Los inmortales del momento

Cuando las mujeres tenían piernas…

La Segunda Guerra Mundial fue una fiesta para los chicos de los años 40, por ejemplo, los del Colegio Madrid, que como testigos indirectos, pero de una u otra manera participantes de esa gran guerra (de la cual éramos una especie de precursores por ser exiliados de la de España), asistíamos, aunque fuese en lejanía, al espectáculo de la desmedida pelea de los Buenos versus los Malos librada en casi todo el planeta: oíamos, con algún amigo poseedor de un receptor de onda corta, las radioemisiones de la BBC desde el heroico Londres bombardeado; leíamos en periódicos y revistas acerca de campos o mares o cielos de batalla; marcábamos en el mapa, con alfileres o chinches o banderitas de papel, los territorios tomados y los avances y retrocesos de los ejércitos; aplaudíamos en los cines el signo de la victoria, la V, que con los dedos hacía Winston Churchill; pedíamos en la casa Boker que nos regalaran medallitas con la “araña” hitleriana, la esvástica, para utilizarlas en nuestros combates de aliados contra nazis (pero antes del enfrentamiento echábamos una moneda al aire para decidir quiénes jugarían de Malos, pues nadie quería actuar ese deshonroso papel), y algunos sabíamos de memoria, escuchadas de los noticiarios del cine, las palabras (de otra vez Churchill) que pusieron a los ingleses en pie de heroica resistencia:

“Lucharemos en las playas; lucharemos en las aldeas y las ciudades; lucharemos en las praderas y las colinas; lucharemos donde sea. Nunca nos rendiremos”.

Además, a riesgo de enfadar a las feministas, debo decir que había otra fiesta dentro de la fiesta: Las mujeres tenían piernas.

En aquellos tiempos de la gran trifulca, los pantalones vaqueros, esos que décadas después serían elegantizados como blue jeans, no solían ser prendas para mujeres, sino para los bravos cowboys del Far West mitificados por Hollywood. En cambio, las mujeres solían vestir faldas cortas que dejaban ver las pantorrillas y que, para la imaginación viril del adolescente, valían como enteras piernas desde la punta del pie hasta la ingle.

Así, las mujeres, aquellas que hacia la mitad de los años 40 iban con falda por el mundo y hasta por la guerra, tenían piernas enfundadas en medias de seda o de nailon, transparentes o traslúcidas, negras o de color de rosa, o de color humo, o de color… de pierna. Y también llevaban medias fantasmas.

¿Medias fantasmas? Me explico. Como escaseaban las medias de seda, que ya casi eran para exhibir en escaparate de joyería, y lo mismo ocurría con las medias de nailon, imprescindibles para los paracaídas, las señoritas y señoras se dibujaban o hacían dibujar una raya vertical en la faz trasera de las piernas, y así simulaban la costura de las medias. Eso era como un minucioso acto de magia fantasmagórica que solía realizarse en los llamados “salones de belleza”. La mujer, situada de espaldas al espejo, volvía el busto desde la cintura y, mirando hacia su propia imagen reflejada, se alzaba la falda para ver si la raya iba siendo bien trazada desde el muslo al tobillo por la empleada que para imitar esa costura usaba un pincel con tinta parda o un negro lápiz blando. Si pasabas por la calle y, a través de la vitrina, mirabas al interior del salón, veías a las mujeres que se hacían peinar o teñir el cabello o maquillar o manicurar, y, a veces veías a alguna a la que le “ponían” esas medias inmateriales. Así tenías ocasión de ejercer un voyeurisme dizque cándido hasta que una de las empleadas salía a regañarte y a impedirte el fascinante espectáculo.

Ahora tú, tocado por el intenso recuerdo surgido a partir de esa foto de una muchacha inglesa de los años 40 que se pone, estirándolas, unas medias verdaderas, ¿de seda o de nailon?, te dices que las mujeres que usaban medias, fuesen medias reales o simuladas, resultaban más deseables a primera vista que las mujeres de hoy en pantalones, porque la falda magnificaba las pantorrillas
y a veces el comienzo de los muslos, y así resultaban estar entre los primeros objetos motivadores del deseo para quienes ya dejábamos atrás la niñez.

Pero —ay, tiempo ingrato, ¿qué has hecho?— eso empezó a afantasmarse desde tu mocedad, es decir desde cuando te pensabas o más bien te sentías inmortal.