Los inmortales del momento

El episodio de la virgen en la garganta

Don Jenaro tomó la medalla, la arrojó al piso profiriendo blasfemias y pisoteó furiosamente la pieza hasta convertirla en una informe masa de plomo, que parecía no haber tenido nunca una imagen.

Naciste, es decirte nacieron, el 29 de marzo de 1934 en la ciudad de Santander, España, y en una casa de apartamentos de la calle de Mies del Valle, reconocida más tarde por ti en uno de tus viajes de los años ochenta, cuando paseabas la ciudad en compañía de tu amigo el cineasta santanderino Paulino Viota, y recordaste que poco después de tu nacimiento, siendo tú apenas un niño que gateaba, ocurrió el pequeño caso “trágico” de la historia familiar que te han contado tus padres y otros de la familia.

Aquella medalla de la Bien Aparecida, la Virgen patronal cántabra, era octogonal, gris, de plomo y con una leve capa de plata, que tu madre, para tenerla fuera de la vista del ateo esposo, guardaba en uno de los cajoncillos de la máquina de coser, entre carretes de hilos, retazos de telas y patrones de costura. Desde ese escondite te esperaba la pía medalla, y un anochecer ¿de 1935?, en uno de tus recorridos a gatas por la casa, descubriste el cajoncillo, revolviste su contenido, descubriste la medalla, y, confundiéndola tal vez con un caramelo envuelto en papel de estaño, te la llevaste a la boca, la tragaste, se te atoró en la garganta, comenzó a asfixiarte. Tu madre entraba en la habitación y al verte pálido, ojiabierto, ahogándote en baba e hilillos de sangre, te alzó en brazos y gritaba pidiendo ayuda, y el tío Marcelino, que estaba de visita, acudió, intuyó que algo se te había atragantado y, tras tomarte en brazos y poniéndote bocabajo contra un hombro, salió de la casa, bajó las escaleras, echó a correr por la calle Mies del Valle arriba y luego por la Alameda Segunda arriba, en busca de un médico.

(“Ves” la escena como si fuese del “cine mudo”: un hombre que corre en la noche citadina entre asombrados transeúntes y cargando al niño que grita sin sonido, mientras al pie de la pantalla el pianista de la sala de cine, aburrido y fumando un cigarrillo colgado de los labios, pianotea el aria “Di quella pira”, de la ópera Il trovatore.)

Llegados el tío y tú a un consultorio ya te habían vuelto los colores a la cara y la respiración normal a tus pulmones, pero seguías lloriqueando y babeando saliva y sangre. El médico te observó la boca bajo una potente lámpara, y resultó que tenías la garganta muy raspada y ensangrentada, pero no se veía en ella ningún objeto.

“Cualquier cosa que se le haya atragantado —dijo el médico—, ya no está allí; si no fue escupida, quedó en el estómago y será expulsada cuando el pequeño haga caca”.

Al bajar a la calle, tú nuevamente en brazos de tu tío, una mujer abrió la puerta de su apartamento, mostró en la mano algo aún con baba y vetas de sangre, y dijo: “Esto lo habrá echado el chiquillo por la boca”. Era la medalla, expulsada seguramente cuando Marcelino, subiendo a trancos la escalera y fatigado de cargarte sobre el hombro, te había puesto bocabajo en un movimiento brusco.

Cuando Jenaro, tu padre, que volvía de la imprenta a casa, oyó el atropellado relato de Concha, tu madre, salió en busca de Marcelino y Novel (como te llamabas entonces, pues tu padre no quería en sus hijos nombres de religión), y halló inmediatamente al tío subiendo la escalera con el niño en brazos, aún lloroso pero en silencio.

“Esto es lo que se había tragado el chiquillo”, dijo Marcelino, y don Jenaro tomó la medalla, la arrojó al piso profiriendo blasfemias (en una escena en que se justificaría que la película fuese silenciosa, para que no se oyesen las impías alusiones a la Virgen proferidas por Jenaro de la Colina), y pisoteó furiosamente la pieza hasta convertirla en una informe masa de plomo, que parecía no haber tenido nunca una imagen.

Muchos años después, ya marcada la familia con la doble equis en la frente, la del Exilio y la de México, y tras haber contado tu madre el episodio de la medalla a una vecina y amiga mexicana, ésta susurró que la Virgen había hecho el milagro de salvarte la vida, y Jenaro, el pisoteador de la medalla, dijo, mirando asesinamente a la mujer:

“Pues vaya con la milagrosa Virgen; ya hubiera sido milagro más que suficiente no habérsele metido a Novel en la boca”.