Los inmortales del momento

La lateral rubia en la alta noche de un cine

Lo que atrae al observador y pintor de los personajes marginales y solitarios es una sola figura humana, lateral respecto de la oscuridad de la sala: la figura de una “acomodadora”.

He aquí una de aquellas grandes, fastuosas y barrocas salas de cine de cualquier gran ciudad del mundo y de los años treinta. Los cinéfilos viejos sabemos que en la Ciudad de México tuvimos salas así, pero en este caso se trata de un gran “Palacio del Séptimo Arte” erigido en New York City. Allí, al fondo, en el rincón derecho de la pantalla y en el lado izquierdo del cuadro, hay el fragmento de una escena de película en blanco y negro que se supone de estreno en ese año de 1939 en que terminaba la guerra civil española, Hitler amenazaba con muecas y gruñidos, sus nazis invadían Polonia y comenzaba la tercera guerra mundial mientras James Joyce escribía Finnegan’s Wake para acabar con la literatura y por doquier se oía la merengosa melodía “Somewhere Over the Rainbow”, cantada por Judy Garland desde el ilusorio país de Oz.

Mira atentamente el cuadro que antecede a estas líneas. ¿Qué película es la que estaría desvelando a esos pocos espectadores en la función nocturna de uno de los grandes “Palacios del Séptimo Arte”? Sería alguna cinta de ese año 1939: quizá el drama satírico La emperatriz escarlata, de Josef von Sternberg, con Marlene Dietrich y John Lodge; o Ninotchka, de Ernst Lubitsch con Greta Garbo y Melvyn Douglas; o La diligencia, de John Ford, con John Wayne y Claire Trevor; o quizá cualquiera de otras muchas películas de entonces, aún filmadas en blanco y negro, pues el technicolor, triunfante en Lo que el viento se llevó, del mismo año, era todavía un lujo demasiado caro incluso para las grandes compañías productoras de Hollywood.

¿Qué película, pues, se insinúa en la no cabalmente vista pantalla del cuadro? Acaso se lo pregunte el lector aquejado de cinefilia, pero en realidad no importa, pues al pintor no le ha interesado como
tema la “magia del Séptimo Arte”, ni le atraen la flora y la fauna estelares de la “fábrica de sueños” de Hollywood.

Lo que en esa tela le interesa al pintor de la soledad de los paisajes, de las ciudades y de las habitaciones y otros espacios exteriores o interiores de los Estados Unidos de Norteamérica, lo que atrae al observador y pintor de los personajes marginales y solitarios, es una sola figura humana, lateral respecto de la oscuridad de la sala: la figura de una “acomodadora”, esa lánguida mujer de pelo dorado al estilo Jean Harlow y de uniforme azul que está en pie bajo la luz amarillenta de las tres lamparitas insomnes. La muchacha, quizá ya algo madura, quizá con rubiez de tinte, espera a un espectador más para “acomodarlo” en una de las filas de butacas de esa sala ya algo desertada en la función de alta hora nocturna. Combatiendo el sueño, ella no atiende a lo dramático o cómico que está pasando por la pantalla, solo está atenta a no bajar los párpados y a oír su voz interior que acaso le habla de sus problemas domésticos o económicos o amorosos, o del modesto sándwich y el frío vaso de leche que tomará cuando llegue a la soledad de su apartamento. Es una señorita sin nombre, una miss nobody, pero el artista la ha puesto en la parte del cuadro no dominada por lo oscuro, y con la luz de las lamparitas la ha celebrado: a ella, no a alguna star que pase por esa gran pantalla puesta de lado.

New York Movie, título dado por el pintor mismo, es un cuadro en que Edward Hopper, como en otra de sus mejores obras: Nighthawks —con los cuatro solitarios: tres hombres y una mujer, reunidos al azar de la alta noche tras la vidriera de una cafetería de esquina—, insinúa un íntimo, pequeño y a la vez hondo relato de algunos entre incontables personajes solos, laterales, insomnes, en espera de un alba cruel que a la ciudad de millones de atareadas soledades traerán el tumulto y el ruido cotidianos, asesinos del sueño y
de los sueños.