Los inmortales del momento

Los monstruos de la razón soñados por Goya

Dotó a esas criaturas del pensamiento con carne, pelos y señales, puso en el cartón o en la tela o en la pared un mundo en el que no se distingue el horror de la maravilla, lo humano de lo bestial, el hombre del espantajo, el ser vivo del fantasma...

En el católico y tan putañero como puñetero siglo XVI español apareció una palabra que en el siglo XX el gran etimólogo Joan Corominas documentaría así en su Breve diccionario etimológico de la lengua castellana: “CAPRICHO: ‘antojo’. Del italiano capriccio, ‘idea nueva y extraña en una obra de arte’, ‘antojo’ (s. XVI); antiguamente ‘horripilación, escalofrío’ (s. XIII), que también tenía la forma caporiccio (siglo XIV), contracción de capo, ‘cabeza’ y el adjetivo riccio (del mismo origen y significado que el castellano rizado)”.

En 1793 el pintor don Francisco de Goya y Lucientes tomó por su cuenta la palabra para titular precisamente Caprichos a una serie de grabados al aguafuerte en la que, decía, había elegido “asuntos que se prestaban a presentar las cosas en ridículo, a fustigar prejuicios, imposturas e hipocresías consagradas por el tiempo”.

Pero un artista, genial o no, siempre pone en sus obras más de lo que su razón le dicta y del contenido manifiesto de las mismas, y ahora creemos saber, gracias a Freud, entre otros, que bajo la obra de arte caprichosa puede haber un pensamiento que sale del fondo oscuro del armario, es decir del almario, y Goya habría exteriorizado en esas planchas litográficas una fantasmagoría interior: la de sus alucinaciones y obsesiones. Así lo entendió el poeta Baudelaire en “Los faros”, uno de los poemas iniciales de Las flores del mal: “Goya: pesadilla hecha de cosas desconocidas,/ de fetos asados en noches de brujas,/ de viejas ante el espejo y de muchachas desnudas/ que tientan al demonio cuando estiran sus medias”.

La serie de los Caprichos no es solo una obra satírica sobre los “usos y costumbres” de la sociedad española del siglo XVIII, sino también una obra maestra del romanticismo gráfico y del arte fantástico. Allí el artista habría sacado a la luz sus sueños o sus pesadillas o sus insomnios para liberar el pensamiento irracional. En la emblemática estampa 43, a un hombre, dormido de cansancio después de escribir algo, lo asedian murciélagos, búhos y lechuzas en “infame turba de nocturnas aves,/ gimiendo tristes y volando graves” (que diría Góngora), y lo observan los ojos alucinados de un gato. En ese ícono el genio intelectual fue servido por el genio artístico, adelantándose al romanticismo negro, y aún más:
al surrealismo. Si la leyenda dentro de la imagen ya nos avisa: “El sueño de la razón produce monstruos”, el texto en pie de página esboza una sintética teoría sobre la fuente profunda de la creación artística:

“La fantasía, abandonada de la razón, produce monstruos imposibles; unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas”.

¿Qué sueña ese hombre que podría ser el mismo Goya o que, aparte la circunstancia de época, sería Charles Baudelaire, el de la fuga de la ciudad fastuosa y perversa y de la invitación al viaje hacia islas o continentes ignotos, o Edgar Allan Poe, el soñador de un delirante horizonte marino sobrevolado por gigantescos pájaros blancos que gritan te-ke-li-li, te-ke-li-li, o Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont, que proponía la belleza poética como la conjunción fortuita de un paraguas y una máquina de coser en una mesa de quirófano, o un poeta surrealista que escribiera un cadavre exquis: “El cadáver exquisito beberá el vino nuevo”.

Goya dotó a los monstruos del pensamiento con carne, pelos y señales, puso en el cartón o en la tela o en la pared un mundo de brujas, trasgos, gigantes y esperpentos en los que no se distingue el horror de la maravilla, lo humano de lo bestial, el hombre del espantajo, el ser vivo del fantasma. En las series de los Disparates, los Caprichos, los Desastres de la Guerra, así como en los cuadros y murales de su “Finca del Sordo”, nos hace ver que en el espíritu y el corazón nuestros se engendran demonios y fantasmas, o cómo, según se dice al pie del emblemático grabado, en el arte conviven fantasmalmente los imposibles pero traviesos monstruos y las posibles pero temibles maravillas.