Los inmortales del momento

La poca biografía y la mucha leyenda de Safo

El poeta Alceo la glorificaba como “mujer divina de dulce sonrisa y cabellera violeta”, y ella correspondía con no menor colorido pero con más acción: “Subo a la blanca roca y me lanzo a tus brazos como a las rojas olas del amor”.

Qué gozo habrá sentido el cavador de la Pompeya bajo cenizas del Vesubio al descubrir la imagen de la bella señora intensamente viva pese a los siglos habidos desde que fue retratada con el punzón calígrafo ante los labios y meditativa sobre lo que escribirá en la cera de una tablilla. Quizá anotaba el menú de una copetuda cena, o escribía una página de un frívolo diario o, según quiero imaginar, escribía versos, pues sería Safo, la poeta griega (¡y nada de poetisa, por favor!).

La biografía de Safo es casi fantasmal. Nacida entre los siglos VII-VI a. C. en la isla de Lesbos, su maestro y amante, el poeta Alceo, la glorificaba como “mujer divina de dulce sonrisa y cabellera violeta”, y ella correspondía con no menor colorido pero con más acción: “Subo a la blanca roca y me lanzo a tus brazos como a las rojas olas del amor”.

Desde el principio del Renacimiento la consideraron la inventora del metro que precisamente se llama sáfico no solo por su habitual métrica (que, según dice Bartolomy Amengual, se compone de once sílabas distribuidas en cinco pies, de los cuales suelen ser troqueos el primero y los dos últimos, espondeo el segundo y dáctilo el tercero), sino además por su vigoroso y/o sutil tono dionisíaco, como en este canto en versión prosística española de Andrés Marceño sobre versión prosística francesa de Amengual:

“Desde Creta ven, Afrodita, a este sacro templo donde crece un bello manzanar, donde el incienso humea ya en los altares, y suena fresca el agua entre los manzanos, y las rosas dan su aroma y un profundo sueño baja de las trémulas hojas.

“Pasto de caballos, el prado lleno está de flores de primavera y las brisas soplan oliendo a miel... Ven aquí, Chipriota, y, bajo las guirnaldas, alegremente mezcla en doradas copas el néctar con la alegría, y escáncialo”.

Con vocación didáctica y talante de amistad y compañerismo, Safo adoctrinó muchachas en el canto, en el amor a la vida, en el amor al amor mismo, y eso le habrá suscitado la fama de homosexual, o (como hoy se dice a partir de su gentilicio) de “lesbiana”. Desde la poca biografía y desde el chismorreo admirativo o a veces calumnioso, pasó a ser uno de los grandes mitos eróticos de Occidente. A lo largo de los siglos y desde la Edad Media hasta hoy, tanto poetas como novelistas, artistas, ensayistas, líderes feministas y reivindicativos movimientos de homosexuales de ambos sexos, han ido rehaciéndola, emblematizándola, tomándola de bandera. Su paso por las literaturas ha sido vario y rico: la convirtieron en personaje lírico, dramático, cómico, melodramático. Ovidio la hizo multiamorosa en De Claris Mulierubus, Pierre Bayle (¡en un libro titulado Dictionnaire!) la trató de viuda lujuriosa, Von Kleist le atribuyó un “triángulo amoroso” con Alceo y Faon, Gounod la puso a cantar arias de ópera, Rilke la nombró sacerdotisa del amor físico y espiritual, Durrell la novelizó irónicamente y José Emilio Pacheco le tradujo, le recreó, un breve y en cierto modo infinito poema que, en una serie de cinco versos, cinco meras anotaciones, va desde la noche exterior hacia la noche íntima:

Se fue la luna.

Se pusieron las Pléyades.

Es medianoche.

Pasa el tiempo.

Estoy sola.