Los inmortales del momento

La (irrepetible) Doña de todas las doñas /y II

Supermujer fascinante, diosa radiosa a veces fastidiosa (cuando no odiosa), era incapaz de encarnar otro personaje que el de "La Doña", porque había llenado y roto su molde y se bañaba en las aguas del carisma en las que se enamoraba de ella misma.

Nacida en Sonora en 1914, coronada reina de carnaval en Guadalajara, María de los Ángeles Félix había llegado hacia finales de los años treinta a la capital mexicana, donde en 1942, desde un modesto empleo de taquimecanógrafa, y por el solo privilegio de su hermosura, se hizo instantánea estrella de cine en un giro de cuento de hadas: fue la pareja inmediatamente estelar de Jorge Negrete en la película de Miguel Zacarías Elpeñón de las Ánimas, un trasplante de Romeo y Julieta al paisaje ranchero de México. Luego, ya para siempre alzada en la cima de los repartos, y dirigida por los mejores cineastas nacionales (Fernando de Fuentes, Julio Bracho, Roberto Gavaldón, Emilio Fernández), pero también por los peores (¿para qué nombrarlos?), transitó por un repertorio de personajes que reiteraban el papel de hembra machorra y/o heroica. Fue “china poblana”, monja espadachina y hombruna, feroz cacica de los llanos venezolanos, bella y humilde muchacha de la isla de Janitzio, heroica santa alfabetizadora, y más, y más, mujer galante de alto tronío, devoradora de fortunas y de machos o de dulces tenorios. En un largo catálogo que su karma fílmico le exigiría perpetuar: nacida para la pantalla “en la que todas las miradas se reúnen”, desplegó sobre todo una serie de variantes del mito de la demoníaca Lilith, reina de la noche y promotora de la perdición de los hombres, madre y maestra de las vamps y las femmes fatales, las devoradoras, las mujeres de todos y de nadie, las madamás satánicas, las transgresoras de todos los códigos morales (en Amor y sexo, subtitulada indicativamente Safo 1963, de Luis Alcoriza, se permitió ser bisexual). Puesto que nada la arredraba, en la etapa terminal de su carrera se dedicó a folclóricos papeles de marimacho. “Yo soy toda mujer —decía en olímpicas entrevistas bravuconas—, pero con corazón de hombre”. En consecuencia, encarnó a la perfección a la mujer viriloide, la hembra bragada, la dragona escupidora de balas y palabrotas, la jefa enardecedora de sus huestes. “¡Échenles a esos jijos mentadas de madre, que también duelen!”, es una de sus vociferaciones famosas de entre las películas en que es guerrillera, capitana de bandidos y hasta generala; así truena en La Valentina y en Juana Gallo (título que no puede ser más emblemático: allí cualquier personaje masculino en estilo de supermacho resulta frente a ella un mero Juan Gallina). En tales desmadradas y muy cantadas y gritadas epopeyas fílmicas de “la Revolución”, ella sola, con voz metálica y miradas fusiladoras, gana las batallas y escaramuzas que villistas o zapatistas habrían creído ganar en la realidad. En Enamorada, que quizá sea su mejor prestación para el celuloide nacional, reitera los desplantes y las fierezas y bravatas de tierna señorita provinciana y a la vez de juneraza de ronco pecho, dentro de la lectura que Emilio Fernández propuso de la shakespeariana Fierecilla (dizque) Domada: un personaje más varonil que el bigotudo jefe revolucionario interpretado emotivamente por Pedro Armendáriz como el gran macho bigotón que se ablanda y desviriliza ante la deslumbrante hembra hombruna.

Mal que bien la Félix se “cosmopolizó” en Mesalina, un filme italiano perpetrado por Carmine Gallone, en el que tuvo un gran formato “histórico”: nada menos que el de la dictratiz imperial; en Los ambiciosos, un melodrama político de producción francomexicana que le salió mal a Luis Buñuel y en el que, concubina de un tirano sudamericano, se redimía por amor a un rebelde local desganadamente actuado por Gérard Philippe; en French Can-Can, obra maestra de Jean Renoir, en la que por fin bien situada, traza un sabroso retrato de tempestuosa vedette de cabaret de la belle époque que se “come” a los otros personajes, y regresó al cine evidentemente mexicano con Tizoc, un romance interétnico, folcloricón y paternalista (dirigido, es un decir, por Ismael Rodríguez) en el que ella y Pedro Infante ascendieron a cumbres de ridículo difícilmente sobrepasables.

La Doña es un importante elemento en esa especie de epopeya folclórica, empistolada, sombrereada, lentejuelada y guitarreada que fue el cine mexicano en su “época de oro”, y parece comprobable lo que los cronistas idolátricos repetían: María Félix, la mujer-mito, era una dinastía comenzada y concluida en ella misma. Supermujer fascinante, diosa radiosa a veces fastidiosa (cuando no odiosa) era incapaz de encarnar otro personaje que el de La Doña, porque había llenado y roto su molde y se bañaba en las aguas del carisma en las que se enamoraba de ella misma.