Los inmortales del momento

Los poderes de la máscara de palabras

Con Pretexta, publicada originalmente en 1979, Federico Campbell aportó a las letras mexicanas un libro entre los mejores y los más perturbadores que se han escrito en nuestra lengua.


Larvatus prodeo (“enmascarado avanzo”) sería la consigna de los autores anónimos o con nombre falso. Bruno, solamente Bruno, el protagonista de Pretexta (primera edición en la colección Letras Mexicanas, Fondo de Cultura Económica, México, 1979) recibe de algún alto político gubernamental el encargo de escribir un libelo sobre Ocaranza, un catedrático y periodista e izquierdista, un hombre de oposición. Ése es el planteamiento de la segunda novela de Federico Campbell (cuyo título es una palabra derivada del latín que significa la especie de toga que en la antigua Roma usaban magistrados y jueces).

A partir de actas de comisaría, informes de guaruras, torcidas fichas psicológicas y chismes venenosos, Bruno empeña su pasión en escribir un libro que firmará un autor fantasma. Esa ficción perversamente documentada le dará una suerte de poder. El daño que su libro cause mostrará su fuerza, tanto más cierta por cuanto proviene de atrás de la máscara. Se trata no solo de inventarle una biografía y una falseada identidad a Ocaranza, sino además de ocultar la identidad de sí mismo, Bruno, y en lograr así un libelo que no declare su pertenencia a un género del cual pretende, a su modo, ser una obra maestra.

Artista del ataque anónimo según su modelo: el histórico “Junius” que, a finales del siglo XVIII, inquietó a Inglaterra con sus panfletos, Bruno, como un Flaubert depravado, buscará “la palabra justa”: aquella que haga daño sin delatar a quien la escribe. Como los grandes creadores anónimos, como un artista de la difamación, quiere a la vez esconderse tras su obra y hacerla magnífica:

“Despistaría a sus posibles perseguidores, a los exégetas, a las ratas de biblioteca que roerían el mamotreto con lupa en mano. Se moriría de risa al imaginarlos mientras trataban de dilucidar los probables devaneos de su estilo, su voz narrativa, sus proyectos personales”.

Y esta es una de las astucias de Federico Campbell, el creador del falso novelista Bruno: el primero de los posibles perseguidores, exégetas y ratas de biblioteca que critiquen su obra es Bruno, el autor del libro infamante, quien, para no dejar pistas a posibles escudriñadores (o “descodificadores”, en el lenguaje tecnoliteratócrata de hoy), se persigue y espía él mismo, buscando expulsar de su mamotreto el devaneo estilístico y la voz personal.

En Pretexta, Campbell revitalizó de paso ese motivo que la literatura ha reiterado hasta casi desgastarlo: la escritura acerca de una escritura. Y ha revitalizado tal ¿secundario? motivo como parte del drama político que se juega en este drama de un tan hábil como vil escritor que medra dentro de ese corrupto mundillo político en el cual algunos “medios de información” juegan el
juego de un pequeño poder al son que el gran Poder toca. Un medio en el que “delito es lo que la ley dice que es delito” y “si desaparecen quince periodistas, no sucede nada”. En tal terreno pantanoso Bruno goza refinando la vileza tras la cuidadosa máscara de palabras.

Lo que, además de la desengañada mirada a la realidad política, hace de Pretexta una novela viva y, valga la paradoja, brillantemente negra, es precisamente la rigurosa narración de tanto la vileza como el drama interior del libelista. Escribiendo su libelo, Bruno se desvela por proceder con “la dignidad del artista” y con el orgullo de ser un don Nadie con algún oculto poder: “El más alto honor consistía en la destrucción de su identidad, (en) no tener identidad, en ser el redactor fantasma: el cronista enmascarado”.

Bruno llega hasta a sentirse seducido por “la encantadora maldad del anonimato” y a encariñarse con Ocaranza, a quien agravia y en cierto modo homenajea falsificándolo, o sea: reinventándolo. Aunque el verdadero Ocaranza sea oprobiado, Bruno habrá conseguido, arrastrado por la fascinación hacia él, hermanársele quiméricamente, re-creándolo como su personaje.

Con Pretexta, Campbell aportó a la literatura mexicana un libro entre los mejores y los más perturbadores que se han escrito en nuestra lengua.