Los inmortales del momento

La mesa de Onetti, hace 20 años

El escritor volcaba su desesperanza en un artículo suyo sobre Faulkner: “La vida tiene la asombrosa imaginación y la fuerza suficientes para inventar e imponer infiernos privados y efímeros paraísos subjetivos”

En la foto hay, sobre una mesa redonda, nueve o diez objetos: la estatuilla burlesca de un mono (¿gramático?), un cenicero con la marca de algún producto llamado Petrus, una cajetilla de cigarrillos Camel, una bandeja para copas con el retrato y el lema de algún prócer barbado, un cilíndrico recipiente de aspirinas o de pastillas contra el insomnio (¿o quizá, contra el sueño?), unas cuantas cuartillas manuscritas, un medallón pardo de herrumbre o quizá una galleta de chocolate, dos libros, uno sobre otro, en que se posan unas gruesas gafas como un gran insecto inquisitivo. Y aunque no hay una pluma estilográfica o un bolígrafo o un lápiz, se sabe que ante esa mesa trabajaba un escritor.

Es la última mesa de trabajo de Juan Carlos Onetti, nacido en Uruguay el 1 de julio de 1909, muerto en España el 30 de mayo de 1994 y autor de (por lo menos) cinco libros fundamentales de la narrativa hispanoamericana del siglo XX: Para esta noche (1943), La vida breve (1950), Los adioses (1954), El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964).

Se diría que el escritor de una prosa tensamente narrativa y un lirismo como entrelíneas, el novelista de los desarraigados, de los solitarios seres grises, de los personajes angustiados, desencantados, desesperanzados, que llevan una existencia monótona en trabajos anodinos y a veces en proyectos inútiles o sin solución, pero que paralelamente se crean una vida imaginaria, novelesca, compensatoria aunque rara vez gozosa, habría abandonado en esa tabla de su modesto apartamento madrileño esas cuartillas (que no acierto a distinguir si son las de un relato inacabado, o las de una carta a un editor, o el borrador de un artículo para el periódico El País) y habría ido a meterse en la cama de la que, exiliado de su país natal, y ya hasta de las calles y cafés de Madrid, casi no se levantaría durante los cinco o seis últimos años de su vida y que era como una patria (o una matria, que diría Unamuno): la cama casi legendaria en la que escribía, bebía whisky, charlaba con visitantes, con amigos o con algún infrecuente entrevistador...

Veo esa foto e imagino que, sentado a una mesa redonda como esa, pero la de un café bonaerense o montevideano de los primeros años cuarenta, y fumando cigarrillos que desde luego no serían de la distinguida marca Camel, el joven Juan Carlos Onetti, de 30 años, escribía la cuarta de sus novelas, que fue la primera que yo, años después y siendo veinteañero, descubriría al azar en la librería Zaplana y la leería en dos noches en que me cautivaron el sostenido suspense y el soterrado lirismo de una intrincada acción que, a través de un claroscuro río de escritura entre cendrarsiana y faulkneriana, aunque ya muy onettiana, fluía morosa o precipitadamente entre dos orillas: la de la novela policiaca a lo Raymond Chandler, y la de la novela existencialista a lo Sartre o Camus. Esa novela, Para esta noche (de Editorial Poseidón, Buenos Aires, 1943), que en la portada sintetizaba su argumento: “historia nocturna de un hombre que busca escapar a la muerte, suelto y prisionero dentro de una ciudad sitiada” (una ciudad imaginaria con algo de Montevideo o Buenos Aires y también de Madrid o Barcelona en los primeros días de la victoria franquista), fue mi iniciación de onettiano fervoroso que por un tiempo más debió limitarse a releer ese libro hasta que, ya a finales de los años cincuenta, encontraría otros en los que Onetti volcaba esa desesperanza de la vida que, de modo paradójico, adquiría una forma de exaltación narrativa y lírica cuya frase emblemática sería la hallada en un artículo suyo sobre su maestro máximo: William Faulkner:

“La vida tiene la asombrosa imaginación y la fuerza suficientes para inventar e imponer infiernos privados y efímeros paraísos subjetivos”.

Y uno quisiera que Onetti, erigiéndose en fantasma vivo, viniera a sentarse ante la tabla redonda de esa mesa de tenaz y amoroso esclavo de la pasión creadora, y continuase su prosa que siempre me suena como un ondulante y melancólico solo de trompeta de Miles Davis.