Los inmortales del momento

La (¿ya legendaria?) tertulia "chez Polito" /y II

Aun si jamás escribió una sola línea de intención literaria, si nunca comentó ni siquiera oralmente un libro, los “tertuliosos”, como él nos llamaba, lo considerábamos uno de nosotros: un autor “sin textos que ponerse”.

La pasión de Leopoldo Duarte hijo, es decir Polito, como anfitrión de la tertulia de su establecimiento Libros Escogidos —en la avenida Hidalgo núm. 96, y no, como dije en el anterior artículo, en el núm. 16, donde estuvo la anterior librería con la misma marquesina pero atendida sobre todo por don Leopoldo padre—, era tal que si un desorientado “forastero” llegaba en esa mañana sabatina a comprar allí cualquier libro sin valor o prestigio literario, digamos una novelita de Barbara Cartland, un manual de contabilidad o un libro “escolar”, nunca lograba el inadmisible propósito. En el caso raro de que Polito, muy poco platicador pero gran oyente tertuliero, les concediera alguna atención, e indignado algo teatralmente como si le solicitasen mariguana o condones, sin siquiera volver el rostro mascullaba “aquí no hay de eso”. En cambio, si un tertuliano le pedía algún título raro, o antiguo, o agotado, o de un autor no conocido, era capaz de aventurarse en el húmedo vientre de la trastienda (donde quizá se pudría el cadáver de un lector omnívoro que se había arriesgado a explorar esa libraria caverna de Alí Babá), y muchas veces salía con la presa desesperadamente perseguida. A mí me consiguió, entre otras maravillas, los inhallables Cuentos de un soñador, de lord Dunsany, en la mítica edición de Revista de Occidente y de 1924 (sin crédito al traductor, que supongo era Ricardo Baeza, muy respetado y famoso en ese oficio); los dos gruesos tomos de Del tiempo y el río, de Thomas Wolfe, en la edición de Emecé y de 1948 (con excelente traducción de una señora increíblemente llamada Sara Kurlat de Lajmanovich); Pombo, de Ramón Gómez de la Serna (obra maestra de la literatura española, dedicada enteramente a la célebre tertulia de Ramón en Madrid), y otros títulos de los cuales no podría yo dar cuenta cierta.

Polito era, además, la providencia de los tertuliosos que, caídos en alguna racha de impecunio —esa mala costumbre de los literatos—, le vendían sus libros, sabiendo que los rescatarían algún día al mismo precio, pues él los guardaba en una mítica vitrina con candado, donde esperaban ser rescatados por el mismo precio. Y, justificando que Gustavo Sainz lo llamase San Polito, Duarte hijo no pocas veces contribuyó de su bolsillo a la impresión de heroicas ediciones de autor, con el solo interés de exhibirlas allí, donde envejecían en la infinita espera de compradores. En esa vitrina amarillecieron dos cuentos primerizos de Gustavo Sainz, los sonetos amargos de Guillermo Rousset, las memorias de una linda señorita torera que nadie vio en la tertulia y solo una vez en la librería, y un alucinado y torpe ensayito mío acerca de los misterios de la Ciudad de México, cuyo título prefiero no recordar. Tuve esas plaquettes, pero las presté al pintor vagabundo Eugenio Olmedo y se desvanecieron en el torbellino de una feroz bohemia.

Polito no era un mercader de libros. Era uno de los autores, si bien en modo casi silencioso, de ese texto coral y no impreso que es una tertulia. Y aun si jamás escribió una sola línea de intención literaria, si nunca comentó ni siquiera oralmente un libro, los “tertuliosos”, como él nos llamaba, lo considerábamos uno de nosotros: un autor “sin textos que ponerse” (decía Otaola).

Pero, ay, la librería tertuliera de Polito ya solo existe en la nostalgia de los sobrevivientes de la tertulia, si además de mí los hay. Excavadoras y piquetas amenazaron con devorar toda la manzana de edificios, y Polito hubo de llamar al camión de mudanzas. “A mis alamedas voy, de mis alamedas vengo”. Libros Escogidos, mejor nombrada La Librería de Polito, que pasó de vivir frente a la Alameda Central a agonizar frente a la Alameda de Santa María de la Ribera, donde resultaba lejana e incómoda para muchos tertulianos, murió de muerte “natural”. Y desconsuela imaginar que, si hubiese continuado hasta hace poco, la hubiera alcanzado el gran moridero de librerías bajo el creciente poderío del libro electrónico.

En el deslizamiento del tiempo hacia la memoria, hacia la nostalgia y quizá hacia el olvido, la tertulia chez Polito era una fiesta sin fin… hasta que la alcanzó el final.