Los inmortales del momento

El futuro dizque emperador de México descubre al colibrí

Lo vi subir y bajar y suspenderse en el aire; era una vibración incesante, un zumbido, una oscilación mil veces repetida, una palpitación de alas que flotaba y zigzagueaba y a veces se aquietaba en el espacio.

El inasible, el zigzagueante, el deslumbrante, el casi más volátil que volador colibrí (“nombre aplicado a todas las aves de la familia de los troquílidos, del orden de los troquiliformes”, dice con palabras casi cómicas y nada poéticas un diccionario enciclopédico) es un pájaro tan diminuto como vistoso y vivaz. Es hallable en las tierras tropicales de América y sospechable de haber sido inventado por Jorge Luis Borges para una página de su Libro de los seres fantásticos. Aquí está ese pájaro objetiva y líricamente descrito y narrado por un naturalista amateur que en la ocasión fue un poeta involuntario y luego sería un autoimaginado emperador de México:

“Yo caminaba al frente del grupo, entre dos muros de follaje. Mis sentidos iban tan alertas que no se me escapaba nada, ni un movimiento ni un sonido. De pronto, algo cruzó frente a mí, rápido como un relámpago, o como un súbito pensamiento. Lo vi subir y bajar y suspenderse en el aire. Era una vibración incesante, un zumbido, una oscilación mil veces repetida, una palpitación de alas que flotaba y zigzagueaba y veces se aquietaba en el espacio. No me engañaba: mis ojos lo habían presentido y reconocido. Inmóvil y arrobado, estaba viendo al colibrí, el primero que me fue dado hallar en la vida, el ave al que la inspiración poética de los brasileños llama beija-flor (besaflor). Mis compañeros y yo formamos círculo en torno de aquella maravilla. Y aumentaba el encanto de la aparición la circunstancia de que este diminuto ser es inasible, y no se le puede guardar en cautividad. Semejante a las imágenes del sueño, aparece cuando menos se le espera y huye cuando más nos atrae. Más bien se le tomaría por una joya del Paraíso por casualidad abandonada en un bosque del Brasil. Los movimientos de este ser diminuto que boga por los aires y se nutre con el aroma de las flores tienen algo de travieso y original al mismo tiempo. Dondequiera que abre sus fulgores una perfumada planta de los trópicos, desde allá y acullá llega a libar en ella. Ya va, ya viene, ya se mece o se precipita, cintilante piedra herida de sol. Su ojo, agudo como la punta de un diamante, descubre entre todas las flores a la que ha de honrar con besos, y al punto se suspende sobre ella. Mientras vibra en el aire, su deslumbrante cuerpecillo parece inmóvil. Hunde luego la cabeza voluble en el cáliz de púrpura: ya ha libado la miel. Y cuando esperamos que nos dé tiempo de admirarlo, helo allí, reapareciendo muy lejos y jugueteando en el éter azul”.

Sí, quién lo diría, el autor certificado de esta vívida y hermosa página es el personaje histórico que fuera por tres años el tan iluso como postizo e impuesto y trágico emperador de México: nadie menos que Ferdinand Maximilian Josephvon Habsburg-Lothringen, nacido en Viena, Austria el 6 de julio de 1832, muerto por fusilamiento en Querétaro, México, el 19 de junio de 1867.

Maximiliano descubrió al fulgurante colibrí durante un primer viaje a tierras suramericanas. El texto, de sus obras en siete volúmenes: Aus meinen Leben. Reiseskizze: Aphorismen: Gedichte, Viena, 1826, fue recogido y traducido (acaso a través de la versión francesa) por Alfonso Reyes en su libro Norte y Sur (Obras completas, t. IX, páginas 95-9) y lo ofrezco, en versión levemente mía, pero espero que aún fiel, con la disculpa de haberle quitado algunas frases reiterativas para que cupiera en esta página de MILENIO, y a la vez con la esperanza de que se distinga más ésta muy vívida pieza de escritura que, acaso sin haber tenido otro propósito que el de ser la crónica ornitológica de un curioso y refinado turista de excepción, parece nacida del “delicado sueño del trópico, sueño de una tarde de Bahía, hora única” (Alfonso Reyes, obra ya citada). Es casi un poema en prosa que alcanza un movimiento y una gracia cercanos, aunque en prosa muy distinta, a los de las páginas de flora y fauna de Fray Luis de Granada, de Jules Renard, de Juan José Arreola.