Los inmortales del momento

La (irrepetible) Doña de todas las doñas (I)

Proclamaba que sus hombres no la habían tomado a ella, sino que ella los había tomado a ellos, y que el número de sus años no la inquietaba, pues, ocupada en gozarlos, no tenía tiempo de contarlos, y se jactaba de ser absoluta dueña de su vida.

La Doña de todas las Doñas, es decir María Félix, coleccionaba alhajas y piedras preciosas, muebles dorados, cortinones púrpuras, espejos de cornucopia, bibelots aspirantes a esculturas, salones de suntuoso mal gusto, victoriosos caballos de carreras, torres de maletas viajeras, canciones e íconos que la glorificaban, hombres aureolados por la fama o el dinero o tal vez el talento, multitudes de fans de este y de aquel y de los otros sexos...

El mayor monstruo sagrado de la mitología fílmica mexicana, es decir María Félix, era maestra en infrecuentes pero dilatadas entrevistas, en las cuales, armada con sus joyas, con los desmesurados ojos como otras joyas, con la gruesa voz de textura viril, sentenciaba sobre lo humano, lo divino, la ética, la estética, la dietética, la moda, la urbanística, el Zócalo, los hombres, las mujeres, los “mujerucos” (¿palabruca que ella inventó?) e incluso sobre la política nacional y anexas; sonreía imperialmente en los cosos taurinos en los que se exhibía con el “señor Félix” de turno, al que la vox pópuli consideraba “un toro más de su ganadería!”; fumaba puros sobre cuya significación simbólica algo habría dicho el doctor Freud; proclamaba que sus hombres no la habían tomado a ella, sino que ella los había tomado a ellos, y que el número de sus años no la inquietaba, pues, ocupada en gozarlos, no tenía tiempo de contarlos, y se jactaba de ser absoluta dueña de su vida.

La estrella de las estrellas mexicanas, es decir María Félix, ganadora del estrellato desde su primer día ante la cámara de cine, se multiplicó en una filmografía que, si incluimos una telenovela, suma media centena de títulos y atraviesa géneros y subgéneros: la tragedia rural (El Peñón de las Ánimas, Doña Bárbara, Maclovia, RíoEscondido, Tizoc), la historia-ficción (La China Poblana, La monja alférez, Mesalina), la epopeya “revolucionaria” (La Cucaracha, Juana Gallo, La Valentina, La Generala, La Constitución), la comedia campirana o sofisticada (Enamorada, El rapto, Faustina), pero privilegió el dramón sentimental, psicologista, cosmopolita y de mujer fatal o vampiresa o mera hembra sombría (Amok, Vértigo, La devoradora, La mujer de todosLa diosa arrodillada, Que Dios me perdone, La pasión desnuda, Los héroes están fatigados, Amor y sexo), género en el que continuó a las silenciosas divas del cine italiano fichadas y fechadas por Mario Gromo: “¡Qué mujeres! Se adueñaban de un varón, lo tentaban, se burlaban de él, le concedían al fin una hora de locura, como se decía entonces, lo desechaban sonriendo cruelmente, y para la película siguiente se procuraban otro candidato.” Como aquellas divas mudas, la diva sonorense y sonora (de voz macha) justificaba con esplendor las sentencias antifeministas del escritor griego y católico Orígenes (185-254): “La mujer es el vehículo del pecado, el instrumento del Diablo, el destierro del Paraíso y la corrupción de la primera Ley que el Cielo dio al hombre”.

El poeta Octavio Paz escribió que María Félix había nacido dos veces, y se entiende que primero como mujer y luego (pero no secundariamente) como diva. Versión nacional de lo Eterno Femenino, fue celebrada en todos los niveles: por los periodistas, desde entrevistadores y cronistas de las estrellas hasta meros gacetilleros; por los artistas, desde Diego Rivera y José Luis Cuevas, hasta un pintor kitsch, acaso su último hombre, que la retrató en un numeroso muestrario de disfraces; por los escritores y poetas: Octavio Paz, Renato Leduc, Efraín Huerta, Carlos Monsiváis, por Enrique Krauze, que para la Rotonda de los Hombres (¿y Mujeres?) Ilustres requirió los sagrados restos de la deidad; por los políticos, incluido el presidente Fox, quien la tituló “promotora del cambio democrático”... a ella, que en las entrevistas se felicitaba de no haber nacido india y de resplandecer en el mundo de los seres de lujo; y, desde luego, fue idolatrada por el pueblo (así llamaba ella al público) que habría de acudir numeroso al velatorio en el Palacio de las Bellas Artes para rendir homenaje al cadavre exquis ya categorizado como sacro objeto de arte y mito nacional.

(Continuará)