Los inmortales del momento

El cuento que Valadés y yo escribiríamos

Nunca lo hicimos, pero quizá sea mejor así, porque tal vez los dos, Edmundo en el más allá y yo en la patria de acá abajo, estamos secretamente, silenciosamente, infinitamente, escribiéndolo “a cuatro manos”.

El reencuentro de un número especial de la revista El Cuento, dedicado a su fundador y director Edmundo Valadés, me lleva en alas de la memoria a aquel año 1955, tan lejano que hoy parece no haber existido… (pero existió, lo juro). Valadés y yo nos encontrábamos en el café Chufas, de la calle de López esquina con avenida Juárez, Ciudad de México. Ambos habíamos publicado en ese año el primer libro de cuentos: el suyo, La muerte tiene permiso; el mío, Cuentos para vencer a la muerte (horrible título), y ahora no recuerdo qué le puse como dedicatoria, pero en la de Edmundo generosamente se me trataba de “joven maestro del cuento”.

Esa tarde, entre cafés exprés y vasos de blanca y fría horchata, hablamos de nuestras admiraciones literarias, en las que casi siempre coincidíamos, e inmediatamente surgió el nombre de ese gran cuentista hoy injustamente algo olvidado, William Saroyan, de cuyos cuentos alguna influencia teníamos ambos en los nuestros. Lo que coincidíamos en admirar del autor de “El temerario muchacho del trapecio volante”, de “Como un cuchillo, como una flor, como absolutamente nada en el mundo”, era su capacidad de imaginar una anécdota pequeñísima, casi insignificante, y convertirla en una narración llena de vida, de ambiente, en la que casi se podía sentir el frío o el calor de un día en una ciudad, o la voz del amigo encontrado en la calle o del desconocido que en un bar cuenta su triste o alegre aventura cotidiana.

Hacia el final de la tarde entró en el café una señora treintañera de belleza deslumbrante, que caminaba como envuelta en pura música, cimbrándosele el alto y esbelto cuerpo y sonriendo con un señorío angelical contradicho por la mirada casi llorosa.

—Mire usted esa mujer —dijo Valadés—. Guapa y triste. Me gustaría saber qué historia entra aquí con ella…

—¿El cuento que todos llevamos dentro, don Edmundo? —le pregunté.

—Sí, el que ella nunca contará —dijo—, y que es el que más vale la pena contar, aunque, por otro lado, nunca acertamos a contarlo bien.

—¿Y cuál sería?

Entre los dos nos pusimos a suponer el cuento e iba más o menos así, y no me pregunten quién decía qué, porque ahora no puedo separar nuestras dos voces susurradas:

—Viene al café a una cita con su amante, sabe que él o ella van a romper la relación esta tarde, por eso se la ve a punto de llorar…

—Trae bajo el brazo un paquete, alguna prenda que habrá comprado en El Palacio de
Hierro, su pretexto para venir al Centro de la Ciudad, un pretexto para ella misma antes de que lo sea para su marido…

—Un marido que de ella solo ve la belleza y no comprende nada…

—Es la primera vez que entra en este café, eso se nota en la manera de mirar alrededor, y su tristeza se debe a que ella ha llegado tarde y él se ha ido o porque teme que en realidad él no habrá acudido a la cita…

—Se sienta ahora, y pide un old fashioned, sin advertir que esto no es un bar, que solo le servirían una cerveza, y eso en el caso de que pida alimentos…

—El mesero que se acerca a servirle está visiblemente nervioso por tanta belleza, y se cambia la servilleta de un brazo al otro…

—El hombre que ella espera nunca llegará…

—¿Y si ha llegado ya? ¿Si es uno de nosotros? Usted o yo…

—Lo que está llegando ya, y ella no lo sabe, y nosotros apenas hemos comenzado a intuirlo, es el cuento…

—Habría que escribir ese cuento.

—¿Quién? ¿Usted o yo?

—Los dos, cada uno por su cuenta, a su modo. Y luego publicarlos juntos.

—Prometido.

—Prometido.

Nunca lo escribimos, pero quizá sea mejor así, porque tal vez los dos, Edmundo en el más allá y yo en la patria de acá abajo, estamos secretamente, silenciosamente, infinitamente, escribiéndolo “a cuatro manos”.