Los inmortales del momento

La melancólica gracia de William Saroyan

A mis dieciocho años, en una de las hoy desaparecidas Librerías de Cristal de la Alameda Central, compré casi al azar un libro de título muy largo y que parecía de blues, tango o bolero: Como un cuchillo, como una flor, como absolutamente nada en el mundo. Empecé a leerlo paseando a la luz de las vitrinas de la librería. Al caer la noche y apagarse
las vitrinas, que fue como si se apagaran las páginas del libro, me fui al Kiko’s de Juárez y Bucareli, donde, mientras consumía un sándwich, un refresco, un lento café express, terminé la lectura feliz por haber descubierto al narrador: el armenioamericano William Saroyan (Fresno, California, 31 de agosto de 1908-íd., 18 de mayo de 1981).

Años después sabría que también lo habían descubierto Edmundo Valadés, Carlos Valdés, Juan Manuel Torres, Hugo Padilla, José Carlos Becerra y otros que formaban un disperso e innombrado club de fans del autor armenioamericano.

Lo que admirábamos, imitábamos y casi plagiábamos en los libros de relatos de Saroyan: El audaz muchacho del trapecio, Respirar en el mundo, Otro verano, Nena querida, Mi nombre es Aram, etcétera, era el arte de tomar unos dizque triviales momentos de vida cotidiana y relatarlos en tono directo con algunos toques líricos. En sus cuentos de ambiente citadino hay hombres y mujeres de los cuales uno diría que se oye el susurrar de los monólogos interiores en una insomne cafetería de Nueva York o de San Francisco o de Chicago o Los Ángeles: el joven escritor hambriento que acaricia su última moneda en el bolsillo y va por la ciudad como flotando entre la muchedumbre; o el barbudo falso Cristo que perora sermones nietzschianos y marxistas y vende postales pornográficas en andenes del subway; o el joven desempleado que gasta su último par de dólares en comprar viejos y rayados discos de jazz que escucha en el cuartucho de hotel barato; o la soltera otoñal que se embriaga en un bar esperando al amante mozalbete y tarambana que ya no acudirá a la cita porque se le atravesó en el camino una linda muchacha que es “como un cuchillo, como una flor, como absolutamente nada en el mundo”; o el niño que en la escuela ha inadvertidamente reído durante la lección de la triste maestra suplente y, cuando ella, al final de la clase, le pone de castigo reír durante una hora, a él le resulta difícil pues solo desea llorar solidariamente con ella...

La fuerza de Saroyan está en la fluidez narrativa, en la sincera y casi cándida emoción, en el realismo de tono menor y de frecuente vibración humorística o poética, a veces al borde del wishful thinking y la cursilería. En algunos de sus cuentos brevísimos tiene el poder de evocar mucho con el menor número posible de palabras, como en este, en versión mía, en el cual en una rutinaria soledad finalmente irrumpe una deseada fantasma de la huidiza memoria o de la leve esperanza:

EL VIAJE A NUEVA YORK

Todo el año se dijo que iría a Nueva York a buscarla. Cuando estaba bebido se acordaba del intento del viaje. Una mañana de agosto, tras haberse desvelado, esperaba el tranvía bajo el crudo sol mañanero, se asombró del paso del tiempo y se dijo: “¿Nueva York? ¡Al diablo Nueva York! ¿Qué tiene Nueva York?”. Y, volviéndose a un supuesto acompañante: “¿Dónde se fueron los años?”.

Luego insultó al mundo y se dijo que solo quería dormir. Ya sabía que nunca iría a Nueva York y que aquí seguiría vegetando. Al mediodía dejaba la cama con mal sabor de boca, se bañaba, se rasuraba, se vestía, leía distraído el periódico, bebía café, fumaba cigarrillos. Pasaba la tarde tomando cerveza en la sala en que gratamente entraba el sol por la persiana entreabierta, o se sentaba ante el piano esperando que le llegase el deseo de tocar, pero ni rozaba el teclado. Al anochecer iba en tranvía a la ciudad. En un tranquilo restaurante hacía su única comida del día, que consumía despacio, ojeando una novela de bolsillo o una antología de poemas, de cuentos o de ensayos. Luego, en un bar también tranquilo, se dedicaba a beber. Lo saludaban personas que lo recordaban como a alguien famoso, y respondía con desganada cortesía, pues prefería estar solo; y ellos se iban preguntándose qué rayos le pasaba.

Él bebía y, sin estar en Nueva York, deambulaba por calles neoyorquinas buscándola y fingiendo no saber que ella tampoco estaba allí.