Los inmortales del momento

Nuestro final de la Segunda Guerra Mundial

No quedaba más que el hueco de la esperanza, el fin de la monótona permanencia de un sueño amargo aunque esperanzado vivido a través de días y años, mientras seguíamos echando raíces en el México amparador.

Primeros meses de 1945: se avecinaba el final de la Guerra Mundial y entre los refugachos, los del exilio español en México, nacía la esperanza de que, una vez vencido el Eje nazifascista, los Aliados echarían al basurero de la Historia al generalísimo Franco, que había cobijado en aguas territoriales españolas a los submarinos nazis, enviado al frente ruso la División Azul y mantenido complicidad con Hitler y Mussolini.

En esos días las discusiones de los refugachos en los cafés del centro de la ciudad alcanzaron el más alto nivel de espesas cés y silbantes eses (que irritaban a los parroquianos mexicanos), y algunos de los exiliados se veían ya retornados a España para reiniciar en la cotidianidad civil la Segunda República Española; otros acaso se veían en lo alto de una tribuna de las Cortes diciendo “Decíamos ayer”, como un fray Luis de León de izquierda, y se soñaban con cartera ministerial y mucha Historia gloriosa sobre los hombros.

Fueron los días febriles de leer los periódicos buscando noticias acerca de España, de revisar pasaportes y toda la “documentación”, de hablar y hablar de ello en la casa, en el café, en las calles, y de repetir mil y una conjeturas: se dice que…, se sabe de buena tinta que…, la BBC de Londres dice que…, el comandante Aberri en La Guerra al Día dijo que…

Y luego la guerra había acabado, las naciones se reunían para deliberar sobre el renacer de Europa destrozada y aún humeante, todavía por liberar en algunos territorios. Nuestros padres, los refugachos adultos, oían los aparatos de radio (que todavía eran “de bulbos”), leían los periódicos, comentaban las noticias acerca de quienes, habiendo triunfado sobre la bestia fascista, estaban decidiendo la futura realidad de la vieja y tan herida Europa. Por un instante la esperanza alzó el vuelo, aleteó con sus últimas fuerzas. “Este año sí, este año comeremos las uvas en España”. Luego la credulidad y la esperanza se vinieron abajo casi sin ruido, como si tras desplomarse verticalmente comenzaran abrirse las inmensas e indiferentes aguas del olvido, y la voz de la Historia parecía decir que en España no había pasado ni pasaría nada. Hubo una transitoria decisión internacional de excluir a Franco de las Naciones Unidas, pero fuera de aquello, que era solo una sanción moral, no hubo casi nada más, excepto que el sueño, la fiebre, el heroísmo y la esperanza habían sido vencidos y una vez más la traición de ayer se perpetuaba en la traición de hoy, y la situación allá continuaría como hasta entonces.

Recuerdo aquel mediodía de domingo de ese 1945: los niños Raúl y yo, después del Paseo en Chapultepec con nuestro padre, lo acompañábamos en la tertulia refugachil del café Madrid. Se sentía allí la desesperanza, pues los periódicos ya casi no traían ni la radio anunciaba ni los rumores prometían ninguna decisión de las recién fundadas Naciones Unidas acerca de España. Morían las ilusiones de que los Aliados tirarían a Franco, y uno de los tertulianos decía algo como esto: “Otra cabrona vez los hijos de puta dizque demócratas nos tratan a los españoles como a seres indignos de la libertad”.

Ahora no quedaba más que el hueco de la esperanza, el fin de la monótona permanencia de un sueño amargo aunque esperanzado vivido a través de días y años mientras seguíamos echando raíces en el México amparador, mientras los chicos refugachitos empezábamos a perder la ce y silbábamos menos las eses y olvidábamos las pocas imágenes que algunos guardábamos del suelo natal. Ahora, como intuía la casera sabiduría de nuestras madres, habría que comprar los muebles de quedarse acá para siempre.

Desde hacía años los chicos de los colegios refugiadiles habíamos jugado a los Aliados contra los Fascistas (tras echar un “volado” para decidir si ser o de los buenos o de los malos), y habíamos clavado en los mapas alfileres con papelitos para marcar el curso de la Guerra Mundial, que era también nuestra, pues la sentíamos como la ampliación y la continuación de la contienda española.

Aún éramos del exilio como se es de un país, pero algunos ya empezábamos a ser mexicanos.