Los inmortales del momento

Cuando don Alfonso descubrió a “Charlot”

Reyes fue de los adelantados en descubrir el genio y el mito nacientes de Chaplin y su personaje (sobrenombre que en Francia y luego en España tenía el vagabundo ya en camino de ser inmortal).

Si el poeta Rafael Alberti mintió poéticamente al decir: “Nací, ¡respetadme!, con el cine” —aunque nació siete años después del invento de los hermanos Lumiére—, el polígrafo Alfonso Reyes, mexicano, nacido en verdad antes de que otro mexicano, el ingeniero Salvador Toscano, llevara a México en 1897 (¡solo un año después de la invención!) un aparato filmador y a la vez proyector con el que deslumbró a sus compatriotas mostrándoles, entre otras “vistas”, los paseos de Porfirio Díaz y familia bajo las frondas de Chapultepec, y luego pudiera decir lo mismo.

No se sabe cuándo descubrió el cine don Alfonso Reyes. He reojeado el tomo XXIV de las obras alfonsinas, el de las Memorias, y en ellas no he encontrado líneas (aunque quizá las hay) de ese acontecimiento, del cual me hubiera gustado leer un recuerdo transcrito en la sabrosa prosa alfonsina. Pero, con el fin, y el afán, de documentarme acerca de un gran escritor nuestro con el naciente espectáculo al que todavía nadie llamaba (pomposamente) “séptimo arte”, acudí a las 40 páginas que en el tomo IV de sus Obras completas don Alfonso publicó en revistas españolas de 1915-1916. La recopilación de tales páginas lleva una “Justificación” escrita mucho después, en 1950:

“Por aquellos años, Martín Luis Guzmán y yo, bajo el seudónimo de Fósforo, que usábamos indistintamente, nos divertíamos en escribir unas notas sobre el cinematógrafo que tuvieron cierto éxito de curiosidad entre los amigos. Creo que nuestra pequeña sección cinematográfica (‘Frente a la pantalla’) inauguró prácticamente la crítica del género en lengua española, y acaso fue de los primeros ensayos en el camino que hoy está abierto a todos —abierto aunque no sea, claro está, merced a nosotros: muchos pudieron también descubrirlo por cuenta propia”.

Fósforo Reyes, como Fósforo Guzmán, fue más cronista que crítico del cine, aunque no falten en las páginas de ambos los leves atisbos sobre un posible arte nuevo. Los comentarios de don Alfonso derivan de la atención a los argumentos de las películas, o sea provienen del punto de vista del escritor, quien, considerando el espectáculo mismo, no se refiere, salvo a Cabiria (del director italiano Giovanni Pastrone y el astro atlético Maciste), a casi ninguna de las importantes obras de la primera cinematografía (ya había algunas de David Wark Griffith y Charles Chaplin), por la simple razón de que quizá no las vio o no se exhibían en Madrid, y pasó en silencio las obras de ya importantes cineastas: Méliés, Feuillade, Ince, Griffith, Chaplin, Sjöström, Wiene, etcétera, con las que se iniciaba el “arte silencioso”. Debía, pues, atenerse a lo que las salas madrileñas le ofrecían con títulos en español que, a veces y como aún ahora, se apartaban de los originales títulos en otros idiomas; ¿qué películas eran Las luces de Londres, El cofre negro, El féretro de cristal, La prueba trágica, Asesinos de salón o El corazón sangrante? Si don Alfonso (y, supongo, también don Martín) no manifiesta curiosidad propiamente estética sobre la mayor parte de esas películas, ofrece, en cambio, sus apreciaciones sobre el funcionamiento de las salas de exhibición, sobre la fidelidad de la adaptación visual de una novela o una pieza de teatro, sobre el comportamiento del público, etcétera, pero de cuando en cuando acierta en distinguir las bondades formales de unas pocas películas de aventuras e intriga que no habrían atraído a otros intelectuales: La moneda rota, o Fantomas, o Los misterios de Nueva York, en las que aprecia el ingenio, la rapidez y energía de la acción y del intríngulis del argumento.

Además, hay que subrayar que don Alfonso fue de los adelantados en descubrir el genio y el mito nacientes de Chaplin y su personaje “Charlot” (sobrenombre que en Francia y luego en España tenía el vagabundo ya en camino de ser inmortal). Y escribió esta página de buen augurio con la que cierro, por ahora, mi relectura de don Alfonso:

“Héroe impertinente de la risa, su recuerdo [el de ‘Charlot’] se asocia al de dos o tres gestos fundamentales: un saludo, un golpe y un salto. Chaplin ha logrado una de las invenciones más sutiles: ha inventado el frisson nouveau [el estremecimento nuevo] como emblema de la sensibilidad popular de nuestro tiempo. Charlot aparece, primera influencia palmaria del cinematógrafo en la vida, imprimiendo un nuevo, diminuto temblor en el desarrollo de las cosas humanas”.