Y el Señor, después de que les habló, fue recibido arriba en el Cielo y se sentó a la diestra de Dios. Y ellos salieron y predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén.”

Marcos es tan profesional reportero que cuida de dar a su crónica referentes de tiempo ( “Llegada la noche tras la puesta del sol”; “En la mañana, tras la salida del sol”; “A la caída de la noche”; “Seis días después”), y  de lugar (“Cuando pasaba por la orilla del mar”; “Llegaron a la otra orilla, en la tierra de los gerasenianos”), y dramatiza la acción en una astuta progresión narrativa: la relativamente lenta revelación mesiánica, el desarrollo del ministerio divino, la serie de los milagros y los sermones, la trama de las intrigas contra Jesús, etc. Hasta se permite la expectativa, o, como ahora decimos, el suspense, cuando, vaya por ejemplo, Jesús se demora en revelar poco a poco a los discípulos el carácter de su misión y en predecir su trágico destino en el mundo terrenal. Tampoco faltan esbozos de crónica política: la alianza de los “herodianos” con los otros enemigos de Jesús (fariseos, escribas, ocupantes imperiales) y la oscilación moral de Pilatos entre su sentimiento de la justicia y las presiones de los sacerdotes de Judea. Hasta hay detalles de intuición psicológica que  permiten interpretar gestos y miradas; por ejemplo el cronista relata los sentimientos de los discípulos ante el maestro, su lentitud en creerle o su inicial incomprensión ante los anuncios de la Pasión y la Resurrección (“Y Jesús tras haber pasado una mirada colérica sobre ellos”; “y vio una multitud numerosa, y tuvo compasión, porque eran como ovejas sin pastor”).

¿Qué tan directa es la narración de Marcos? ¿Fue testigo activo de los hechos o los oyó de labios de Pedro o de Pablo? En un libro que colecta los recuerdos del padre fundador de la Iglesia Apostólica dice Clemente de Alejandría: “Algunos oyentes de las prédicas de Pedro en Roma pidieron a Marcos que las pusiera por escrito, y Marcos los satisfizo.”

Lo cierto es que a los lectores de hoy (seamos creyentes o no) el Evangelio de San Marcos también nos atrae y satisface por su excelencia narrativa y su “garra” novelística.