Los inmortales del momento

La inquietante pregunta sobre el tiempo

Todos, quizá, terminaremos definiéndolo como un fluir que no nos deja más sentido que la extrañeza de ser alguien, o más bien algo.

Otra vez un nuevo año, es decir, un momento del tiempo que nos preguntamos si llega a nosotros o si nosotros pasaremos por él. Y la pregunta va hacia otra pregunta quizá esencial que ha inquietado a filósofos, novelistas, dramaturgos, poetas, artistas, hombres cualesquiera, y en todos los tonos, sea en el modo trágico o en el humorístico, en prosa o en verso, en escritos, en diálogos, o en silencio: ¿qué es el tiempo?

El teólogo San Agustín se planteó el problema, lo vio doble y, sin embargo, inasible: “Esos dos tiempos, el pasado y el porvenir, ¿cómo son, puesto que el pasado ya no es y el porvenir no es aún?”

Todos, quizá, terminaremos definiendo al tiempo como un fluir que no nos deja más sentido que la extrañeza de ser alguien, o más bien algo; y dice Jorge Luis Borges: “El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”.

Para otro poeta, el dizque meramente decorativo Luis de Góngora, el tiempo es un juez implacable y un roedor: “Mal te perdonarán a ti las horas,/ las horas que royendo están los días,/ los días que royendo están los años”.

Según la musa-diosa de los narradores: Sheherazada, hasta para un genio (palabra que en este caso significa “ser sobrenatural con poderes mágicos”) el tiempo es una prisión y es la tortura mediante la esperanza. Así, el genio dice al humilde pescador que lo sacó de una botella arrojada por las olas a la playa: “Salomón me ordenó que abrazara la fe de Dios. Rehusé y el rey me encerró en ese recipiente de cobre, lo selló y ordenó que lo arrojaran al mar. Juré entonces que a quien me liberase lo enriquecería para siempre, pero pasó un siglo y nadie me liberó. Después juré que a quien me liberase le enseñaría la magia. Pasaron cuatro siglos, yo seguía prisionero en el fondo del mar y me prometí: a quien sea mi liberador le otorgaré tres deseos. Pasaron aún nueve siglos y nadie me liberó. Y, desesperado, juré por El del Nombre Más Alto: A quien me libere, lo mataré. Así que prepárate a morir, oh tú mi salvador”.

El dramaturgo William Shakespeare, a través de un angustiado monologante: Macbeth, ve el tiempo como una infinita serie de días en que solo continúa el mismo tormento de la esperanza: “Esa engañosa palabra: mañana, mañana, mañana, nos va llevando por días al sepulcro; y la falaz lumbre del ayer ilumina al necio hasta que cae en la fosa”.

Nada sombrío y casi juguetón, Jean Cocteau (dandi, poeta, pintor, dramaturgo, cineasta, etcétera) concibió al cine como un espectáculo en el que el tiempo se hace visible mediante muy concretas apariencias (y es curioso que la misma idea hay en la película La máquina del tiempo, de George Pal, basada en una novela de Herbert G. Wells):“El cinematógrafo nos ha revelado que las plantas gesticulan, y por una simple diferencia de tiempo entre el reino vegetal y el reino animal hemos creído en la serenidad de la naturaleza. Hay que admitirlo: dudamos de qué es el tiempo cuando vemos un capullo que estalla y se vuelve una rosa. Habría que filmar así las épocas lentas y la sucesión de modas. Entonces sería seductor ver cómo velozmente las faldas se alargan, se acortan y vuelven a alargarse, las mangas se hinchan, se deshinchan, se rehinchan, los sombreros se hunden y se levantan, se alzan y se aplastan y adquieren y pierden penachos, los bustos femeninos aumentan o disminuyen, las mejillas se ahuecan y se inflan, los cabellos se rizan y se van o brotan de nuevo, la seda vence a la lana, la lana vence a la seda y las pieles resbalan sobre los cuerpos y los vestidos, suben, descienden, se enrollan en los cuerpos con el nerviosismo de las bestias”.

Entonces volvemos a los filósofos.

Emmanuel Kant nos dice que el tiempo es un sentir y un pensar: “El tiempo no es algo que exista por sí mismo o que sea inherente a las cosas como una propiedad objetiva. El tiempo solo es una condición subjetiva de nuestra humana condición”.

Lo cual se diría que es tajantemente resumido por otro filósofo más, Henri Bergson: “El tiempo es nuestra invención o no es nada”.