Los inmortales del momento

Siete miniaturas del gran Cuento del mundo

Escribía el filósofo Gaston Bachelard que solo se posee el mundo cuanta mayor habilidad se tenga para miniaturizarlo, y que se debe rebasar la lógica para vivir lo esencial escondido dentro de lo pequeño. Por eso el minicuentista no pretende narrar la Historia del mundo sino sacar de su gran enredijo las pequeñas y a veces microscópicas historias que, como a escondidas, van creando el gran Cuento universal.

EL FINAL DE NARCISO

En todas partes donde encontraba un espejo se detenía largo rato a contemplarse, pero su mala suerte quiso que un día encontrara un espejo vampiro, en el que se miró y admiró tanto rato que su mismo reflejo lo fue sorbiendo, nutriéndose de él y creando en el cristal su imagen cada vez más hermosa pero más evanescente, hasta que el Narciso de carne y hueso desapareció y desde entonces el espejo solo refleja una habitación sin nadie.

ETCÉTERA

El actor, advirtiendo que su nombre se omitía en la crónica periodística del estreno, en la que solo se decía: “Cumplieron bien con sus personajes los experimentados Fulano, Zutana, etcétera”, miró el etcétera con una lupa y descubrió levemente aliviado que, en fin, bueno, sí: allí, aunque algo apretujado, estaba él.

LA TEMIBLE MAGIA DEL OLVIDO

—No existirás ya más para mí ni para nadie —dijo la ofendida Luisa a Pedro—. Te olvidaré tan intensamente que dejarás de existir.

Y lo olvidó tan intensamente que Pedro ya no existió más.

Pero, como Luisa ya era solamente un recuerdo de Pedro, a su vez desapareció del mundo.

DE LA DESAPARICIÓN DE MÚSICOS

El guitarrista desprevenido, mientras en las cuerdas sus dedos ejercían un bello dedear que lo tenía embelesado, se inclinó tanto hacia la negra boca, o negro agujero umbilical del instrumento, que perdió el equilibrio y cayó allí como en un pozo, y si al principio se asustó, luego poco a poco se halló a gusto, deleitado con la melodía que otro, ¿quién?, allá fuera continuaba dedeando.

EL EQUILIBRISTA MONOLOGA

Un paso y otro y otro… ¿Cuántos?... Caminando solitario sobre el alambre… Como en el mero aire... Guardar el equilibrio y andar con garbo al mismo tiempo, pero ¿hay tiempo aquí?... ¿O estoy en el mero espacio? ¿Estoy en el vacío y el circo y el público, y arriba y abajo, no son más que ilusiones?... Un paso y otro y otro... Y aquí en la altura… Y en línea recta (no hay otra)... Un paso y otro y otro... ¿De Este a Oeste o viceversa?... ¿De Norte a Sur o viceversa?... Ya no recuerdo… Solo sé que estoy en el espacio de aquí arriba, el que quise habitar desde niño cuando soñaba caminar en equilibrio y alto, muy alto, como si anduviese en el mero aire… Un paso y otro y otro... Intento no recordar todas esas miradas de todos esos ojos envidiosos que me acechan desde allá abajo, que tiran de mí, los ojos que quisieran hacerme resbalar, trastabillar, perder el equilibrio en el delgado alambre, y caer al abismo… Caer hacia la condición de hombre infeliz con los pies en la tierra... No mires hacia abajo, no mires hacia arriba... Arriba, abismo; abajo, abismo... Continúa... Un paso y otro y otro...

LAS MUCHACHAS DE DOÑA EDUVIGES

La casa de lenocinio doña María Azul no existe durante el día ni todos los días de la semana, sino solo durante la alta noche del sábado. Está en una zona de la intrincada ciudad de Zirza que nunca es
la misma, es decir que lo encuentras o no lo encuentras, pero los pocos ciudadanos que han tenido la fortuna de hallarlo, aunque nomás fuese una sola vez en sus vidas, dicen, con el susurro de quienes forman parte de una sociedad secreta, que es el mejor burdel del mundo y que sus putas fantasmas hacen gala de una tan sutil sabiduría erótica que se acerca deliciosa aunque peligrosamente a la Poesía (exíjase la mayúscula).

LA LIEBRE Y LA TORTUGA

Jadeante hasta la agonía y poco antes de desplomarse al suelo, la Liebre le preguntó a la Tortuga:

—¿Cómo es posible? ¿Tú? ¿Tú ganarme la carrera?

Y la Tortuga, mirándose las uñas, susurró:

—Lo siento, pero olvidé decirte que mi otro nombre es La Muerte.