Los inmortales del momento

La extravagante inmortalidad del personaje por nacer

En La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, quien menos presente está, salvo como pensamiento flotante por doquier, es el mismo Tristram, pues solo después de la mitad de las 800 páginas está a punto de nacer. Sus desdichas se anuncian desde nueve meses antes de venir al mundo, cuando su madre, en el urgido preámbulo de la cópula fecundadora, le dice al marido: “Por favor, querido, ¿ya le diste cuerda al reloj de péndulo?”.

Ese incidente anuncia el embrollado destino inmediato del protagonista: luego, en el forcejeo por sacarlo al mundo, la partera le aplastará la nariz; luego el padre le infligirá el incómodo nombre de Trismegisto (que presuntuosamente significa “Tres veces grande” en griego), y luego la sirvienta preferirá llamarlo Tristram, un nombre menos atroz pero que, triste o alegremente, suena como algo que se quiebra o como el doble estallido de un petardo: ¡tris-tram!

En el entorno de Tristram, y ya desde antes de que aparezca, bullirá un reparto nada secundario de principales y casi únicos personajes: el padre, hombre sensato pero maniático de la filosofía clásica citada lo más atolondradamente posible; la madre, dulce, paciente, de escasa velocidad mental y, como vimos, demasiado atenta al tictac del reloj del pasillo aun en los momentos más íntimos de la actividad conyugal, y Toby, el tío paterno, anciano de alma infantil que, retirado del oficio militar, se dedica a practicar la tolerancia zoológica: si atrapa a una mosca no la aplasta, sino que la deja escapar volando porque, dice, en el mundo todo lo que vive es respetable, including moscas, aristócratas y jueces. Si este tío es un personaje clave en el que late un Don Quijote inglés es detectable un poco de Sancho inglés en su leal ordenanza: Trim, cabo jubilado y experto en minucias de la rutina militar. Otros personajes memorables son el párroco Yorick, homónimo del bufón de Hamlet que será heterónimo de Sterne para un gran pequeño libro: el Viaje sentimental, y la inmarcesible y complicada señorita Wadman, torpe amorosa del tío Toby y causante de que se interrumpa ad perpetuam un relato en cuyas finales páginas, ¡de 800!, Tristram aún no llegará a la adolescencia (¿quizá porque a final de cuentas Shandy padre no había dado cuerda al reloj antes de dedicarse a engendrar a Shandy hijo?).

Por rara vez mal crítico literario, el doctor Johnson, memorablemente sentenció ante su biógrafo Boswell que el Tristram Shandy no perduraría pues era obra “demasiado extravagante”. Y es verdad que el libro extravaga en bifurcaciones y rodeos narrativos y meditativos, pues su propósito es menos contar una historia que lograr una escritura rapsódica y digresiva, mientras la acción y el argumento, si acaso los hay, proceden por saltos atrás y adelante, se interrumpen una y otra vez para que Tristram-Laurence charle alrededor de detalles circunstanciales y en principio intrascendentes, o del tiempo psicológico como única verdadera dimensión del tiempo, o de los niños precoces y procaces como Tristram mismo, o del amor común como sentimiento volátil e inconstante, o de la dimensión jerárquica de las narices en las variantes del género humano, y... en fin, pero sin fin, acerca de cualquier asunto que permita ejercer una caprichosa erudición sobre asuntos triviales y citar a granel y a despropósito frases en latín, griego y francés (es que el libro además despliega una comedia de la cultura).

En este libro que conduciría a la catatonia a quien pretendiera leerlo de un tirón (pero por fortuna no se puede: el Tristram le exige por lo menos tres insomnios al más veloz de los lectores), Sterne cita entre muchos autores a sus admirados Montaigne y Cervantes, prolonga a su modo el pensamiento del filósofo empirista John Locke, imita la grotescidad poética de Rabelais y despliega el estilo cara-de-palo (la burla bajo el gesto solemne) que cundirá como elemento imprescindible de esa civilizada y heroica especialidad británica: el sense of humour. Vanguardista a partir de Cervantes y de Swift, Sterne lee la gran broma del mundo y la delata en el juego de la literatura: el retruécano, la intertextualidad lúdica, la desobediencia a la orden temporal y al convencional espacio tipográfico, etcétera, y, tomando de modelo las audacias narrativas del Quijote, desarrolla un relato precursor de obras ejemplares de la modernidad literaria y de un lúdico arte de novelar que ha ido desde el denso Ulysses, de Joyce, a la ligera Zazie dans le Metro, de Queneau, y, en español, a Gustavo el Incongruente y El hombre perdido, de Gómez de la Serna, a Rayuela, de Cortázar, a Tres tristes tigres, de Cabrera Infante, a Farabeuf, de Elizondo, a Palinuro de México, de Del Paso, etcétera.

Adelantado de la escritura libre y abierta, Sterne (Clonmel, Irlanda, 24 de noviembre de 1713–Londres, 18 de marzo de 1768) declaraba, tras limpiarse los dedos entintados en la ladeada peluca: “Yo no dirijo mi pluma, sino que ella me dirige a mí”. Fue un shandiano, un jugador del pensamiento y la escritura, un humorista romántico, un anticlásico, un prevanguardista e inventor de una monumental, inmarchitable, genial broma literaria.