Los inmortales del momento

Un "erizante" capricho de don Francisco de Goya

En la lengua del católico, tan hipócrita como demasiado franco, tan putañero como puñetero siglo XVI español, apareció una palabra que en el siglo XX el gran etimólogo Joan Corominas documentaría así en su Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana (Editorial Gredos, Madrid, 1973): “CAPRICHO ‘antojo’, 1548-51. Del italiano capriccio ‘idea nueva y extraña en una obra de arte’, ‘antojo’, s. XVI; antiguamente ‘horripilación, escalofrío’, s. XIII, que también tenía la forma caporiccio, siglo XIV; contracción de capo ‘cabeza’ y el adjetivo riccio (del mismo origen y significado que el castellano erizado)”.

La palabra vendría a significar en el siglo XVIII casi únicamente antojo, digamos una especie de espontáneo, absurdo y gustoso rizo del deseo y la voluntad, y luego, en la lexicografía musical, una piececita particularmente graciosa y briosa, cuando en el año 1793 el pintor don Francisco de Goya y Lucientes la tomó por su cuenta para titular precisamente Caprichos a una serie de grabados al aguafuerte en la que, dijo, había elegido “asuntos que se prestaban a presentar las cosas en ridículo, a fustigar prejuicios, imposturas e hipocresías consagradas por el tiempo”.

Pero un artista genial siempre pone en sus obras más de lo que él inicialmente se propone, de lo que su razón le dicta, de lo que sería el contenido manifiesto de lo que en esas obras se ve, y ahora sabemos, gracias al doctor Freud entre otros, que bajo la “frivolidad” de la obra de arte caprichosa, supuestamente debida a un mero ingenioso rizo de la razón, puede haber un pensamiento que trabaja desde lo profundo de la mente o el espíritu, desde el Id, desde el  inconsciente y el subconsciente, desde, vaya, el sótano del pensamiento quizá insospechado hasta por el mismo artista. Y Goya, en esas planchas litográficas como en las de las otras dos series, los Disparates y Los desastres de la guerra, habría exteriorizado su mitología interior, su fantasmagoría personal, su callada serie de alucinaciones y obsesiones. Así lo entendió el poeta Baudelaire en “Los faros”, uno de los poemas iniciales de Las flores del mal: “Goya: pesadilla hecha de cosas desconocidas,/ de fetos asados en noches de brujas,/ de viejas ante el espejo y de muchachas desnudas/ que tientan al demonio estirando las medias”.

Es decir que la serie de los Caprichos no es solamente una obra satírica sobre los “usos y costumbres” de la dieciochesca sociedad española, sino además y sobre todo una obra maestra del romanticismo visual y del arte fantástico. Allí el genial artista gráfico habría puesto en la plancha de aguafuerte un contenido latente, y habría sacado a la luz sus sueños y sus pesadillas surgidos del paréntesis oscuro que en la noche del dormir o del insomnio se abre para dejar hablar al pensamiento irracional. En la estampa número 43, que yo veo como emblemática de toda la serie, un hombre se ha dormido de cansancio después de haber escrito algo, está con la cabeza derrumbada en la superficie de la mesa y metida entre los brazos, lo asedian murciélagos, búhos y lechuzas en “infame turba de nocturnas aves,/ gimiendo tristes y volando graves” (Góngora), y todo lo observan los ojos alucinados de un gato. Ese ícono en el que el genio intelectual fue servido por el genio artístico parece adelantarse al romanticismo negro y las intuiciones del surrealismo. La leyenda dentro de la imagen ya nos avisa de qué va el asunto: El sueño de la razón produce monstruos; además un texto en pie de página amplifica la sentencia y le da así el carácter de una breve, sintética teoría acerca de la fuente profunda de la creación artística: “La fantasía, abandonada de la razón, produce monstruos imposibles; unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas”.

¿Y qué sueña ese hombre que acaso es el mismo Goya o que, aparte la vestimenta de época, podría por adelantado ser Charles Baudelaire, el de la fuga de la ciudad perversa y la invitación al viaje hacia islas o continentes ignotos, o Poe, el soñador de un alucinante y terminal horizonte marino sobrevolado por gigantescos pájaros blancos que gritan te-ke-li-li, te-ke-li-li, o Isidore Ducasse, el falaz conde de Lautréamont, el cantor de Maldoror, que proponía la belleza poética como la conjunción fortuita de un paraguas y una máquina de coser en una mesa de quirófano, o un poeta surrealista, practicante sonámbulo de la escritura automática en modo oral que musitara la frase tituladora con la que se habría de etiquetar al género Cadavre Exquis: “El cadáver exquisito beberá el vino nuevo”.

Goya dibujó y pintó monstruos alegóricos a los que su pincel dotó de concreción, de carne, de pelos y señales, puso en el cartón o en la tela brujas y trasgos y ogros y titanes, un mundo en el que es difícil distinguir entre el horror y la maravilla, entre lo humano y lo no humano, entre el paisaje real y el horizonte fantasmagórico, entre el ser vivo y el fantasma, y entre la grave pesadilla y la leve ensoñación. En las series de los Disparates, los Caprichos, y Los desastres de la guerra, así como en algunos cuadros o murales de asunto fantástico (como El titán y las terribles paredes de su finca, apodada La finca del sordo), parece haber querido mostrarnos que en el interior de cada hombre puede haber demonios y ángeles, o, como él decía en los pies de las láminas, imposibles pero verdaderos “monstruos y maravillas”.