Los inmortales del momento

"Para la gran feminoteca del cine"

Aquí van cinco de esas mujeres que vivían gracias al paso por un proyector a 24 imágenes por segundo, pero a las que a veces sentías más vivas que las de carne y hueso “y un pedazo de pescuezo”.

Poblaron el siglo XX y —oh iluso cinéfilo, mi semejante, mi hermano— siguen habitando tus sueños mil y una fantasmas nacidas en las pantallas hacia las cuales confluyen todas las miradas. Esas mujeres vivían gracias al paso por un proyector a 24 imágenes por segundo, pero a veces las sentías más vivas que las de carne y hueso “y un pedazo de pescuezo”. Aquí van cinco de las muchas que forman una personal feminoteca que quiere ser una mitología.

GRETA

De Greta Garbo se sospecha que se veía tan blanca y etérea en la pantalla porque, detestando los argumentos estúpidos, las malas puestas en escena y los galanes fatuos que el cine le imponía, no salía de casa, se escondía detrás de feos sombreros y oscuros anteojos y enviaba a actuar ante las cámaras a su luminoso fantasma.

MARLENE

Cuando Joseph von Sternberg iba a filmar El ángel azul hizo pruebas a varias actrices y eligió a Marlene Dietrich para que fuese la fascinante vampiresa de tablado Lola-Lola no solo por su bellos muslos sino sobre todo por su voz ronca y magnética, que, dijo, provenía no de la garganta sino del coño.

LA SIRENA WILLIAMS

En aquellos coloridos, gloriosos y muy kitsch carnavales acuáticos de la Metro Goldwyn Mayer, filmados con una cámara que se movía en extensión, profundidad y altura, siguiendo en las azules aguas de infinitas piscinas a una Esther Williams escultural, maxfactorizada, bella como una lograda flor artificial, encarnación colorida y brillante de la reiterada siempre distinta y siempre la misma girl espléndida aerodinámica, entre atlética y sofisticada de los calendarios de Vargas, una Esther sumergiéndose nadando emergiendo volviendo a sumergirse sonriendo burbujeando brotando chorreante y alzándose en un trapecio ascendente hasta la vertiginosa altura desde donde su cuerpo brillaba elástico y fuerte y mojado y glorioso, un cuerpo de elástico acero, la veías nuevamente lanzarse al agua en un clavado perfecto, un vuelo hacia abajo y era la imagen de la mujer estadunidense a la vez deseable y mítica y supuestamente accesible en cuanto multiplicada, estándar, fabricada en serie, made in USA, la gringuita ideal emitida por la casa de moneda hollywoodense, visual fetiche del adolescente aún sin recuerdos propios que no solo sentía que la vida se vive mejor con el cine
sino que además el cine es una segunda vida.

MARILYN

La blanca y rubia y sonriente y suicida. Tenía entonces quince años y toda la alegría de vivir, de respirar en el mundo, y cuando la encontrábamos en la calle y le silbábamos nuestra admiración, nuestro gusto de que existiera, ella reía, luminosa, y me pedía que le prestara la bicicleta, se montaba y salía pedaleando, gozosa de que el viento le diera en la cara y le hiciera aletear la falda y el cabello, y luego se eclipsaba tras una esquina y esperábamos un rato que apareciera por la esquina contraria, un poco inquietos, ¿y si no volvía?, y sí, siempre volvía, pedaleando con brío y riendo como si supiera que nos había asustado un poco, pero yo sé que, de otra manera, en una de esas vueltas a la manzana ya no volvió, que se fue a Hollywood y a la fama y a la desesperación y la muerte, y han pasado los años y yo guardo la bicicleta en la que no hemos vuelto ni yo ni nadie a montar, y beso el sillín que tuvo su cálido peso y me digo: quién sabe, cualquier día de estos, ella da la vuelta a la esquina y viene pedaleando hacia mí, el viento moviéndole la falda y el rubio cabello acariciándole la cara...

FELLINIANAS

Federico Fellini filmaba con su cámara golosa a través de bosques de mujeres rollizas y anhelaba pantallas cada vez mayores y más anchas que altas, pero siempre insuficientes, para instalar las redondeces femeninas, un pecho aquí, un vientre allá, un culo acullá, toneladas de pelotas y pelotones carnales, carne proteica y tumultuosa, una feria de labios gordezuelos, de papadas afrodisiacas, de nalgas marmóreas o algodonosas, de bocas como ventosas, de piernas y muslos como tentáculos, y buscaba las actrices más grandotas y rotundas, las Sandras Milo y Magalíes Noeles y Anitas Ekbergs y hasta monstruosas Sarrasinas para que, con sus pechos y traseros totalitarios, llenaran nuestro horizonte visual.