Los inmortales del momento

Cinco esbozos para una feminoteca del cine

Aquí están algunos adelantos de las estampas de un gran álbum en preparación dedicado a los astros y estrellas que pasan al olvido o se inmortalizan en alguna mitología.

Arte de fantasmas (porque actores y actrices mueren, o porque murieron los instantes en que dieron su presencia a las cámaras filmadoras), el cine es también un continuo y cambiante álbum en el que astros y estrellas pasan al olvido o se inmortalizan en alguna mitología. Aquí el cinéfilo ensoñador (¿acaso corregido por la ironía?) adelanta cinco estampas de un álbum en preparación.

LAS DIVAS ITALIANAS

Exhibicionistas de la pasión deseosa, las llamadas “Divas” del aún silencioso cine italiano —Francesca Bertini, Pina Menichelli, Lyda Borelli, Lina Cavalieri, Giovanna Terribili Gonzales (que era todo un programa solo por el nombre), y otras— vivían en la pantalla con andar ondulado o anguloso.

Lujosa y lujuriosamente vestidas, pero casi desvestidas por generosos escotes con inquietas tetas, y plateadas por Selene, transitaban siempre ojerosas bajo columnatas de modern style que se multiplicaban copiando sus marmóreas morbideces.

LA GARBO

De Greta Garbo se sospecha que se veía tan blanca y etérea en la pantalla porque, detestando los argumentos extravagantes, las malas puestas en escena y los galanes fatuos que el cine le imponía, no salía de casa, se escondía detrás de feos sombreros y oscuros anteojos… y enviaba a actuar ante las cámaras a su luminoso fantasma.

LA SIRENA WILLIAMS

En los espectaculares y muy kitsch carnavales acuáticos de la Metro Goldwyn Mayer, filmados con una cámara golosa que se movía siguiendo en las demasiado azules aguas de infinitas piscinas al escultural pez trasmutado en la siempre distinta y siempre idéntica girl de los calendarios de Vargas, Esther Williams se sumergía, nadaba sobre y bajo el agua, sonreía y burbujeaba una y otra vez, emergiendo chorreante para alzarse en un trapecio ascendente hasta la vertiginosa altura donde su cuerpo brillaba elástico y fuerte y mojada… y, en un clavado perfecto como un vuelo hacia abajo, se lanzaba al agua technicolorida.

Era la imagen de la mujer made in USA, deseable, mítica y dizque accesible en cuanto multiplicada y estándar: la gringa ideal producida por Hollywood, aquella factoría de sueños.

MARILYN

La blanca, la rubia, la sonriente, la suicida. Entonces tenía quince años y toda la alegría de vivir, de respirar en el mundo, y cuando la encontrábamos en la calle y le decíamos silbando nuestra admiración, nuestro agradecimiento de que existiera, ella reía y me pedía que le prestara la bicicleta, se montaba, salía pedaleando, gozosa de que el viento le diera en la cara, le hiciera aletear la falda y el cabello. Se eclipsaba tras una esquina y esperábamos un rato que apareciera por la esquina contraria, un poco inquietos. ¿Y si no volvía?, ¡Ah!, siempre volvía, pedaleando con brío y riendo como si supiera que nos había asustado un poco. Pero en una de esas vueltas a la manzana ya no volvió, se había ido a Hollywood y a la fama y a la desesperación y la muerte, y solo se aparecía su fantasma en las pantallas.

Yo guardo la bicicleta en la que ni yo ni nadie hemos vuelto a montar, y beso el sillín que tuvo su cálido peso y me digo que quién sabe, cualquier día de estos ella da la vuelta a la esquina y viene pedaleando hacia mí, la falda aleteando al viento y el rubio cabello acariciándole el rostro...

FELLINIANAS

Federico Fellini filmaba con su cámara golosa a través de bosques de mujeres rollizas, anhelando pantallas cada vez mayores y más anchas que altas, pero siempre insuficientes para acomodar las redondeces femeninas, un pecho aquí, un vientre allá, un culo acullá, toneladas de pelotas y pelotones carnales, carne proteica y tumultuosa, una feria de labios gordezuelos, de pechos agresivos, de nalgas brutales, de piernas y muslos como tentáculos. Buscaba las actrices más grandotas y carnosas: Sandra Milo y Magalí Noel y Anita Ekberg y la Sarrasina y otras, quienes con cuerpos totalitarios desbordaban de la pantalla poblando para siempre el harem de tus ensueños, oh voraz omniespectador, ay pecador cinéfilo.