Los inmortales del momento

La noche que desató los demonios del teléfono

El teléfono puede ser la red comunicante del caos, arruinar nuestra intimidad, nuestro dormir, nuestros sueños y hasta nuestra vigilia. Alejandro Graham Bell (a quien aquí vemos en una foto de 1876) inventó un monstruo siempre dispuesto a interrumpirnos cuando estamos a la mitad de la dulce siesta, del reparador sueño, del resucitador duchazo, de la película cuyo pase por la tele tanto tiempo habíamos esperado, y… hasta en lo mero mero de la cópula en el lecho conyugal.

Vaya en primer lugar el caso Chinchachoma. Dos o tres veces por semana y siempre en la alta noche, me telefoneaba alguna voz joven y urgida, cada vez distinta y con variables discursos pero con un casi idéntico mensaje, más o menos de este tenor: “Padrecito, socórreme, por favorcito, estoy en un problema: estoy detenido en la delegación tal, ven a sacarme, ¿sí?” Y aunque solo tengo un hijo ya adulto, con profesión honorable, con familia y vida sin broncas, siempre descreía de tan hipotética multipaternidad, y colgaba (no sin quedar con un sentimiento de culpa: ¿tendría algunos hijos más por ahí regados?). Un día la televisión hizo visible y audible al “padrecito” de los telefonoclamantes, un sacerdote bien conocido como El Padre Chinchachoma, generoso y valiente amparador de chavos de la calle en una casa-refugio de La Florida, colonia donde aún vivo, mientras él ya hace unos años se mudó a la agradecida memoria de los que hoy serán por lo menos treintañeros. Cuando el “padre” ahora legendario dio su teléfono al auditorio para recibir óbolos, el número resultó casi idéntico al mío. De lo cual deduje que todas aquellas llamadas erróneas se debían a la turbación y confusión de los chavos, a los cuales pido perdón por haberles colgado el teléfono… y espero que a ellos no los hayan colgado de una cuerda en la delegación, pero vaya que me frieron en la hoguera del desvelo.

Y contaré ahora la gran pesadilla babélica con la que el aparato, de los de buró y aún en uso, me endemonió una noche infinita…

Al comienzo todo estaba too quiet! (como dicen en los westerns poco antes del tiroteo que llegará desde quién sabe dónde). Yo intentaba un telefonema de larga distancia… y, apenas había marcado el número, el teléfono ya estaba demasiado vivo con un denso murmullo de incontables voces masculinas y femeninas, de todas las edades, de todos los tonos y todos los idiomas: voces que se buscaban, se perdían, entrechocaban y se confundían en una monstruosa mezcolanza de sílabas, interjecciones, sollozos, chillidos, insultos, súplicas, órdenes, amenazas, carcajadas histéricas… Una torre de Babel sonora levantada en la noche por un innumerable cruce de líneas.

Colgué una y otra vez y otra, y siempre volvía aquel caos cacofónico, aquella algarabía de zumbido y furia en la que todas las voces hablaban o gritaban en mil y un idiomas, quizá hasta en esperanto o en volapuk, proclamando cada una su derecho a telefonear y el deber que tenían los otros de dejar libres las líneas, y aunque colgué y descolgué y marqué no sé cuántas veces aquello seguía zumbando, hasta que una voz de quién sabe quién logró imponer unos segundos de silencio con un ¡basta!, tras lo cual propuso lo que parecía más sensato y eficaz: colgar todos simultáneamente, a la cuenta de ¡uno, dos, tres!, a ver si con ello se desenredaba el nudo gordiano de las líneas…

Nueva discusión global y prometimos cumplir con la propuesta, pero tras la polifónica cuenta de tres nadie colgaba y al rato las voces volvían, uniéndose a la algarabía general: qué fue, qué pasó, porca madonna, por qué no colgaron, pendejos, puto el que no cuelgue, ¡tonnerre de Dieu!, chinguen a su madre, que cuelgue el cabrón ese de Cabuérniga, ¡verboten!, esto es cosa de los comunistas, kurva mash, esto prueba que el imperialismo yanqui ya se está desmoronando, mecagüenzeus, pinche maricón ese de Hong Kong, ¡coño!, qué onda tan chingona, ¡chin!, respeten mis derechos humanos, schnata ringata prasla, soy solo y caliente y te quiero a ti, muñeco, putamadre, ya, joder. Fue necesaria una nueva hora de tácticas persuasivas de algunas voces no del todo histéricas para intentar una entente internacional, del estilo de ¡ciudadanos de todo el mundo, colgad!, y nada: todo seguía igual, el multitudinario zumbido continuaba rugiendo como un monstruo cosmopolita…

No sé si me dormí sobre el furioso auricular cuando despuntaba el día, pero desde entonces temo el retorno de la noche babélica… y me pregunto si además pasará lo mismo con el teléfono celular.