Los inmortales del momento

¡Jojojojó, jojojojó, jojojojojojoooooooo!

Esa terrible y vieja aunque actualísima imagen que en una pasada Navidad se presentó (solo a los adultos, pues a los niños pudo hacerlos rehenes del sofá freudiano), la produjo un artista gráfico sin duda inspirado, aunque no por una dulce musa. El marchito pero actualísimo póster de Pierre Brandwell muestra a un personaje dizque filantrópico que aúlla su mensaje para las Merry Christmas en un gesto silencioso, puesto que meramente icónico.

La gran boca atroz en el rostro enmarcado por la barba y la melena presumiblemente postizas, pues el tipo debe poseer un calvo cráneo crapuliforme, acaso flanqueado con puntiagudas orejas, se abre como una caverna sin fondo, como la entrada de un oscuro y voraz túnel hacia un invisible estómago insaciable, mientras el dedo índice, a modo de revólver, nos apunta desde esa versión depravada de Santa Claus (Santaclós para nosotros), el personaje dizque bondadoso y jovial que, en los millones de vitrinas de almacenes comerciales, en las revistas, en la televisión, en todas las ciudades de la sedicente civilización cristiana y anexas, lanza su estentóreo ¡jojojojojó!, y por doquier y sin parar tintinean las “chíngol bels” y berrean los empalagosos villancicos en los que  incesantemente anda y anda la Marimorena y (¡uf!) beben y beben y vuelven a beber los peces en el río, y al pie del abeto o del pino ahora imitados en plástico, con ramas cargadas de coloridas esferitas fácilmente quebradizas (y por ende recomprables), hay regalos para las familias esforzadas en sentirse felices y fraternales contra la catástrofe, la recesión y el infortunio (tres palabras que, bien mirado el asunto, vienen a ser una).

Es un ícono agresivo y a la vez fascinante como para la publicidad de una película de terror en la que el santo dizque generoso, que pese a su gordura goza del don de ubicuidad (¿cuántos millones de incautos hogares del mundo presume de visitar en una sola noche?), se hubiera transformado en un zombi de aquellos que George A. Romero, en su obra maestra, la blanquinegra película La noche de los muertos vivientes, la de 1968, desenterró de un suburbano cementerio para hacerlos andar movidos por el hambre y el rencor meramente animales. El habitual dulce Santa Claus, cuya verdadera función en la civilización del consumo parece ser la de itinerante promotor del deporte del big shopping, suele ocultar ese rostro feroz tras la máscara del ventripotente, el rojiblanco, el dulce y carcajeante abuelo de la humanidad entera, incluidos (generosamente) los negros, los amarillos, los judíos y hasta podría ser que los contestatarios del american way of living, pues la caridad cristiana es ecuménica y globalizante. Y he aquí que las letras de ese ícono caníbal gritan el obvio mensaje traducible a: “¡Te busco a TI para que derroches el sueldo y la gratificación y te endeudes hasta el fin de tus días, y de ese modo pruebes tu amor a la familia!”.

Así resulta que Santa Claus, o San Nicolás, o el Père Noël o el Viejito de la Pascua o Father Christmas o Julemandem o Sinterklaas o Kris Klauss o “Santaclós” —o como usted guste nombrar o apodar a quien algunos estudiosos de mitos suponen nacido de la copulación de dos leyendas: la del filantrópico San Nicolás de Licia, obispo de Mira (Turquía, s. IV) y el dios Thor, el señor del trueno y de la guerra en la mitología nórdica— funciona como universal promotor de ventas al servicio de mercaderes, mercachifles y otros chupadores de esa otra vital sangre que es el dinero.

No importa que se vea algo descolorido y marchito ese póster que por el gesto del personaje se diría inspirado por los carteles en los que Uncle Sam, durante cualquiera de las dos guerras mundiales, aparecía también disparando el dedo índice y profiriendo en grandes letras que había que alistarse en el ejército, que el país lo requería, pues el amenazante ícono de ¿feliz o feroz? espíritu navideño sigue vigente, sigue ordenándonos que demostremos el amor a la familia, a los amigos, y por extensión a la superprolífica Humanidad, gastando las estiradas y sudadas quincenas y los repelitos de los esforzados ahorros en los comercios animados por facsímiles del blanquibarbado, sonrosado, ventrudo y, ¡jojojooo!, jovial vampiro filantrópico.